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La ley y la fe

  •   Domingo Octubre 29 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.
  •    Ordinario

En el judaísmo se dio un giro importante que luego los cristianos poco consideraron. Antes del destierro a Babilonia, la condición para que Yahvéh fuera el dios de Israel y a su vez Israel fuera su pueblo, era que guardaran el pacto del Sinaí.


El destierro a Babilonia lo consideraron como un castigo por no haber guardado las leyes y normas del pacto. Pero en Babilonia caen en cuenta que Yahvéh sabía que eran un pueblo de dura cerviz y corazón empedernido y por tanto no condicionaba su fidelidad al pueblo por el cumplimiento del pacto sino por la promesa de un nuevo reino, sobre la base de la debilidad humana.

La Torah, o sea el pacto pero ampliado y complementado con nuevas reflexiones, deja de ser “ley” y pasa a ser “sabiduría de Yahvéh” gratuitamente dada al pueblo judío para hacer de él una “nación sabia”. Cuando la Torah judía se tradujo al griego (Septuaginta) la Torah se tradujo por ley (nomos en griego) y Yahvéh por “legislador” (nomothetes). Los cristianos pues, usando la versión griega, estigmatizaron el judaísmo como la religión de la ley y a sí mismos se proclamaron en contraste como la religión del amor. Lógicamente, con el correr del tiempo, los cristianos tuvieron más leyes y normas que los mismos judíos.

En el evangelio de hoy un maestro fariseo pregunta a Jesús sobre el mayor mandamiento de la ley. Asimilar un fariseo a un legista o abogado es reducirlo en su dimensión. Más bien es un conocedor de la sabiduría de Israel. La pregunta sería sobre el fundamento de la sabiduría de Israel. En la época de Jesús, aunque había diversidad de sectas, todas coincidían en el valor de la Torah y en que la fidelidad de Yahvéh era la inquebrantable, no exactamente que el hombre cumpliera todas las minucias, aunque así se describa en los evangelios . La fiesta de la expiación (Yom-Kippur) o del perdón, era la “amnistía general” de todo el pueblo y su símbolo era el chivo expiatorio.

Los judíos reconocían que había saber en otros pueblos pero la Torah no la consideraban como mera sabiduría sino también como el camino a la piedad y la virtud. Aún los judíos de hoy la siguen considerando tal. Serán los cristianos quienes entiendan el judaísmo como una mera prehistoria de Cristo. Hoy la exégesis es más respetuosa con las Escrituras Hebreas.

La Torah no tiene la unidad de un código penal, ni civil, ni siquiera religioso. El texto es a menudo discontinuo, contradictorio, diverso en el estilo y la teología, con repeticiones ilógicas, códigos duplicados y a veces contradictorios que se desconocen uno a otro. Esto, que lo hemos entendido en los últimos tiempos, lo hace más rico y valioso para la reflexión. El Decálogo (de donde surgen los tradicionales diez mandamientos) no es más que una pequeña parte de la Torah, con varias versiones. Su formulación, imperativa para con Yahvéh y negativa para la comunidad, tenía tantas interpretaciones que dejando el texto intacto, se acudía a explicaciones en forma de midrash, hagadá y otros escritos. El lenguaje de Yavéh (crea con la palabra) era omnisignificativo y el lenguaje humano limitado. La interpretación era permanente. Algunas de las expresiones de Jesús eran precisamente interpretaciones de la ley mosaica y algunas coinciden con interpretaciones que ya se hacían en el judaísmo como la de que el amor a Yahvéh estaba aparejado con el amor al prójimo. En la formulación imperativa (primera tabla) se trataba del mandato de amar a Dios; en la negativa (segunda tabla) de no hacerle daño al prójimo ni a su vida ni a sus bienes indispensables ni a su mujer ni a su palabra, etc.

El segundo mandato imperativo era la guarda del sábado (que algunos veces Jesús parece romper o reinterpretar) y el tercero honrar el nombre de Yahvéh (que Jesús cambia por ¡Abba!). No en vano el cristianismo nace como una secta dentro del judaísmo, incluso con organizaciones como los ebionitas (pobres de Yahvéh) que afirmaban que Jesús era el Mesías. Muchos cristianos fueron llamados nazarenos, considerados como secta judía .

La carta de Santiago es quizás la que más resuma judaísmo y es parte del canon cristiano. Pero también hay elementos del judaísmo en Mateo, Juan, cartas de Judas, segunda de Pedro y Apocalipsis. Circuncisión, sinagoga, Templo, guarda del sábado, normas dietéticas fueron guardadas por muchos seguidores del Bautista que simultáneamente se consideraban cristianos. De aquí nacen en buena parte las tensiones entre las comunidades cristianas palestinenses y las comunidades de Pablo entre los griegos.

Sus mártires representativos son Santiago por los judaizantes y Esteban por los helenizantes. La carta de Pablo a los gálatas contiene una fuerte crítica a su judaísmo remanente opuesto a la justificación por la fe en el Resucitado; a los corintios, en contraste, critica la exaltación carismática de la resurrección, con olvido de la pasión. Como bien lo expresa: «Predicamos a Cristo crucificado: necedad para los judíos; locura para los griegos» (1 Co 1:23). Incluso Pablo llega a contrastar su misión a los griegos con la misión de Pedro a los judíos. Podríamos decir que todas las culturas han tratado de adueñarse del evangelio como bien mostrenco, pero es necesario reivindicarlo como patrimonio de la humanidad para que tenga pleno sentido. Roma, Antioquía y Siria tendrán comunidades de cristianos judaizantes importantes al menos hasta el siglo III.

«Amarás a tu prójimo como a ti mismo» como resumen de la ley y los profetas ha motivado ríos de tinta. Cuando el mismo evangelio invita a negarse a sí mismo no parece poderse entender como darle prioridad en el tiempo al amor propio, la auto estima, el desarrollo personal, el control de sí mismo, el perfeccionamiento individual para luego amar a los demás. En irónica frase de Chesterton: “No des a otro lo que quieres para ti, podría no tener los mismos gustos”. Toda la modernidad en sicología, filosofía, sociología, economía, espiritualidad, religión se debate entre la salud propia y la ajena, la salvación propia y la de los demás, el bien propio y el de los demás, la libertad propia y la de los demás, la razón propia y la de los demás. En el judaísmo claramente prima siempre el pueblo, la tribu, la promesa de un nuevo reino, la salvación colectiva. El Nuevo Testamento tiene igual tendencia aunque abre un espacio para lo personal, lo individual, la conciencia, el propio juicio. Si Jesús era el hombre para los demás, no otro puede ser el ideal del creyente. Pascal, profundo pensador, decía que dentro el yo, no encontraba sino motivos para odiarlo.