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La sabiduría se deja hallar por quienes la buscan

  •   Domingo Noviembre 12 de 2017
  •   El mensaje del Domingo
  •    Gabriel Jaime Pérez Montoya, S.J.
  •    Ordinario

En aquel tiempo dijo Jesús: Sucederá con el reino de los cielos como lo que sucedió en una boda: diez muchachas tomaron sus lámparas de aceite y salieron a recibir al novio. Cinco de ellas eran despreocupadas y cinco previsoras. Las despreocupadas llevaron sus lámparas, pero no llevaron aceite para llenarlas de nuevo; en cambio, las previsoras llevaron sus botellas de aceite, además de sus lámparas. Como el novio tardaba en llegar, les dio sueño a todas y se durmieron. Cerca de la medianoche, se oyó gritar: “¡Ya viene el novio! ¡Salgan a recibirlo!” Todas las muchachas se levantaron y comenzaron a preparar sus lámparas.


Entonces las cinco despreocupadas dijeron a las cinco previsoras: “Dennos un poco de su aceite, porque nuestras lámparas se están apagando.” Pero las muchachas previsoras contestaron: “No, porque así no alcanzará ni para nosotras ni para ustedes. Más vale que vayan a donde lo venden, y compren para ustedes mismas.” Pero mientras aquellas cinco muchachas fueron a comprar aceite, llegó el novio, y las que habían sido previsoras entraron con él en la boda, y se cerró la puerta. Después llegaron las otras muchachas, diciendo: “¡Señor, señor, ábrenos!” Pero él les contestó: “Les aseguro que no las conozco. “Manténganse ustedes despiertos —añadió Jesús—, porque no saben ni el día ni la hora”. (Mateo 25, 1-13)

Las lecturas de este domingo [Sabiduría 6, 12-16; Salmo 63 (62), 2-8; 1ª Tesalonicenses 4, 13-18; Mateo 25, 1-13] contienen tres enseñanzas: (1ª) la sabiduría es un don de Dios para el que debemos disponernos, (2ª) con el fin de estar sabiamente preparados para el momento del encuentro definitivo con el Señor en la eternidad, (3ª) animados por la esperanza desde la fe en la resurrección de Cristo, prenda de nuestra resurrección futura.

1.- “La sabiduría se deja hallar por quienes la buscan”

El libro de la Sabiduría, último en orden cronológico del Antiguo Testamento, es uno de los llamados “deuterocanónicos”, escritos originalmente no en hebreo sino en griego y que la Iglesia Católica reconoce también como inspirados por Dios. Fue escrito hacia el año 50 a.C. y su tema central, como el de los demás llamados “sapienciales” (Job, Proverbios, Eclesiastés y Eclesiástico), es precisamente la sabiduría, que nos hace posible orientar con rectitud nuestra vida para lograr la felicidad.

En los textos sapienciales, como el de la primera lectura de hoy, la sabiduría suele presentarse personificada y luminosa. Se destacan su disponibilidad para dejarse encontrar “sentada a la puerta” por quienes la buscan, y su resplandor inmarcesible, es decir, inmarchitable, que nunca pierde su brillo.

En la reflexión teológica del Nuevo Testamento se identifica a la Sabiduría con Jesucristo, Palabra encarnada de Dios y Luz que ha venido a iluminar a todo ser humano que quiera abrirse a la acción de su Espíritu (Juan 1, 1-9). En la Eucaristía la Sabiduría de Dios, que es Jesucristo mismo, nos comunica sus enseñanzas y su propia vida para que orientemos rectamente y recorramos bien alimentados el camino de nuestra existencia.

2.- “Manténganse vigilantes, porque no saben el día ni la hora”

Así termina la parábola de las doncellas necias o descuidadas y las sabias o previsoras, que forma parte del llamado discurso escatológico de Jesús, es decir, referente a los últimos tiempos, o sea al momento definitivo del encuentro con Cristo después de la vida terrena, y que abarca los capítulos 24 y 25 del Evangelio según san Mateo.

La celebración del matrimonio en tiempos de Jesús se desarrollaba así: al comenzar la noche, el novio iba con sus amigos a la casa de la novia, donde lo recibían las amigas de ésta con sus lámparas de aceite encendidas; luego se dirigía con ella y los invitados a su propia casa donde era el banquete de bodas, y detrás de los novios entraban las damas de honor que formaban con sus lámparas el cortejo de la fiesta. Jesús toma esta imagen para referirse a la realización plena del Reino de Dios o “de los Cielos”. El aceite de oliva se usaba para preparar alimentos, para el cuidado del cuerpo y para alumbrar el camino en la noche. Por eso es muy significativo en la parábola que las doncellas imprevisoras no se hubieran aprovisionado de este recurso, al contrario de las prudentes que sí tuvieron la precaución de guardar una reserva. Las lámparas encendidas se presentan entonces como un símbolo de la verdadera sabiduría, propia de las personas que no se dejan sorprender por los acontecimientos porque siempre están vigilantes y preparadas.

También hoy a cada uno de nosotros nos exhorta el Señor a estar vigilantes y preparados, porque no sabemos el día ni la hora del encuentro con Él en la eternidad. El aceite es símbolo de las buenas obras, del comportamiento constructivo con los demás, del amor al prójimo. ¿Cómo estoy de aceite para el momento definitivo? Este es el sentido del examen de conciencia, que es prudente hacer por lo menos una vez al día.

Un detalle: a primera vista parece chocante que las doncellas sabias que sí tenían aceite y les sobraba, no lo hubieran compartido con las que se habían quedado sin reservas. Pero si profundizamos un poco entendemos por qué no lo hicieron: es imposible apropiarse de las buenas obras que otros han realizado.

3.- “No se entristezcan como los que no tienen esperanza”

Esta frase de san Pablo en su primera carta a la comunidad cristiana de la ciudad griega de Tesalónica, tiene como fundamento la fe en la resurrección feliz de todos los que hayan muerto en gracia de Dios. De esta resurrección es primicia y prenda la resurrección gloriosa de Jesucristo, y en virtud de esta fe pascual podemos mirar con esperanza el porvenir, los últimos tiempos a los que se refieren las parábolas escatológicas. Cuando Pablo escribió esta carta, los seguidores de Jesús creían que inminente la “parusía” o venida gloriosa de Jesucristo en el fin del mundo para el juicio final, y que quienes estaban todavía vivos iban a ser testigos de ella tal como la describe el apóstol, en medio de los signos cósmicos propios del género literario llamado apocalíptico. Poco a poco esta creencia fue desapareciendo y la fe en Jesucristo resucitado se fue volviendo más madura, en el sentido de una esperanza en la vida eterna después de la muerte.

Animados por esta esperanza y preparados para el momento definitivo de nuestro encuentro con el Señor en la eternidad, podemos vivir alegres y confiados en todo momento, evocando la imagen también simbólica del polluelo que se acoge en el nido a la protección amorosa de su madre, para exclamar con el autor inspirado del Salmo 63 (62): “A la sombra de tus alas canto con júbilo”.