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Actitud frente al momento

  •   Domingo Diciembre 03 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.
  •    Adviento

El budismo es una “religión” sin dios que garantiza vivir a plenitud el presente mediante la atención: estar despierto, consciente de cada instante. El Buda iluminado no tiene los ojos totalmente abierto porque se perdería en la contemplación de las bellezas naturales ni totalmente cerrados porque las desconocería: los tiene entreabiertos.


La máxima conciencia posible se llama la “iluminación ”. El cristianismo desarrolla la conciencia de que toda la humanidad es una sola, con un destino común y un camino común (la vida de Jesús). La experiencia Pascual sería tomar conciencia de que somos, aquí y ahora, movidos por el Espíritu del Resucitado. Recién pasado el Vaticano II la pastoral, la catequesis, la evangelización se concibió como “concientización” o “concienciación” o “tomar conciencia” del ser cristiano más allá del ser bautizado.

El arte en todas sus expresiones (pintura, escultura, música, canto, poesía, arquitectura) busca que el espectador no solamente disfrute sino que tome conciencia del mensaje simbolizado en la obra de arte; hace visible lo invisible, no copia sino que hace ver. De ahí que la simple fotografía, a no ser que muestre algo especial como un enfoque, no es arte. La religión tiene como parte de su función hacer consciente al creyente de la totalidad de la realidad: consigo, con los demás, con el mundo, con la historia, con Dios. Algunas religiones antiguas como el chamanismo, el yoga, algunos ritos indígenas, celebraciones de la naturaleza son hoy valoradas porque aumentan el campo de conciencia que en el hombre parece ilimitado .

En el evangelio de hoy, todavía en una época en que se tenía el fin por inminente, la conciencia, la vigilancia, el estar despiertos se asocia básicamente al fin. Pero tal actitud puede generar angustia y psicosis permanente. Con los evangelios de Lucas y Juan, así como con las cartas de Pablo, la angustia por el fin desaparece. El presente es el importante. La preocupación por el día y la hora, por los signos previos al fin, Jesús los desestima y deja todo el tema en manos del Padre. Es locura pretender conocer de tales temas y lo que debe aprenderse es la vigilancia ahora. El fin ya empezó, según el evangelio de Juan.

La parábola del hombre que va de viaje, los criados trabajan y el porteo vela, sirve para reforzar los dichos sobre el fin que desmienten cualquier saber sobre el momento. La conclusión equivocada sería que podemos dormir, esquivar la conciencia, saturar de placer el instante, reducir la vida a un instante que no deje resquicio para el futuro desconocido. Quedarse dormidos, no velar con Jesús es lo que se recrimina a los discípulos Pedro, Santiago y Juan en Getsemaní, donde expresamente Jesús les pide velar. Tres veces vuelve Jesús —como en la parábola al atardecer o a medianoche o al canto del gallo o al amanecer— y tres veces los encuentra durmiendo. Perdieron la noción de fidelidad consciente hasta la muerte que se aproximaba, al menos la de Jesús. La recomendación de Jesús es ¡velad! como en el evangelio de hoy.

Los signos a los que tiene que estar atento el creyente no son los del fin sino los signos del reinado de Dios. Si ya está en medio de nosotros de alguna forma puede percibirse su presencia. En la ilustración con la meteorología es clara: «Cuando veis levantarse una nube por el poniente, al instante decís: Va a llover. Y así es. Cuando sentís soplar el viento sur, decís: Va a hacer calor. Y así sucede. Hipócritas, sabéis juzgar del aspecto de la tierra y del cielo; pues ¿cómo no juzgáis del tiempo presente?» (Lc 12:54-56) recalcando que se trata de los signos del presente, no del futuro desconocido.

Las primeras generaciones cristianas vivieron obsesionadas por la pronta venida de Jesús; querían reencontrarse con Jesús a quien de manera confusa entendían como igual al que había recorrido Galilea. Ese era el pasado; estaba con ellos pero de otra forma. Las dificultades surgieron cuando vieron pasar el tiempo y la segunda venida no sucedía. Esa tardanza podía ser mortal, pues se iba apagando el entusiasmo con el riesgo de caer dormidos y con pesadillas. Vigilar, estar despiertos, se vuelve palabra clave, pero que no puede extremarse.

Las herejías religiosas rara vez son afirmaciones falsas, más bien son verdades sobre enfatizadas. Las largas vigilias y ayunos prolongados pueden producir más desequilibrios que verdadera espiritualidad. Buda no cierra los ojos porque ya no es un humano (Sidharta Gautama en vida). Jesús alterna vigilia y sueño hasta sobre el cabestro de una barca. A todos nos encuentra la muerte igual despiertos que dormidos. Pero en la vigilia podemos “estar dormidos” como podemos estar muertos en vida sin el Espíritu de vida; igual que un robot, autómata, zombi. Vigilad, estad despiertos, estad alerta, vivid despiertos, no es recomendación únicamente para los discípulos; es para todos los seguidores de todos los tiempos.

Los sistemas actuales, económicos, culturales, sociales e incluso a veces religiosos, funcionan mejor con zombis, con sonámbulos que simplemente siguen la manada. Si el creyente es consciente de su fidelidad a Jesús es capaz de caminar en contra, nadar aguas arriba, ejercer su misión profética. A lo mejor nos sentimos mejor con que nada cambie porque nos va bien como están las cosas. Pero Jesús asume para su vida y su óptica las condiciones de los pobres, los enfermos, los marginados de su época, un grupo que hoy es más numeroso aún.

La tendencia natural del ser humano es a buscar su propia seguridad, a mirar el mundo desde su éxito relativo para preservarlo; a disfrutar al máximo de su pequeño bienestar. El evangelio nos saca de esas seguridades cómodas y nos dice que el presente tampoco es lo que quiso Dios sino el que nos construimos con intereses propios o de grupo.

El profeta del Antiguo Testamento no leía más que el presente y lo condenaba si no había conversión. Curiosamente, pretendiendo saber del fin podemos terminar no deseando un mundo nuevo en el que pueda expresarse con mayor claridad el reinado de Dios. Hay que despertar, espabilarse de un egoísmo que vivimos con los ojos abiertos, de una frivolidad consumista que destruye el medio ambiente (la casa común), de una indiferencia frente al sufrimiento de los demás que justificamos fácilmente por no ser como nosotros, por no amar a Dios como nosotros, por no haber recibido la gracia que hemos recibido nosotros, por no pertenecer a la Iglesia, el partido, el país de nosotros. Los acontecimientos se atropellan sin conducir a nada nuevo, excepto nuevos diseños de viejos productos y nuevos productos de nuevas necesidades. Los necesitados aumentan y corremos “despiertos” a los grandes centros comerciales, de diversión e incluso a alguna iglesia en domingo como ítem más de la canasta familiar. El evangelio nos despierta a otras cosas y todas del presente.