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La luz de la fe ilumina las incertidumbres del camino

  •   Domingo Noviembre 12 de 2017
  •   Pistas para la Homilía del Domingo
  •    Jorge Humberto Peláez Piedrahita, S.J.
  •    Ordinario

Uno de los rasgos más maravillosos del ser humano es la capacidad de hacer preguntas. Continuamente estamos explorando el por qué y el para qué. Se trata de una fuerza incontenible que nos estimula para investigar el microcosmos y el macrocosmos, que nos invita a explorar las profundidades del comportamiento humano con su laberinto de motivaciones y pulsiones, y que ha llevado a navegar por el espacio.


Las lecturas de este domingo son un viaje al corazón del creyente que, en su búsqueda de la verdad, se interroga sobre la consistencia del conocimiento humano, la fragilidad de la existencia y las incertidumbres del futuro. Estos interrogantes tan hondos son iluminados por la Palabra de Dios:
El libro de la Sabiduría habla de un conocimiento diferente del saber científico, que es el conocimiento sapiencial.
San Pablo, en su I Carta a los Tesalonicenses, nos descubre la realidad diferente que espera a los difuntos, más allá de la destrucción de esta morada terrenal.
El evangelista Mateo trasciende las naturales inquietudes que nos produce el futuro, y nos lo describe como un encuentro gozoso con Dios, presentado como el esposo, el cual requiere que estemos preparados.
El hilo conductor de estos tres textos nos lo da el Salmo 62, que acabamos de recitar: “Señor, tú eres mi Dios, a ti te busco; de ti mi alma está sedienta. Señor, todo mi ser te añora, como el suelo reseco añora el agua”. Se trata, pues, de la búsqueda de sentido; somos peregrinos de la verdad y del amor.

Empecemos por el texto del libro de la Sabiduría: “Radiante e incorruptible es la sabiduría; con facilidad la contemplan quienes la aman y ella se deja encontrar por quienes la buscan y se anticipa a darse a conocer a los que la desean”:
Se trata de un conocimiento muy particular, que no se obtiene en los laboratorios de investigación. A través de una mirada profunda de los acontecimientos, que se esfuerza por ir más allá de las apariencias, se va descubriendo que todo está relacionado con todo, como nos lo explica el papa Francisco en su Encíclica sobre el Cuidado de la casa común. Así, acontecimientos que parecían aislados, comienzan a adquirir un significado cuando son leídos en conexión con otros. Y allí se va dibujando el plan que Dios tiene para cada uno de nosotros.
Esta lectura profunda de la realidad exige silencio interior, capacidad de escucha. Los creyentes podemos acceder a este conocimiento, llamado discernimiento, a través de la meditación de la Palabra de Dios, dejándonos interpelar por la creación que nos habla del Creador y siendo dóciles a la acción del Espíritu Santo que actúa en nuestro interior.

En su I Carta a los Tesalonicenses, el apóstol Pablo afronta el misterio de la muerte, que tanta inquietud nos produce: “Hermanos, no queremos que ignoren lo que pasa con los difuntos, para que no vivan tristes, como los que no tienen esperanza. Pues si creemos que Jesús murió y resucitó, de igual manera debemos creer que, a los que mueren en Jesús, Dios los llevará con Él”. La certeza de que Jesús ha resucitado cambia radicalmente la percepción de la muerte, que deja de ser sinónimo de punto final y destrucción para convertirse en transformación y comienzo de una realidad nueva.
El futuro nos produce profundas incertidumbres. Hay quienes evitan pensar en él y prefieren vivir el presente y disfrutar todo lo que éste les ofrece. Otras personas pretenden abrir una ventana hacia el futuro de la mano de adivinos, creyendo que la historia humana está predeterminada por el curso de los astros. Nosotros, los seguidores de Jesucristo resucitado, vemos el futuro como un encuentro gozoso con el Padre misericordioso, acompañados por el Maestro que es camino, verdad y vida.

El evangelista Mateo expresa esta visión del futuro a través de la parábola de las diez jóvenes que salieron al encuentro del esposo. El mensaje está resumido al final del relato: “Estén, pues, preparados, porque no saben el día ni la hora”. La sabiduría popular recomienda “no dejes para mañana lo que puedes hacer hoy”. Hay personas que son incapaces de dar la cara a los problemas y los van posponiendo para un mañana que quizás nunca llegará. No dilatemos la solución de los problemas que nos mortifican; terminemos la conversación que en algún momento iniciamos pero que después interrumpimos; pidamos perdón por aquello que tanto nos inquieta pero que, por orgullo, no hemos aceptado; demos el abrazo amoroso que durante años negamos a las personas con las que hemos compartido la vida.

Estos asuntos no resueltos son como una deuda que va acumulando intereses. Viviremos más tranquilos si pagamos las deudas afectivas y de justicia pendientes. Estar preparados – como nos pide la parábola - es reconciliarnos con nosotros mismos y nuestra historia personal aceptando límites y miserias. Estar preparados es reconciliarnos con los demás, pidiendo perdón y perdonado. Estar preparados es reconciliarnos con Dios, Padre misericordioso, como lo hizo el hijo pródigo de la parábola.

La fe en Jesucristo resucitado ilumina la búsqueda de sentido, y nos da seguridad en medio de las incertidumbres de la vida. La lectura atenta de la Palabra de Dios nos permitirá interpretar los hechos de la vida como eventos de mi historia personal de salvación. La meditación de los misterios de la vida del Señor iluminará la oscuridad de la muerte y nos permitirá asumir el presente con alegría y esperanza porque es la antesala del encuentro definitivo con Dios, plenitud del ser, de la verdad y del amor.