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Un tiempo en el que se nos invita a la conversión

  •   Domingo Diciembre 03 de 2017
  •   El mensaje del Domingo
  •    Gabriel Jaime Pérez Montoya, S.J.
  •    Adviento

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: "Miren, vigilen: pues no saben ustedes cuando es el momento. Es igual que un hombre que se fue de viaje y dejo su casa, y le asignó a cada uno de sus servidores su tarea, encargando al portero que vigilara. Vigilen entonces ustedes, pues no saben cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer; no sea que venga inesperadamente y los encuentre dormidos. Lo que les digo a ustedes lo digo a todos: ¡Vigilen!" (Marcos 13, 33-37).


Comienza hoy un nuevo ciclo anual en la liturgia de la Iglesia con el Adviento, término proveniente del latín Adventus: venida, llegada, advenimiento. La petición del Padrenuestro “venga a nosotros tu reino” -en latín adveniat regnum tuum- es especialmente significativa en este tiempo durante el cual nos preparamos para celebrar la Navidad, y en el que se nos invita a la conversión, a la esperanza y a la vigilancia.

La tradición cristiana conserva un símbolo para esta época, llamado “Corona de Adviento”: un círculo de ramas verdes del que surgen cuatro velas. Cada uno de los 4 domingos del Adviento se prende una vela morada (color propio del Adviento) hasta que quedan todas encendidas. Los colores pueden variar y también hay coronas con cinco velas, cuatro moradas alrededor y una blanca o más clara en el centro, que representa el nacimiento de Jesús y se enciende en la la noche del 24 de diciembre.

1.- Un tiempo en el que se nos invita a la conversión

El libro profético de Isaías, del cual se toman las primeras lecturas de los cuatro domingos del Adviento, nos presenta en el texto correspondiente a este primer domingo (Isaías 63, 16 – 64, 7) una oración que podemos hacer nuestra hoy, aplicándola a la situación de un mundo que, como en aquellos tiempos, experimenta el vacío de Dios porque vive de espaldas a Él, sin reconocerlo ni tenerlo en cuenta. “¡Ojalá rasgaras el cielo y bajaras!”, exclama el profeta, expresando con esta imagen el reconocimiento de la necesidad que todos tenemos de Dios como lluvia fecunda en medio de una realidad comparable a la sequía del desierto producida por la ausencia del único que nos puede dar la vida verdadera. Una ausencia que no es culpa de Dios mismo, sino del ser humano cuando pretende ignorarlo o desterrarlo de su existencia.

Para los creyentes en Jesucristo, la oración del texto profético del libro de Isaías y la plegaria del Salmo 80 (79) -“Ven a salvarnos”- fueron respondidas con la encarnación del Hijo de Dios en Jesús de Nazaret hace poco más de veinte siglos. Sin embargo, hoy como entonces necesitamos que su acción redentora llegue hasta cada uno de nosotros como resultado de una disposición sincera a convertirnos, es decir, a volvernos a Él y dejarnos transformar por la acción de su Espíritu.

¿Cómo realizar una auténtica conversión? Aprovechando este tiempo del Adviento para hacer una revisión de nuestra vida y descubrir cómo debemos orientarla o reorientarla hacia Dios en el cumplimiento de su voluntad. Porque la petición “venga a nosotros tu reino” corresponde a la disposición que manifestamos cuando decimos sinceramente: “hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo”.

2.- Un tiempo en el que se nos invita a la esperanza

“Ustedes esperan el día en que aparezca nuestro Señor Jesucristo”, les escribe el apóstol san Pablo a los cristianos de la ciudad griega de Corinto (1 Corintios 1, 3-9). Este mensaje de la segunda lectura de este domingo llega hoy a cada uno de nosotros para que alimentemos en nuestra vida una de las tres virtudes llamadas “teologales”, es decir, las referidas a Dios -fe, esperanza y caridad-. La virtud teologal de la esperanza nos anima a mirar el porvenir con optimismo, aun en medio de las dificultades y problemas que podamos estar experimentando en el presente, porque creemos en Jesucristo y sabemos que “Él es fiel” a sus promesas.

La manifestación del Reino de Dios en nuestro Señor Jesucristo desde su encarnación y su nacimiento como Dios hecho hombre, no es sólo un acontecimiento que sucedió hace veinte siglos. Él sigue llegando y manifestándose a cada persona que esté dispuesta de verdad a recibirlo, y se hace presente para alimentarnos con su propia vida en la Eucaristía. Cada vez que celebramos este “sacramento de nuestra fe”, repetimos la misma invocación con que los primeros cristianos expresaban la esperanza en su venida gloriosa: “¡Ven, Señor Jesús!” (Apocalipsis 22, 20). De modo similar, en la tradicional novena de Navidad que pronto volverá a resonar una vez más con sus gozos y villancicos, le diremos: “¡Ven a nuestras almas, ven no tardes tanto!”.

En efecto, en este tiempo del Adviento se nos invita a proclamar nuestra esperanza en el Reino de Dios que si bien ya vino hace poco más de dos mil años en la persona de Jesús, sigue llegando a cada uno de nosotros cuando acogemos con nuestro comportamiento la palabra de Señor y recibimos a Jesús en la comunión, y se manifestará en forma plena, definitiva y gloriosa al final de los tiempos. Para cada uno de nosotros, este final de los tiempos será el momento del paso de la vida presente a la eternidad.

3.- Un tiempo en el que se nos invita a la vigilancia

“Manténganse ustedes despiertos y vigilantes”, dice Jesús en el Evangelio, como conclusión de la parábola de los servidores que aguardan la llegada del dueño de la casa en cualquier momento. Cada uno de nosotros, como servidor fiel del Señor, es invitado especialmente en este tiempo del Adviento a mantenerse atento a su llegada. Tres veces aparece en este texto la exhortación a que estemos vigilantes. Y esta exhortación es no sólo para unos cuantos, sino para todos: “Lo que les digo a ustedes lo digo a todos”.

¿Cómo mantenernos despiertos y vigilantes? Uniendo una actitud sincera de conversión a la esperanza activa en la manifestación plena del Reino de Dios inaugurado por Jesucristo. Porque esta virtud no es una espera pasiva en que Dios solucionará nuestros problemas sin poner nosotros de nuestra parte, sino todo lo contrario: una disposición activa a preparar el advenimiento (el “adviento”) del Reino de Dios, haciendo posibles la condiciones que nos corresponde a nosotros desarrollar para que ese reino de la justicia, del amor y de la paz sea una realidad en nuestra vida y en nuestro entorno social.