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Un juicio más consecuente

  •   Domingo Noviembre 26 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.
  •    Ordinario

Las imágenes del fin, contenidas en las parábolas de crisis y en otras expresiones, ordinariamente tienen más que ver con la apocalíptica que con el evangelio. El juicio como el momento del premio o el castigo inexorable y definitivo para una vida pasajera y volátil . El judaísmo, aunque no uniforme es esto, pensaba más bien en una desaparición del malo y un mundo nuevo para los justos.


La imagen del evangelio de hoy sobre el juicio tiene mayor consonancia con el ideal de vida que plantea Jesús para sus seguidores basada en la misericordia. Tiene algunos detalles que merecen atención especial. El juicio se reconoce en el Antiguo Testamento como función del soberano pero siempre supeditado moralmente a Yahvéh y sus principios de “juzgar al pueblo con justicia y a los oprimidos con equidad”. El juicio divino tiene detrás la gracia, la misericordia y el amor porque de otra forma no sería salvífico.

Es en la era postexílica (retorno de Babilonia) cuando el juicio de Yahvéh adquiere el sentido de remuneración abarcando igualmente a los muertos. Jesús pide a los suyos no juzgar, a no ser el juicio que se emite contra sí mismo, como en el evangelio de Juan. Allí, en el interior, la palabra de Dios juzga “sentimientos y pensamientos” y frente a la vida de Jesús nos juzgamos todos por lo que puede afirmarse que Jesús vino a Juzgar (Jn 9:39); pero en esta vida terrena, con el ánimo de salvar para la verdadera vida. Para Pablo, la incomprensibilidad de los juicios de Dios destruye la rígida estructura que lleva consigo el dogma de la retribución.

La interesada mentalidad humana de “hacer el bien a quien nos hace bien” no se aplica al juicio divino. Jesús es entregado al juicio civil y religioso y ambos muestran sus prejuicios y carencias, ambos lo condenan de acuerdo con sus leyes y ambos son injustos para los criterios evangélicos. La fe del creyente consiste siempre en la doble y simultánea vivencia de gracia y juicio, juicio y gracia pues Cristo, en cuando salvador, juzga, y en cuanto juez, salva. El hombre, por el contrario, se toma para sí el solo juicio para justificar el sufrimiento ajeno así como las catástrofes históricas o naturales, los reveses de los demás. Cualquier manera de hacer inteligible el juicio de Dios está condenada al fracaso. El hombre juzga como bueno lo que lleve al triunfo de sus pasiones: riquezas, poder, triunfo en las batallas, conquistas exitosas, sin mayor miramiento por el evangelio que exalta al pobre, al siervo o esclavo, al oprimido, al desvalido. Un juicio que busque la salvación o terapia (diagnóstico) del culpable está todavía lejos de ser instaurado en casi todas las instancias humanas.
En este contexto la expresión para los de la izquierda es problemática: «Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno que está preparado para el diablo y sus ángeles». Aunque nos deja un resquicio de esperanza pues no fue preparado para los hombres sino para los desencarnados (sin cuerpo) diablos y ángeles. En cambio el motivo para entregar el reinado de Dios a los de la derecha: «Tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me hospedasteis; estaba desnudo, y me vestisteis; caí enfermo, y me visitasteis; estaba en la cárcel, y fuisteis a verme» es bien cercano a mensajes de Jesús como las Bienaventuranzas, algunas parábolas, la ética del judaísmo de acoger a la viuda, el huérfano y el forastero y las esperanzas expresadas por los profetas. Quizás el detalle más interesante es que las ovejas (de la derecha) no sabían que al obrar misericordiosamente con los pequeños lo estaban haciendo al mismo hijo del Hombre. Obraron pues, no por interés, sino por compasión con el hermano. La imagen es apocalíptica (del fin) pero como advertencia para la vida en esta tierra, igual que el lenguaje de los profetas invitando a la conversión. Jesús, como buen pastor, cuida ovejas y cabritos que conoce por sus nombres. Que los cabritos sean de menor precio que las ovejas precisamente los hacen más valiosos para Jesús.

Tratándose del juicio de las naciones, es de esperar que judíos y extranjeros, creyentes y no creyentes obren de similar manera; así estarán construyendo reinado de Dios. Algunos autores opinan que “naciones” se refiere a todas pero excluye a judíos y por analogía a los creyentes. Habría dos juicios diferentes. Pero como antes se dijo cualquier especulación está condenada al fracaso. El hecho objetivo del juicio es de realidades terrenales como la comida, la bebida, el vestido por los cuales ningún ser humano debía preocuparse pues toda la creación es para toda la humanidad. Hoy la lista habría que ampliarla a muchas otras necesidades. Satisfacerlas o mantenerlas insatisfechas determina que tanto ha llegado el reinado de Dios. Un juicio que en esta vida van perdiendo todas las naciones y sociedades sin distingo de credo religioso. El juicio no es sobre lo pensemos y creamos sino sobre lo que hacemos. Fe, dogma, espiritualidad, prácticas de piedad tienen su juicio final en base a lo que hayamos hecho por los necesitados.

El contraste con los cabritos (de la izquierda) sirve como paralelismo propio de la literatura judía. Estos faltaron por omisión, por lo que dejaron de hacer y que hubieran hecho si vieran recompensa inmediata, porque nunca vieron al hijo del Hombre en el necesitado. Este lenguaje, que aparece en muchos escritos espirituales, de ver a Dios en el rostro del pobre, va en la línea correcta de este evangelio; pero tiene una expresión quizás más profunda en el mismo evangelio y vida pública de Jesús. Muchos necesitados que acuden a Jesús los buscan pidiéndole misericordia. Más que ver en el pobre el rostro de Dios, los pobres merecen ver en nosotros el rostro de Jesús; obrar con ellos “jesusmente”.

No es este adverbio sinónimo de “cristianamente” porque ordinariamente el segundo supone una carga compleja de reflexión que a veces nos impide obrar. Obrar “jesusmente” supone mayor arrojo, riesgo, crítica, rechazo. Pocas veces (como en el leproso samaritano de entre los diez curados) recibió Jesús las gracias por lo que había hecho. El ciego de nacimiento ni siquiera pudo identificar a quien lo había curado. El bien, cuando responde a la manera de Jesús, no espera nada a cambio, no tiene intención de recompensa, no busca el reconocimiento ni espera las gracias. Si Dios es el bien sumo, como dicen los teólogos, cualquier bien pertenece a Dios y es por tanto patrimonio de la humanidad y de ninguno en particular. El anonimato (que la derecha no sepa lo que hace la izquierda) del bien es buena garantía de que ha sido inspiración divina; de un Espíritu que sopla donde quiere y como quiere. Quizás hemos terminado privatizando la gracia como hemos venido privatizando todo bien en contra del sentir del Antiguo Testamento y por supuesto del Evangelio. Hasta Dios termina siendo de unos pocos y algunas lecturas del juicio parecerían confirmarlo.