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Doncellas de fiesta

  •   Domingo Noviembre 12 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.
  •    Ordinario

“El reino de Dios es semejante a…” es una introducción típica de una parábola. Como varias veces se ha comentado es corta y para intuir, entre otros elementos. En los evangelios, recogidos de las distintas comunidades, es común que la parábola ya se encuentre aplicada a situaciones de la época que a menudo son difíciles de reconstruir.


Es el caso de hoy. La enseñanza aparece al final ya en forma de dicho sapiencial: «Velad, pues; porque no sabéis el día ni la hora» que puede entenderse como el fin inminente que angustiaba a muchos o como el principio judío y cristiano más universal de que el futuro está siempre en manos de Dios y ni siquiera Jesús lo conoce. «En cuanto al día aquel y la hora, nadie lo sabe, ni los ángeles de los cielos, ni el Hijo, sino el Padre solo» (Mt 24:36). De las costumbres matrimoniales de la época sabemos hoy bastante y el cuadro del evangelio presenta concordancias con ellas pero también discordancias. El matrimonio judío era por pacto de familias (no por amor) y no era ningún rito religioso sino un contrato (ketubah).

Como la novia pasaba a formar parte de la familia del novio, éste la llevaba a su casa en medio de la alegría de parientes y vecinos. No tiene sentido que luego el novio no deje entrar a la fiesta a sus amigas o conocidas por una excusa de falta de aceite en donde no se necesita. Si era para acompañar a la pareja en el camino a casa, no se usan lámparas sino antorchas y la palabra del evangelio sería diferente . La lectura alegórica, muy común en los Padres de la Iglesia, no nos arroja mayor luz. A cada detalle del relato dieron un sentido espiritual como si fuera unívoco.

De las cinco doncellas prudentes hicieron los cinco sentido bien usados, de las cinco descuidadas los cinco sentidos para el placer; del novio el Mesías (si era Jesús entonces no necesitaba venir porque ya había llegado); del sueño la espera de la segunda venida; del grito de media noche el anuncio del ángel; del matrimonio la parusía; del aceite las buenas obras, para otros era la fe; de las lámparas la luz de la Palabra. Así, el lenguaje de Jesús se convierte en una serie de adivinanzas, de palabras veladas como las del oráculo de Delfos que solamente algunos iluminados lograban desentrañar.

Se pierde el sentido pedagógico de la parábola: corta, de algo conocido, escandalosa, para intuir, autobiográfica, para aplicar a la vida según generosidad o misericordia del oyente. Durante toda la Edad Media la lectura bíblica se hacía en cuatro sentidos válidos pero sin adecuadas herramientas literarias. Los cuatro sentidos eran: literal (como un informe periodístico), alegórico (cosas para creer), moral (obrar de similar manera), anagógico (revelación del cielo o infierno que vienen). Algo tiene el relato de reflejo de las bodas de la época así como de mezcla de otras imágenes del evangelio. El desposorio definitivo es el de Jesús con la humanidad y la invitación al banquete de bodas es con invitación preferencial a pobres, ciegos y rengos como lo dice en casa del fariseo anfitrión. También entiende Jesús su reinado como una fiesta de bodas que ya ha empezado, cuando se refiere al ayuno de sus discípulos frente a los fariseos. Se sabe que a menudo el jolgorio nupcial duraba hasta una semana y todo el vecindario lo disfrutaba. No era el momento para discriminar a nadie. La angustia del fin, dada la popularidad de la época con la difundida literatura apocalíptica, se agrava en el evangelio de Mateo por la destrucción del Templo de Jerusalén hacia el año 70. Mateo no logra interpretar el hecho adecuadamente y lo ve como fin del judaísmo y del mundo en una mezcla poco clara. En el evangelio de Juan ya no juega ningún papel el hecho y Pablo ni lo menciona. Lucas tampoco se angustia por el fin, pues no forma parte de la revelación. Mientras no llegue hagamos el bien, parece su consigna.

La “preparación” fundamental para el creyente no es otra que la conversión por convicción, por propia decisión, por amor a Jesús, por amor al reinado de Dios que ya ha empezado. Así se dispone el creyente a hacer la voluntad de Dios que no es un proyecto que tenga escondido, oculto y no quiera que se lo descubramos.

No lo revela porque el futuro no es revelable ni descubrible; solamente construible basados en el ejemplo de Jesús y nuestra propia generosidad. Sin alguno de los dos elementos, el futuro no será más que continuación del presente y probablemente repetición del pasado. La gracia, por el contrario, es novedad, creatividad, futuro. El creyente movido por Dios, como acto creador continuo, presenta una quíntuple sorpresa en su quehacer: a) sorpresa del camino, pues no hace el camino del hombre corriente movido por sus intereses sino por los de Jesús; b) sorpresa del sufrimiento, pues no suele medir su triunfo por el éxito en este mundo sino por su similitud con la pasión misma de Jesús; c) sorpresa de la creación de un mundo nuevo, pues no se conforma con declarar el dolor, el sufrimiento, la desigualdad, el mal como condena para la humanidad ; d) sorpresa de la liberación, pues no toma como éxito definitivo las muchas liberaciones parciales que hemos tenido a lo largo de la historia; e) sorpresa del anti Supermán, pues el creyente no es el héroe de leyenda con poderos súper humanos sino, a menudo, por el contrario, su fragilidad frente a los poderes de este mundo es evidente.

En sus comienzos los creyentes, por razones explicables, buscaron diferenciarse de otros grupos religiosos, especialmente del judaísmo farisaico. Por siglos, especialmente luego de la constantinización, buscaron expandirse, dominar, reducir, anular incluso a sus opositores de manera que el reino de Dios terminó confundiéndose con la cristianización y la cristiandad. Pero hay otras formas de entender la misión cristiana con parábola como el grano de mostaza, la levadura, la sal de la tierra, la luz del mundo, principios como la bendición de Abrahán, imágenes como los pobres de Yahvéh (anawim) y el “pequeño rebano” del evangelio que no suponen dominio geográfico ni demográfico. El ecumenismo es un reconocimiento a esta visión. El reinado de Dios se da en la diversidad y no se niega a las doncellas descuidadas como no se negaba el jolgorio a todos en las bodas judías. El juicio de las naciones en Mateo 25 (tuve hambre y me diste…) plantea unos criterios de juicio universal con unos criterios tales que podemos decir que todos lo estamos perdiendo. La responsabilidad es con la humanidad como el “desposorio” de Jesús que ya empezó pero no se consuma aún. La presentación pareada, por binas es común en la literatura de todas las épocas, pero corremos el riesgo de interpretar de manera maniquea la literatura religiosa: un hijo bueno en contraste con una malo; cinco vírgenes buenas en contraste con cinco malas; un hombre bueno que edifica sobre piedra y uno malo que lo hace sobre arena; María que escucha a Jesús en contraste con Marta que cocina (en Juan es lo contrario); Abel el bueno frente a Caín el malo; Adán el seducido frente a Eva la seductora; Jesús el bueno frente a los judíos malos; cristianos buenos frente a herejes o ateos malos y así por el estilo. El modelo de Jesús nos ofrece un panorama diferente. Sólo hay bondad cuando es expansiva. Las cinco prudentes debieron compartir su aceite con las descuidadas. Es lo que enseñan las seis reparticiones de panes; el aceite alcanza para todas.