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Un buen principio con un desarrollo no tanto

  •   Domingo Noviembre 05 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.
  •    Ordinario

Las herramientas para interpretar con mayor precisión las Escrituras nos vienen de los últimos 200 años. Antes tuvimos interpretaciones bastante acertadas algunas, amañadas, injustas otras, y hasta equivocadas algunas. El sentido último de las Escrituras es imposible de precisar porque son un libro especial.


Como ya advertían los rabinos, las Escrituras tienen setenta rostros y solamente cuando venga de nuevo el profeta Elías nos dará su sentido. Pero esa riqueza de sentido es parte de su valor, como el de todo obra de arte. La interpretación, por siglos, estuvo marcada por el cuádruple sentido: literal, alegórico, moral y anagógico. En todos ellos los elementos eran incompletos. En el sentido literal se creía que lo narrado había sucedido tal cual; en el alegórico se despreciaba a judíos y gentiles ; en el moral se defendía a menudo más el estoicismo que el evangelio; lo anagógico se reducía a ir “al cielo”, pues la tierra era destierro y valle de lágrimas.

El caso de hoy nos muestra que y la primitiva comunidad cristiana hacía lecturas no ajenas a lo enunciado. Lo que propiamente sería del deseo de la comunidad creyente, según el modelo de Jesús, es lo que aparece al final: «Vosotros no dejéis que os llamen “rabí”; porque uno solo es vuestro maestro, mientras todos vosotros sois hermanos. A nadie en la tierra llaméis padre vuestro; porque uno solo es vuestro Padre: el del cielo. No dejéis que os llamen consejeros; que uno sólo es vuestro consejero: Cristo. El mayor de vosotros sea servidor vuestro». De todas estas enseñanzas tenemos abundantes paralelos en el resto de los evangelios. Su tinte espiritual nos suena en concordancia con ellas. En el contraste con los escribas y fariseos se nota el carácter retórico. Algunas de las cosas que se dicen no revisten la gravedad que parece y la lectura de la vida de escribas y fariseos es cuando menos exagerada.

Los fariseos de la vida pública de Jesús (algo que consta en los mismos evangelios) es bien distinto: Pablo era fariseo, Nicodemo, José de Arimatea, el fariseo Gamaliel defiende a Pedro y otros discípulos en el Sanedrín, los fariseos avisan a Jesús que Herodes quiere matarlo, lo invitan a cenar en sus casas y no juegan papel ninguno en el juicio final. Siendo los laicos más doctos, serán los fariseos los que discutan con los cristianos (más que con Jesús) y tengan “mala prensa” en los evangelios. Era lógico que los escribas y fariseos se sintieran herederos de la cátedra de Moisés. Para la época de Jesús los levitas apena existían y los sumos sacerdotes no pasaban de empleados del Templo al servicio de los romanos. Eran profesores sueltos del judaísmo y maestros de niños en las sinagogas en semana. Se llamaban entre ellos “amigos” (haverim) formando una fraternidad. Incluso el mismo evangelio de hoy alaba sus enseñanzas: «Seguid practicando y observando todo lo que os digan». Que echaran cargas sobre los demás resulta entendible, pues todo judío entendía que la Torah y el reino de Yahvéh era como un yugo que debían echarse al cuello. Que no movieran las cargas con un dedo es una exageración e imprecisión. El mismo evangelio nos dice que eran escrupulosos en el ayuno, la oración y la limosna. Esto no se los critica Jesús sino que busquen pasar por justos por hacerlo y darse a notar. Se sabe que ayunaban dos veces por semana: lunes y jueves, en memoria de la subida y bajada de Moisés al Sinaí. Las filacterias eran parte de la indumentaria de los piadosos; pequeños cajoncitos de madera o cuero que se ataban a la frente y el brazo con trozos de las escrituras. Nada diferente a quien hoy utiliza una cadena, una medalla, un crucifijo, un escapulario un poco más grande de lo normal.

Los cristianos seguramente no llevaban filacterias, en parte porque el Nuevo Testamento no estaba todo escrito para la época de Mateo y pocas versiones habría de lo escrito: Pablo y Marcos. Que les gustara a los escribas y fariseos tomar los primeros asientos en banquetes y sinagogas es creíble por el influjo extranjero, pues el judaísmo en general era igualitario. En la sinagoga cualquier varón adulto podía exponer las Escrituras luego del Bar-Mizvah (confirmación) y en la mayoría de las comidas no había propiamente asientos sino triclinios a la manera griega o romana. Los invitados se recostaban, no se sentaban. Que las gentes saluden a escribas y fariseos en las plazas y la gente los llame maestros muestra el respeto que se habían ganado por ser abogados en pequeñas causas, curanderos con recetas que alegaban haber recibido de Salomón, maestros de escuela en semana, consejeros en problemas familiares y personales, jueces en los tribunales. Nada extraño en las tradiciones culturales de cualquier pueblo del mundo. El mismo Mateo pone en boca de Jesús la alabanza del escriba como candidato a la conversión: «Así, todo escriba que se ha hecho discípulo del Reino de los Cielos es semejante al dueño de una casa que saca de sus arcas lo nuevo y lo viejo» (Mt 13:52).

Pintar tal cuadro desolador, como lo hace Mateo, de los escribas y fariseos que en general son llamados “hipócritas” sirve solamente para contrastarlo con lo que Jesús quería para sus seguidores. Puede leerse como una extensa parábola de juicio. Los juzgados son realmente los discípulos. Los títulos entre los cristianos han sido multiplicados por encima de “rabí” tanto en el campo de la enseñanza doctrinal como en el de la jerarquía. Papa, santo padre, cardenal, patriarca, arzobispo, obispo, presbítero, vicario, diácono, padre, abad, padre de la Iglesia, patrística por citar algunos seguramente prácticos y necesarios. Todos, sin embargo, se legitiman por el servicio (autoridad) y no por el poder (potestad).

Muchos grupos surgidos de la Reforma optaron por un título único de “hermanos” sobre todo en la línea calvinista. A las funciones dentro de la comunidad les dieron valor carismático, siguiendo a Pablo. Igual en muchas comunidades religiosas católicas (fray igual que fraile es frater, hermano en latín). Que todos tengamos un solo padre que está en los cielos era parte del credo judío. Yahvéh era padre de todo el pueblo y de ninguno en particular.

Reyes, jueces, profetas, líderes eran todos siervos de Yahvéh. Los patriarcas no eran dueños de sus mismos hijos pues eran regalo o préstamo de Yahvéh y le debían obediencia por encima de sus padres. El bautismo nos recuerda este principio pues ahora la paternidad se amplía con padrinos y la comunidad creyente. El caso de los consejeros es más complejo por el influjo de la vida monástica en Occidente. Sin embargo, en la mejor literatura espiritual, tanto de Oriente como de Occidente, el mejor consejero es quien pone al creyente en contacto directo con su Creador. Un padre espiritual nunca es un “director de conciencia”, no engendra un “hijo espiritual” sino un “hijo de Dios”; es una ayuda posible con el respeto absoluto de la conciencia, campo sagrado del creyente como lo recuerda el Vaticano II, donde se encuentra a solas con Dios.