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Una obra de teatro llamada “sombras y luces de la existencia humana”

  •   Domingo Febrero 04 de 2018
  •   Pistas para la Homilía del Domingo
  •    Jorge Humberto Peláez Piedrahita, S.J.
  •    Ordinario

Después de escuchar la proclamación de la Palabra de Dios, nos sentimos como si estuviéramos asistiendo a la representación de una impactante obra de teatro, que se desarrolla en dos actos:


El primer acto se llama “Sombras de la existencia humana”. Allí Job nos describe su dolorosa experiencia de despojo total: perdió su familia, sus bienes, su salud. Todo esto lo hunde en una profunda depresión. Pero jamás pierde la fe en el Dios de la Alianza.

El segundo acto se llama “Luces de la existencia humana”. Aquí aparece Jesús quien, con profunda sensibilidad ante el dolor humano, cura a la suegra de Pedro y a muchos enfermos que trajeron para que los aliviara de sus dolencias.

Los invito, entonces, a analizar lo que sucede en este primer acto, titulado “Sombras de la existencia humana”:

Job disfrutaba del bienestar al que aspiramos los seres humanos. La vida le sonreía. Pero Dios lo pone a prueba. Después de tenerlo todo, vive la terrible experiencia del despojo total.

Para comunicarnos las precarias condiciones en que se encuentra, compara su vida a la de tres personajes que, en esa época, vivían en medio de muchas dificultades y limitaciones; dice que su existencia es como la de un soldado, o como la de un jornalero, o como la de un esclavo. Con estas imágenes nos dice que, como en aquellos tiempos no se hablaba de derechos humanos ni existía la seguridad social, estos personajes la pasaban muy mal.

El texto nos sugiere que ha caído en una profunda depresión, pues no ve una luz al final del túnel: “Mis días corren más aprisa que una lanzadera y se consumen sin esperanza”.

Job es un símbolo del dolor humano y encarna la situación que, a lo largo de la historia, han vivido millones de seres humanos, en condiciones lamentables. No culpemos a Dios, como si fuera el responsable de este inmenso dolor. La culpa recae en el egoísmo humano: Millones de personas padecen hambre, pero en los países ricos se desperdician toneladas de alimentos; en muchas zonas del mundo hacen falta acueductos, escuelas y hospitales, pero el dinero se gasta en armamentos.

Job es el símbolo de los desposeídos; en su caso, se trata de una prueba a la solidez de su fe; en el caso de los pobres del mundo, la responsabilidad recae en los que controlan el poder. No seamos ingenuos como para creer que estos desequilibrios serán corregidos por las fuerzas del mercado.

El papa Francisco en su encíclica Laudato si sobre El Cuidado de la Casa Común, pone de manifiesto la conexión entre los problemas sociales y ambientales, y propone la ecología integral, que inspira un nuevo modelo económico y una conversión ecológica, que significa transformación de la falsa escala de valores de la sociedad de consumo.

Después de profundizar en el dolor que nos presenta este primer acto, al que hemos llamado “Sombras de la existencia humana”, vayamos al texto del evangelista Marcos, que nos muestra a Jesús curando las enfermedades. En la introducción a esta meditación, nos hemos referido a este relato como el segundo acto de una obra de teatro; el segundo acto se llama “Luces de la existencia humana”:

Después del dolor estremecedor que nos comunica Job, aparece una realidad diferente. Jesús es el personaje principal; y los personajes secundarios son la suegra de Pedro, los enfermos y los endemoniados. Jesús encarna los sentimientos más nobles: comprensión del dolor humano, voluntad de servicio, misericordia. Su corazón se estremece ante el sufrimiento de los hermanos.

Hay diversas maneras de VER el sufrimiento: Muchos pasan junto a él, y lo ignoran, o lo rechazan con fastidio, y exigen que los pobres y enfermos desaparezcan de los lugares públicos. Hay una segunda manera de VER el drama del sufrimiento; es a través de los ojos de los sociólogos y antropólogos, que recogen estadísticas, realizan estudios poblacionales y después publican artículos y presentan ponencias en Congresos; para los científicos sociales, la pobreza y demás carencias son casos de estudio, objetos que se analizan. Y hay una tercera manera de VER el sufrimiento humano; es verlo con ojos de misericordia; es la mirada de Jesús, y es la mirada que nos pide el papa Francisco.

Jesús se siente profundamente conmovido, y usa su poder para devolver la salud y transformar la vida de estas personas.

Nos dice el evangelista Marcos que Jesús, después de una intensa jornada de trabajo, se retiró a descansar y después fue a un lugar solitario para orar. En diversas páginas de los Evangelios se nos habla de la oración de Jesús, cuya vida apostólica se nutría de una profunda intimidad con su Padre.

Siguiendo esta imagen de la obra de teatro, que ha sido el hilo conductor de esta meditación, podemos afirmar que el texto de san Pablo en su I Carta a los Corintios es como la última escena del segundo acto. En ella, Pablo nos cuenta su experiencia como evangelizador. Después de haber tenido un encuentro con Jesús resucitado en el camino de Damasco, ¿cuál es su comentario? “¡Ay de mí, si no anuncio el Evangelio!”. La experiencia que ha vivido no puede permanecer en el ámbito puramente individual. Exige ser compartida.

Decimos que este texto de la Carta de Pablo podría considerarse como la última escena del segundo acto, pues este Jesús misericordioso que se manifiesta en el relato evangélico, capaz de vencer el dolor y la enfermedad, debe ser anunciado a todas las gentes. Él ha triunfado sobre la muerte y el pecado, y nos ofrece un mundo nuevo, que llamamos el Reino de Dios.

Es hora de terminar esta meditación dominical. Hemos interpretado los textos bíblicos de este domingo como el guion de una obra de teatro, a la que hemos dado el nombre de “Sombras y Luces de la existencia humana”, siendo el relato de Job el primer acto, el de las “Sombras”; y el segundo acto, el de las “Luces”, tiene como protagonista al Señor misericordioso, que cura el sufrimiento de la gente. Finalmente, el apóstol Pablo nos expresa la necesidad que siente de compartir su experiencia del Señor resucitado, vencedor de la enfermedad, de la muerte y del pecado.