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Curaciones progresivas

  •   Domingo Febrero 04 de 2018
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.
  •    Ordinario

El evangelio de hoy nos describe una cascada progresiva de curaciones, tanto en número como en gravedad. Arranca con una fiebre en un individuo como es la suegra de Pedro a quien simplemente levantó de la mano, y crece a multitudes agolpadas en la puerta de la casa; y cura muchas enfermedades y expulsa muchos demonios, en el atardecer, por lo cual podemos suponer que era un sábado (el mismo día en que había entrado a la sinagoga) y los enfermos no querían quebrantar el reposo sabático.


Un vez de recoger el aplauso de las multitudes, Jesús no deja hablar a los demonios (los endemoniados) y al siguiente día huye de las multitudes. En Marcos es claro que ni las multitudes y ni siquiera los apóstoles, entienden que el evangelio es seguimiento en la pasión. Lo entenderán con la experiencia Pascual. Las curaciones masivas, aunque expresan la misericordia de Jesús, lo hacen ver como un taumaturgo que Jesús se resiste a ser. A través de Babilonia entran la idea de los demonios al judaísmo, que mezclada con influencias griegas termina siendo un comodín religioso hasta el día de hoy. Los demonios se combatían con la magia, la brujería y el conjuro, pues se asocian con aires mefíticos y con espíritus de difuntos, especialmente insepultos (animismo), fantasmas; causan catástrofes, enfermedades y posesiones. Con tales poderes asignados cubren en buena parte los males humanos, que evidentemente llegan por otro lado: leyes naturales, hábitos higiénicos, enfermedades o desarreglos mentales y sobre todo ambiciones humanas. Es la manera de exculpar la responsabilidad personal y social, de objetivar el mal, de combatir el mal ordinariamente donde no está.

Como seres súper-naturales intervienen en el destino humano ubicándose entre Dios y el hombre como explicación fácil y mítica en una época en que poco se sabía del complejo funcionamiento del ser humano. En los Padres de la Iglesia sirve para explicar el origen del mal, la tentación, la infidelidad al plan de Dios, la maldad humana y hasta la razón para la encarnación. Esto es más acentuado en los Padres latinos que en los griegos, debido a la interpretación agustiniana del pecado que llamó original (junto con Melito de Sardis). El hombre, el mundo, la creación misma resultó propiedad del demonio en lucha permanente con Dios. Aparece ya en Tertuliano y el demonio fue fácilmente identificado con los judíos y con los paganos y sus dioses. El Yahvéh trascendente de los judíos y Dios trascendente de los cristianos, tuvo también sus legiones de ángeles que daban batallas imaginarias con los demonios, con escenificaciones reales en la tierra. Así se leyeron las menciones del Antiguo Testamento, con una óptica diferente a como lo hacían los judíos. En el Antiguo Testamento predomina la tendencia a eliminar la creencia en los demonios, pues los males igualmente vienen de Yavhéh aunque no podamos explicarlos, como aparece en el libro de Job. Todo el Occidente medieval vivió en dicho esquema y sigue funcionando en muchas mentes, rituales y concepciones. Casi todas las culturas y religiones tienen alguna figura demoníaca que les permite explicar tentativamente el mal inexplicable pero evidente (teodicea o explicación del mal en armonía con un Dios bueno). Con Salomón se multiplican las fórmulas para conjurar demonios. Curiosamente los demonios provocan lo que hoy sabemos que provocan los seres humanos: idolatría, guerra, querellas, derramamiento de sangre.

Aunque en el credo cristiano decimos que creemos en Dios creador de todo, no hay ningún artículo en que confesemos fe en los demonios. Si el espíritu es poder de trascendencia, estrictamente hablando, no hay más que un Espíritu que es Dios y por tanto solamente él puede entrar en nuestra vida. Lo demás, sale de nosotros y nuestro entorno físico y espiritual. En muchos documentos eclesiales el demonio sigue siendo comodín para explicar el mal. Incluso en el Vaticano II donde aparece pocas veces y se refiere mejor al “misterio del mal”.

En los evangelios el demonio aparece derrotado, pues el mal se traslada al interior del ser humano, a su corazón, a su conciencia, a su egoísmo. No sucede así en el Apocalipsis en donde el paganismo se entiende como obra del demonio . El discernimiento de espíritus, que Pablo centra en las tendencias finitas del hombre y la gracia, terminó igualmente afectado por la idea del demonio de tal manera que se convierte en lucha del bien y el mal y no de la finitud (cuerpo carnal) y la gracia (cuerpo espiritual). Hasta de Jesús se decía que poseía un demonio, como igualmente de Juan el Bautista. Resultaba mejor calificar a Jesús de endemoniado que seguir su ejemplo de misericordia con los tenidos por endemoniados (sordomudos, con manos secas, paralíticos, epilépticos). Que Jesús era juzgado de tener un demonio, parece no importarle; en cambio si le importa que los demás no lo tengan. Como decía Teresita del Niño Jesús: “Dios sufre con nuestro sufrimiento pero su sufrimiento nos desvía la atención de nuestro”. Jesús degrada los “demonios” a algo que se expulsa con la Palabra, frente a los enrevesados sortilegios, conjuros y magia de la época.

La mentalidad bíblica respecto a los demonios, comparada con la del hombre contemporáneo, puede calificarse de ingenua. Hoy conocemos mejor las causas del los males físicos y espirituales del mundo, aunque no apliquemos el remedio como tampoco solucionaban el mal de la época a punta de expulsiones de demonios. Hoy también acudimos a las “personificaciones” del mal, cuando hablamos del “poder del dinero”, “lucha contra la pobreza”, “el el poder de la mentira”, “lucha contra el cáncer” como si se tratara de seres personales. Entendemos que superan al individuo pero no al conjunto social y su historia; también que por el momento son superiores a las fuerzas humanas pero no por ellos se ubican entre Dios y el hombre; no son poderes demoníacos ni serán derrotados por poderes angelicales. Nos toca convivir con dicho poderes y seguir luchando. Las causas y manifestaciones psíquicas de la enfermedad han sido ampliamente desmitificadas y cada vez necesitamos menos explicarlas por fuerzas demoníacas. Los demonios de la época de Jesús privaban el individuo de su libertad y destruían su personalidad; pero más doloroso, los endemoniados eran rechazados por la sociedad civil y religiosa. “Demonios” de ese tipo, siguen vigentes y actuando hoy; aún no los hemos expulsado. Hubo un momento en que la sicología, el psicoanálisis parecían ser las ciencias apropiadas para tratar con los “demonios”. Pero también es tarea de la sociología, le economía, la política, y demás ciencias humanas. Sigue habiendo esclavitudes intolerables para un cristiano como en la época de Jesús. Mientras no caigan todos los “demonios” (antiguos y modernos) el reinado de Dios no llega a plenitud.