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Los diagnósticos confusos

  •   Domingo Febrero 11 de 2018
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.
  •    Ordinario

Hoy, en los servicios médicos, suele haber un “triage” inicial de los pacientes con signos como presión arterial, temperatura, síntomas generales, para luego darle paso a algún especialista. Muchas veces, luego de muchos exámenes, el médico tiene que confesar que no posee diagnóstico ninguno.


La medicina de hoy ha acumulado muchos conocimientos pero también son muchos los que desconoce. Podemos imaginarnos la época de Jesús en la que casi o nada de conocía de las enfermedades pero sí de los sufrimientos personales, sociales y religiosos que causaba. Las curaciones se buscaban con ofrendas religiosas (parecidas a las promesas de hoy), con la búsqueda de un poder superior a la enfermedad (una expulsión de demonios, por ejemplo) y con la reintegración social (hoy se busca aislar el paciente en hospitales, sanatorios, asilos, manicomios, etc.).

Hoy, como entonces, nos vemos acosados por las mismas preguntas, aunque con diferentes respuestas. En un ritual de la iglesia de Viena, del siglo XVI, pera despedir a los leprosos a su reclusión se decía: “Mi amigo, ha querido Nuestro Señor que seas infectado de este mal y te hecho una gran gracia puesto que quiere castigarte por el mal que has hecho en este mundo”. Parece sentirse las palabras del Salmo 38 que es la súplica de un leproso. Leemos frases como ésta: «Mis llagas son hedor y putridez, debido a mi locura» (Sl 38:6) pero los salmos no son ningún tratado de medicina, aunque la relación entre el dolor físico y espiritual sea real así como la relación entre fisiología y reflexión teológica. El leproso se ubicaba desventajosamente en los tres niveles mencionados. Se decía que la lepra era castigo de Yahvéh por la calumnia o la maledicencia.

Moisés es castigado con lepra temporal por hablar mal de Israel y Miriam, hermana de Moisés, por difamar a Moisés. Clamar por el perdón divino y humano era la primera medicina. Dado que no se atribuía a ningún demonio, una expulsión no era medicina como se creía que lo era para el sordo, mudo, paralítico, epiléptico o esquizofrénico. El tercer remedio de reintegración social y religiosa era el más necesario y el único posible en la época. El leproso, repudiado por su familia y obligado a vivir en lugares desolados, no podía acercarse a la gente ni a una casa ni a un poblado. Para estos enfermos, este tratamiento dura hasta bien entrado el siglo XX en muchos lugares . En el Levítico se habla de la lepra de las casas, los tiestos de cocina, los muros y la necesidad de ponerlos en cuarentena o destruirlos. Muchas afecciones cutáneas, hoy conocidas, se consideraban lepra en las Escrituras, como el caso de Naamán el sirio que se cura con bañarse siete veces en el Jordán, por encargo de Eliseo. El profeta Elías inaugura la literatura del profeta como sanador, para hacerlo creíble , aunque la finalidad del profeta es llamar a la conversión. La historia en realidad va es a ilustrar la conversión de Naamán a Yahvéh. Declarado impuro el leproso, no podía unirse a la oración o estudio de la Torah en la sinagoga ni a la oración en el Templo. Quien lo tocara o lo que él tocara quedaba impuro, como es el caso de Jesús en el evangelio de hoy.

Si aplicamos las tres terapias antes mencionadas a este caso, quedamos un poco perplejos. Pide Jesús, como en otros casos de lepra, que vayan a presentarse al sumo sacerdote y hagan la ofrenda correspondiente, con lo cual quedan nuevamente integrados a la comunidad de adoradores de Yahvéh (Qahal). No es para que el sacerdote refrende el poder de Jesús sobre la lepra sino para que certifique que el leproso está sano y puede volver a la sinagoga y al Templo. No acude, ni el leproso ni Jesús a ningún poder superior sino solamente a su voluntad: «Quiero; queda limpio». En otras ocasiones da gracias al Padre por la curación. Curiosamente si el leproso queda integrado a la comunidad, es Jesús el que queda excluido, pues ya no puede entrar a los poblados. El beneficiario, en vez de guardar el secreto a Jesús (se denomina “secreto mesiánico”) lo difunde. También en otros tres relatos de Marcos la orden es desobedecida. Es lógico en Marcos, como evangelio de la pasión, que Jesús gane más problemas que aplausos con sus actuaciones aunque sean curaciones. También en el evangelio de Juan se refleja esto cuando cura el ciego de nacimiento. Pero lo que mueve a Jesús a actuar no es la reacción de las multitudes ni de las personas individuales, sino que siente el sufrimiento ajeno como propio; “hinchazón de entrañas” es la palabra técnica usada para describirlo.

Jesús rechaza toda deducción automática que lleve a definir el estado interior de una persona a partir de su aspecto corporal . El ciego no está necesariamente en pecado, el leproso o el endemoniado no son necesariamente seres que hay que marginar y condenar, sino personas cuya dignidad hay que reconocer incluso antes de que estén curadas, como se demuestra por toda la actitud de Jesús con las personas afectadas por diversas enfermedades que producían repudio en la época.

El hecho de que Jesús mande al beneficiario no decirle nada a nadie, algo nos dice del “secreto mesiánico”. Le impediría acercarse a otros o que otros se acercaran a él. Su actividad empezaría a tener sentido desde la experiencia Pascual, no antes. En su vida pública, debía seguir el camino del siervo obediente a la voluntad del Padre. De este modo el “secreto mesiánico”, o mejor dicho, el misterio del Hijo de Dios, confesado por los demonios al principio y por el centurión al final, sólo representa una interpretación creyente de los enigmas que la actitud y conducta terrestres de Jesús plantearon a sus contemporáneos. En el mismo evangelio de hoy, algunos manuscritos, incluyen en vez de “movido a compasión”, “movido con ira” que puede entenderse como en contra del enfermo por quebrantar las normas, lo cual disuena con el resto del evangelio, o mejor como “ira” que siente con el trato que recibían entonces los leprosos. Jesús aparece invitado a cenar en casa de un fariseos llamado “Simón el leproso”. En todos los relatos de curaciones del evangelio nos enfrentamos a la dificultad de los diagnósticos, que como antes se dijo, tampoco hoy en día a veces resultan totalmente claros. Pero si nos fijamos en otros detalles, los relatos siguen inspirando nuestra compasión, que es lo importante.