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Rendición de cuentas sobre la misericordia y la solidaridad

  •   Domingo Noviembre 26 de 2017
  •   Pistas para la Homilía del Domingo
  •    Jorge Humberto Peláez Piedrahita, S.J.
  •    Ordinario

Hoy celebramos la fiesta de Jesucristo, Rey del universo, y así concluye el Año litúrgico, que no coincide con el año calendario. Cada año los textos de los evangelistas que escuchamos en la misa dominical nos van presentando diversos momentos de la vida del Señor, comenzando con el Adviento o preparación a la Navidad, y terminando hoy.


Cuando meditamos en Jesucristo como Rey del universo, tenemos que hacer el esfuerzo de purificar la palabra rey de los imaginarios que la acompañan, provenientes de los libros de historia y las películas. Es natural que asociemos esta palabra con poderosos personajes ataviados con vistosos uniformes, quienes, al frente de sus ejércitos, conquistaron territorios y sometieron a los pueblos (Alejandro, Pedro el Grande, Napoleón, etc.)

Meditar en Jesucristo, Rey del universo, hace referencia a realidades muy distintas, que descubrimos en las lecturas bíblicas de hoy:

El profeta Ezequiel nos presenta a un pastor consagrado al cuidado de sus ovejas.

El apóstol Pablo describe a Jesucristo como primicia de todos los muertos y como promesa de resurrección.

El evangelista Mateo nos sorprende con la impactante escenografía de la segunda venida del Señor, donde asumirá el rol de Juez que juzga a la humanidad teniendo como criterio la misericordia y la solidaridad que hayamos mostrado frente a las necesidades de los hermanos.

Vayamos al texto del profeta Ezequiel: “Así como un pastor vela por su rebaño cuando las ovejas se encuentran dispersas, así velaré yo por mis ovejas e iré por ellas a todos los lugares por donde se dispersaron un día de niebla y oscuridad”.

Es conmovedora esta imagen del pastor que busca a las ovejas perdidas, cura a las heridas y alimenta a las débiles. Esta imagen del pastor pone de manifiesto el atributo de la misericordia, que es uno de los mensajes que el papa Francisco comunica con mayor insistencia: “El nombre de Dios es misericordia”.

Esta imagen de Dios, que se auto-manifiesta como pastor misericordioso, contrasta fuertemente con las teologías de otros pueblos cuyos numerosos dioses pelean entre ellos, buscan la venganza y disfrutan persiguiendo a los seres humanos víctimas de sus caprichos y arbitrariedades.

En su I Carta a los Corintios, el apóstol Pablo escribe: “Cristo resucitó como la primicia de todos los muertos. Porque si por un hombre vino la muerte, también por un hombre vendrá la resurrección de los muertos”.

Si Cristo no hubiera resucitado, sus enseñanzas tendrían el mismo reconocimiento de los grandes maestros de la filosofía y la espiritualidad de oriente y occidente. Pero la resurrección marca la gran diferencia. No es un profeta más. Es la Palabra que se hace carne; es el Hijo eterno del Padre que asume nuestra condición humana; es quien nos releva el misterio de Dios y nos muestra el camino hacia Él.

El triunfo de Cristo sobre la muerte es nuestro triunfo. Por eso san Pablo afirma que “Cristo resucitó como la primicia de todos los muertos”. Esto cambia la lectura de la muerte como destrucción para convertirse en el comienzo de una realidad totalmente nueva, donde superaremos las limitaciones del espacio y del tiempo.

El texto evangélico nos presenta la escenografía sobrecogedora de la segunda venida del Señor. Estos relatos sobre el final de los tiempos nos atemorizan. A lo largo de los siglos, innumerables predicadores y escritores han anunciado la proximidad de ese final, y para ello se apoyan en la ocurrencia de desastres naturales y guerras. Debemos hacer oídos sordos a estos profetas de desastres y vivir responsablemente los años de vida que el Señor quiera concedernos. Lo que sí es una realidad irrefutable es el daño irreparable que estamos causando al planeta tierra por el modelo económico depredador, que es la causa del cambio climático que algunos pretenden negar.

La segunda venida del Señor será una solemne rendición de cuentas, que tendrá un enfoque muy particular. Jesucristo, Juez del universo, no nos pedirá cuentas teniendo en sus manos unos códigos cuyo cumplimiento verificará; así funcionan los tribunales humanos, pero el juicio final será diferente. La solemne rendición de cuentas de que nos habla el evangelista Mateo es ante Jesucristo, Juez misericordioso, que nos examinará sobre la misericordia con que hayamos respondido a las necesidades de nuestros hermanos: “Yo les aseguro que, cuando lo hicieron con el más insignificante de mis hermanos, conmigo lo hicieron”.

Que esta fiesta de Jesucristo, Rey del universo, solemne culminación del Año litúrgico, nos ayude a avanzar en el conocimiento de Jesucristo como pastor misericordioso, como certeza de una vida más allá de la muerte, y como Juez misericordioso que nos pedirá cuentas de nuestra solidaridad con los más necesitados.