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María y la gracia

  •   Domingo Diciembre 24 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.
  •    Adviento

Lucas, a quien se atribuyen los Hechos de los Apóstoles, utiliza la expresión “lleno de gracia ” al hablar de Esteban: «Esteban, lleno de gracia y de poder, realizaba entre el pueblo grandes prodigios y señales« (Hc 6:8). De María dice: «Y entrando, le dijo: "Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo"», que ha tenido como traducciones “has recibido el favor de Dios”, “agraciada”, “muy favorecida”, “gozo hallas”, “bendecida especial”, “quiere bendecirte”, “favor del Señor”, “altamente favorecida”, “Yahvéh está contigo”, “gracia concedida”, “gratia plena” (Vugata).


Cada traducción señala un enfoque. Después de todo las Escrituras son palabra de Dios en lenguaje humano y éste lenguaje exige interpretación. La traducción misma es ya interpretación (exégesis y hermenéutica son los términos técnicos). Pablo hace de la gracia la clave de la salvación cristiana, igual para judíos y gentiles, pues la relaciona con lo recibido sin mérito alguno; no exige más que la fe. Cuando Pablo contrapone la gracia a las obras, se refiere a las obras de la ley judía. Gracias versus obras, gracia versus libertad, gracia versus mérito, gracia versus naturaleza cubre el debate de la Reforma, hoy superado.

Las obras criticadas a los católicos eran las ascéticas, no las caritativas. Los Padres de la Iglesia, principalmente los latinos, buscaron un punto de comparación con la situación hipotética del hombre antes de la caída para postular que la gracia era el estado ideal del hombre, que había sido creado en ella y que la caída era la pérdida de la “gracia original”. Esto es claro en Agustín y luego en Calvino. La humanidad como una “masa corrupta”. Para el judaísmo la gracia estaba más bien asociada al ser humano y era la gratitud con Yahvéh por darles la tierra que “mana leche y miel”, la creación y la liberación de Egipto y de Babilonia.

Las celebraciones nacionales eran para dar gracias, no para pedirlas. Muy poco usada es la palabra gracia en la literatura judía con el sentido cristiano. El hombre debía encontrar “gracia” en su esposa para conservar su vida matrimonial. Si no la hallaba podía acudir al divorcio. En el cristianismo la principal celebración (Eucaristía) es precisamente acción de gracias y el santo es el que vive de acuerdo a la gracia de Dios. Cristo como la fuente de todas las gracias. Para el judaísmo una de las mayores gracias de Yahvéh fue haberles dado la Torah (que incluye el Decálogo) que supone un pacto mutuo de obligaciones de Yahvéh y el pueblo. Para los cristianos, aunque hay variados planteamientos, el hombre no cumple el Decálogo sin la gracia .

En general, la gracia quedó muy asociada al pecado, casi como idea derivada, con una concepción pesimista de la naturaleza humana. La teología de la deificación de los Padres Griegos es más optimista. La gracia es más bien para parecernos a Dios que para alejarnos del pecado. Dios se hizo como el hombre para enseñarle al hombre a ser como Dios (como Jesús). El evangelio de Juan, que no es afecto a los judíos, dice: «Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo» (Jn 1:17), en una oposición que requiere ser matizada pues el mismo Juan habla del mandamiento del amor y de los mandamientos de Jesús. Infortunadamente la palabra “ley” es ambigua pues se usa en las ciencias, el derecho, la religión, la sociedad, con sentidos diversos. Entre ley y mandato hay una gran diferencia. Pablo usa ley con al menos siete sentidos distintos: ley del pecado, ley de la muerte, ley de Dios, ley de la fe, ley de Cristo, ley del Espíritu, ley de la razón, ley judía. No puede identificarse la “ley de Moisés” con Yahvéh como legislador, ni la Torah con el libro de la ley.

La concepción de la gracia como una “cosa”, siendo una relación, llevó en la historia a extravagancias como pensar que la gracia era más abundante en Jerusalén que en el resto del mundo y Bizancio (la Roma de Oriente) construyó más de 50 iglesias en Jerusalén con miles de peregrinos buscando “gracia” en el siglo VI. Tuvo críticos como Orígenes y Esusebio de Cesarea quienes rechazaban la misma expresión “tierra santa”.

Si la santidad la da el creyente, toda tierra es santa, como dice Yahvéh a Moisés en el Sinaí. Tomás de Aquino clasifica la gracia en no menos de diez variedades (santificante, eficiente, previniente, habitual, actual, eficaz, suficiente, de estado) y Dios como un inspector de pesos y medidas. Pablo relaciona la gracia con la palabra de igual raíz que es carisma.

No es el carisma una gracia extraña o extraordinaria sino lo que la persono ya de hecho tiene y puede pero al servicio de la comunidad. Ser apóstoles, profetas, evangelizadores, pastores, maestros, hablador en lenguas (glosolalia), intérprete y otros son para Pablo servicios si hay caridad; sin ésta, no son carismas en absoluto sino címbalos que resuenan, auto complacencia, egoísmo. No son gracia ninguna en sentido cristiano. Las tesis básicas de la gracia, luego de haber sido encumbrada como preferencia injustificada de Dios, que la daba a quien quisiera, el hombre debía arrebatársela, la negaba a quien quisiera, son más humildes y significativas. Es universal y se ofrece a todos; es dada como una tarea, como una misión y nunca como un privilegio; es cara en el sentido de que nos cuesta sacrificio (a menudo la misma vida); no se percibe sino cuando se ha “gastado”; no es acumulable pues rueda como agua sobre el cuerpo; nunca es para sí mismo sino para compartir; es como balón de fútbol que si no rueda no hace partido; es como las vitaminas que si no las usa el cuerpo se eliminan; se recibe en los sacramentos para aplicarla a la vida en función de los demás.

La recibida en el bautismo es para sumergirme en la pasión y muerte de Jesús y ser como él resucitado; la recibida en la Confirmación es para dar testimonio de vida cristiana; la recibida en el matrimonio es para sacrificarse en función del cónyuge (como Cristo por su Iglesia); la recibida en la reconciliación es para convertirme en bien de los demás; la recibida en la Eucaristía es para sacrificarme por los demás; la recibida en la ordenación es para vivir el testimonio evangélico permanente; la recibida en la unción de los enfermos es para salvar a los aliviados. En pocas palabras: es para salvarme salvando a otros.

Cuando decimos que María fue “llena de gracia” o cualquier otra traducción de las mencionadas al principio, estamos expresando que en ella, por su papel asumido a lo largo de toda su vida, fue llena de misericordia; es decir, vivió para otros, para su hijo en el sacrificio propio de la maternidad, para Jesús en momentos difíciles (en el parto, en la huida a Egipto, a los doce años, cuando decían que estaba “fuera de sí”, al pie de la cruz); para los apóstoles en la oración del cenáculo; para el “discípulo amado” como madre. No fue la gracia de María una gracia barata. Le costó un estilo de vida en el que cualquier creyente puede encontrar un modelo. Juan dice que el Verbo encarnado estaba lleno de gracia y de verdad (Jn 1:14). Fue la primera “víctima” de la plenitud de la gracia cristiana. María la segunda.