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Enseñar con autoridad

  •   Domingo Enero 28 de 2018
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.
  •    Ordinario

Cuando se forma Israel, con el pacto de las tribus y la fe en Yahvéh, se designa la tribu de Leví como la dedicada, casi en exclusividad, para enseñar la ley religiosa a la judíos y mantenerla viva. Como la tribu de Leví no tenía tierra, para quedar así más libre para su actividad, sus ingresos los recibía de la actividad de pastores. Desde entonces la figura del pastor se identifica con la actividad religiosa. La tribu de Leví enseñaba con la autoridad delegada de las otras tribus.


Este sistema sufrió gravemente con el destierro a Babilonia y en la época de Jesús había al menos cuatro escuelas de enseñanza rabínica . Los cristianos rápidamente se preguntaron tres cosas fundamentales: ¿Cuál es la norma de fe que permite releer las Escrituras judías? ¿Quiénes son los testigos y maestros autorizados en la comunidad cristiana? ¿Cómo mantener la fidelidad a las enseñanzas de Jesús en la vida corriente en una comunidad dispersa y en problemas? Los tocó volver a la vida pública de Jesús para encontrar en ella pistas de solución. El Nuevo Testamento refleja estas inquietudes con una proclamación básica (técnicamente el kerigma), el sentido de la salvación (técnicamente evangelio), la enseñanza práctica (técnicamente didaché) y la autoridad de Jesús (técnicamente exousia). Dar testimonio con la vida era el martirio; darla con palabras era hacer profesión o confesión de fe, con fórmulas que se atribuyen a “los doce” y a Pablo, pero que en realidad circulaban en las comunidades. Unas para los bautismos y otras para la Eucaristía. Algunas normas disciplinarias se definieron en el concilio de Antioquía .

Los discípulos tendrían la autoridad que les daba ser actores presenciales de un Jesús que se atrevía a desafiar enseñanzas de Moisés, de muchos maestros de la ley y quebrantar normas como las del sábado y de impureza ritual. Los discípulos hablaban por recuerdo de Jesús, quien les habría delegado directamente autoridad; por inspiración del Espíritu (luego de la experiencia Pascual); en nombre de Jesús, como enviados por Cristo: como testigos de su vida, muerte y resurrección. En algunas cartas de Pablo, carta de Pedro y carta de Judas ya se nota una cierta estructura de autoridad en la enseñanza. También de defensa frente a falsas enseñanzas y mitos gnósticos. En los cuatro o cinco primeros siglos se elabora una enseñanza con autoridad alrededor de sínodos y concilios que producen confesiones de fe y credos. Pero también hubo escuelas catequéticas o didaskalías regentadas por “laicos” que no entraban en la estructura jerárquica incipiente de obispos, sacerdotes y diáconos.

La autoridad en fe y moral se va reservando a los grandes patriarcados (Jerusalén, Alejandría, Antioquía, Constantinopla y Roma). En la Edad Media se desarrolla el “magisterio” en Occidente, no sin tensiones con la autoridad de teólogos y universidades. La enseñanza más bien carismática, se va volviendo legal con los conceptos romanos de autoridad y potestad. Con la “investiduras” los obispos pasan por autoridad civil y religiosa. El obispo de Roma se perfila como autoridad general en Occidente mientras el Oriente cristiano mantiene el sistema sinodal. La Reforma adopta este sistema y la enseñanza carismática. Todas las iglesias, sin embargo, reconocen la autoridad de la Biblia y de Jesús, aunque difieren en temas de organización, disciplina sacramental, reconocimiento mutuo de ministerios. Para el ecumenismo es fundamental aceptar que el Espíritu habla también a través de otras iglesias diferentes a la propia. Igualmente, la aceptación de que Dios habla a todos los unidos a Cristo, potenciados por el Espíritu para discernir la voluntad de Dios y proclamar el evangelio. El Vaticano II redefine la Iglesia como “pueblo de Dios jerárquicamente organizado” pero con deber y autoridad para todos los creyentes de proclamar el evangelio.

Todo lo anterior para mostrar que Jesús innova la forma y autoridad para enseñar, pues no recibe autoridad docente de otros rabinos, como se hacía en Israel. No aparece que estudie en escuela alguna. Quizás aprendió en la sinagoga como era usual entre los judíos. Pablo dice que estudió en la escuela de Gamaliel su fariseísmo. Aunque a veces Jesús explica la Escrituras toma un aire similar al de los profetas que eran la ley viva, oral, no la escrita. Otras veces contrapone sus enseñanzas: “Habéis oído que se os digo, pro yo os digo”. Otras veces su enseñanza es novedosa a tal punto que habla de que las impurezas no vienen de fuera; echa por tierra varias normas y libros del Antiguo Testamento como el Levítico.

Muchos rabinos se limitaban a citar comentarios de otros rabinos en cadena. Era la manera de mantener la tradición. Jesús no muestra mayor preocupación por la tradición de los mayores sino que busca la esencia de la ley (Torah) para condensarla en el amor a Dios y al prójimo. La comunidad cristiana de alguna manera hereda su libertad para proclamar el evangelio de las mismas actitudes de Jesús, siguiendo los propios carismas. Cuando los discípulos son amonestados para que no hablen a nombre de Jesús, se presenta la diferencia con la autoridad civil (en realidad era potestad) cuando responden: «Pedro y los apóstoles contestaron: "Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hc 5:29). Es como una proclama primitiva de la superioridad de la conciencia humana frente a la potestad civil .

Mientras que la potestad en última instancia surge del dominio, la fuerza, la invasión, el triunfo militar, la autoridad viene del valor moral, de la transparencia de la divinidad (misericordia), de la presencia de lo divino en el profeta, del proceder honesto. Como decía Francisco en Evangelii Gaudium: “Los cristianos tienen el deber de anunciar el Evangelio sin excluir a nadie, no como quien impone una nueva obligación, sino como quien comparte una alegría, señala un horizonte bello, ofrece un banquete deseable. La Iglesia no crece por proselitismo sino por atracción” (EG # 14).

La autoridad con la que enseñaba Jesús no es, pues, un poder que se delegue como en los “reinos de este mundo” sino una actitud que se asume, en la cual, lo mismo enseñado, predicado o testimoniado no es plenamente propia. Aunque Jesús hable en primera persona, muchos otros pasajes nos muestran que se limita a transmitir lo que ha visto y oído del Padre. Que su testimonio es del “reinado de Dios” no de su propio reinado; que es sembrador que deja la cosecha al Padre como deja en sus manos el juicio. No vino a condenar sino a salvar.