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Aplicación confusa de una parabola

  •   Domingo Noviembre 19 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.
  •    Ordinario

La parábola de los talentos, que aquí encontramos aplicada (no explicada) debió ser bastante corta como todas las parábolas. Pensar que Dios era como un señor con criados que deja su fortuna al cuidado de unos siervos nos presenta algunos tropiezos con las imágenes de Yahvéh, la tierra y los siervos.


En el judaísmo, igual que en cristianismo, estaba prohibido prestar a interés pues los bienes eran para ayudar a los demás. Hasta el Concilio de Viena (1325) el prestamista a interés era considerado como un blasfemo, un pecador, un condenado en vida porque su pecado era permanente. En los sermones de Jacques de Vitry preguntaba: ¿Quién es el que peca incluso cuando está dormido? El prestamista a interés porque vende el tiempo que solo pertenece a Dios, era la respuesta. Pecado continuado. En la época de Jesús talento no podía significar más que dinero. Un talento era equivalente a 60 minas o 3000 siclos. Es la versión del Rey Jaime en el siglo XVI la que sugiera que talento no significa dinero sino capacidad mental, intelectual o espiritual que es el sentido corriente hoy en día. Se trataría de desarrollar las habilidades naturales que incrementan, no el Producto Interno Bruto de los economistas sino el Producto Humano Interno de una sociedad humanamente sana. Concebir a Dios como un negociante y a sus “siervos” como prestamistas poco honra a Jesús que siempre fustigó el dinero en el evangelio. Entendido como lo que Pablo llama con mayor acierto “carismas” tiene mayor sentido, aunque los carismas —palabra derivada de jaris, gracia en griego— son para todo lo contrario del negocio; son para ponerse generosamente al servicio de los demás, de toda la comunidad.

La aplicación de la parábola, que es obra de la comunidad, y que en el caso del evangelio de Mateo se supone que era la comunidad de Antioquía, ciudad mercantil y próspera, sería una especie de sagacidad literaria. Muchos cristianos serían inversionistas y financistas. Les habla de ganancias y fortunas para que lean el texto con agrado e interés por ser el lenguaje que les atraía.

En este caso la mejor aplicación es la situación del tercer siervo que queda paralizado por recibir cinco veces menos que el primero. Su concepción del señor, en el supuesto que sea Dios, no armoniza ni con el judaísmo ni con el cristianismo. «Eres hombre duro, que cosechas donde no sembraste, y recoges donde no esparciste», «tuve miedo». Los evangelios nos hablan de Dios como un sembrador pródigo que esparce la semilla sin preocuparse en qué tierra caiga. El temor, como forma de relacionarse con Dios, aunque aparece en algunos textos del Antiguo Testamento, es corregido por muchos profetas. Lo único que no está en manos de Yahvéh es hacer que el judío le tema; como lo único que no puede hacer el Dios cristiano es que el hombre lo ame. El temor es tan libre y voluntario para el judío como el amor para el cristiano. El primer mandato es ¡Escucha Israel! con la esperanza de que Israel entregue a Yahvéh su corazón, su alma y sus fuerzas. Si el judío no teme a Yahvéh se destruye a sí mismo y destruye a los demás; nada contiene su ambición.

Si el creyente no ama a su hermano igual se destruye a sí mismo y destruye a los demás. Si teme a Dios cae más fácil en la neurosis que en el amor que es la razón última de la encarnación: «Tanto amó Dios al mundo (cosmos), que entregó a su Hijo único, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3:16). El criado, pues, queda paralizado por su inadecuada concepción de Dios y esconde en la tierra su talento. Si lo entendemos como dinero mejor lo hubiera dado a algún pobre; si lo entendemos como carisma el temor del señor lo llevo al egoísmo en vez de la generosidad. El final, sin embargo, nos vuelve a desbaratar la imagen del señor como Dios pues la orden «a ese criado inútil, arrojadlo a la obscuridad, allá afuera. Allí será el llanto y el rechinar de dientes» no se compadece con la imagen de Jesús frente a los pecadores. Quizás surge de la angustia apocalíptica de la comunidad que quería adelantar el fin, el juicio, el “día de Yahvéh”, algo que en Mateo no es tan claro como en Lucas. En éste el fin no es de temer sino tiempo para aprovechar en la difusión del evangelio, la misericordia, el tiempo de la Iglesia.

La aplicación de un dicho o refrán que puede venir del mundo financiero o de los negocios como «porque a todo el que tiene, se le dará y tendrá de sobra; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará» suena a la pura realidad del mercado financiero, como hemos podido ver en las pasadas crisis. Los bancos salen más fortalecidos y en el camino quedan las viudas sin casa, los ancianos sin pensiones, los empleados sin empleo. Pero en le economía divina de los carismas sucede que algo paradójico, pues todo el que aporta lo que sabe y puede a la comunidad no solamente enriquece la comunidad sino que mientras más se da más se tiene. Como enumera Pablo, pastores, apóstoles, profetas, evangelistas, cada uno aporta lo suyo y se enriquecen todos y quien da recibe de otros. En textos como el de hoy nos fallan los criterios clásicos de interpretación.

Entenderlo a la letra es un adefesio y una injustica con Dios y mucho más con Jesús; hacer una alegoría es riesgoso pues no hay personaje “sano” que sea evidente; hacer una lectura moral de ganancias es tergiversar un reinado de Dios que es dar gratis lo gratis recibido; hacer una lectura anagógica del cielo es pensar que la salvación la compramos con negocios rentables. Quizás la comunidad de Mateo tuviera una mejor lectura y más misericordiosa. La insinuación de talento como capacidad humana y como carismas, nos arroja una visión más armónica con el resto de los evangelios, pero a condición de que no tengamos en cuenta que puedan servir para ganancias económicas. El arte variado como música, literatura, poesía, pintura, arquitectura, canto, oratoria, hoy son fuente de lucro de muchos y poco de enriquecimiento humana colectivo. Es lo contrario del evangelio: «Que cada uno ponga al servicio de los demás el don que recibió, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios» (1 Pd 4:10). Cuando el Vaticano II hace ministerios laicales el acolitado, lectorado, ministerio eucarístico y otros más, buscaba precisamente que en la Eucaristía se manifestaran los carismas al servicio de la comunidad. El clericalismo ha sido su enemigo, como lo ha denunciado a menudo Francisco.