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Reconozcamos nuestros prejuicios y prevenciones

  •   Domingo Febrero 11 de 2018
  •   Pistas para la Homilía del Domingo
  •    Jorge Humberto Peláez Piedrahita, S.J.
  •    Ordinario

Las lecturas de este domingo nos invitan a profundizar en un tema que tiene gran importancia para la convivencia. Se trata de los prejuicios sociales, que nos llevan a hacer afirmaciones injustas sobre las personas y los grupos.


Estos juicios sin fundamento son causa de terribles atropellos. Tomemos un ejemplo muy cercano, que ha sido noticia durante los últimos meses: las afirmaciones hechas por el Presidente Trump contra los mejicanos, salvadoreños, hondureños, haitianos, etc. Sus afirmaciones son escandalosas y manifiestan un repugnante racismo. En el texto del libro del Levítico que acabamos de escuchar, se establecen unas crueles normas de exclusión social y religiosa para los portadores de una enfermedad, la lepra. Los invito a no quedarnos atascados emocionalmente en el impacto que nos genera este texto. Miremos a nuestro interior.

Sería ingenuo, por no decir que temerario, proclamarnos libres de prejuicios. Cada uno carga sobre sus espaldas un morral de valores y antivalores provenientes del entorno cultural. Y los prejuicios pertenecen a los antivalores que nos condicionan en la manera de juzgar y comportarnos. Pensemos, por ejemplo, en los regionalismos y en los nacionalismos. Son caldo de cultivo para la formulación de frases que manifiestan prevención y sospecha frente a los demás que no son como nosotros. Abundan los ejemplos de prejuicios sociales que fueron causa de persecución y muerte: los cristianos durante los tres primeros siglos de nuestra era; los judíos; los gitanos; los indígenas; los negros; los latinos. La lista sería interminable.

Las causas de los prejuicios sociales son múltiples. Aquí enunciaremos unas cuantas. Lo importante es personalizar esta reflexión: ¿Cuáles son mis perjuicios más acentuados? ¿Por qué juzgo de esta manera a las personas?

Una razón es la ignorancia. El desconocimiento científico del desarrollo de las enfermedades ha llevado a estigmatizar a quienes las sufren. Hay dos ejemplos muy evidentes: En la Biblia, la lepra; y en nuestros tiempos, el HIV. La ignorancia ha llevado a interpretaciones equivocadas sobre sus orígenes, transmisión y tratamiento. La ignorancia ha traído, como consecuencia, el aislamiento social. Otro ejemplo, en culturas remotas, era el asesinato de los niños albinos, cuya piel carecía de pigmentación; eran eliminados porque se los consideraba portadores de una maldición.

Otras veces, los prejuicios se nutren de una ideología que proclama la superioridad de una raza, de una religión o de una cultura. Sentirse superiores implica mirar con desprecio a los que son diferentes.

Otra causa es la educación. Los niños repiten lo que escuchan de sus padres. Así los prejuicios se van transmitiendo de generación en generación en forma de refranes o chistes de mal gusto.

En tiempos de crisis (económica, política, desastres naturales, etc.), es frecuente señalar a un grupo como el causante de los males que se padecen. Es lo que en el lenguaje bíblico se conoce como chivo expiatorio. Durante la Edad Media, con mucha frecuencia los judíos fueron señalados como culpables de las diversas calamidades que asolaban las regiones de Europa; los líderes religiosos y sociales pronunciaban encendidos discursos que desataban la violencia contra los judíos (eran los llamados pogroms): destrucción de sus negocios, incendio de casas y sinagogas, linchamiento de los miembros de la comunidad judía. En nuestro tiempo, Maduro ha convertido a Colombia en el chivo expiatorio de los males que agobian a la nación hermana.

Leamos, pues, este desapacible texto del libro del Levítico como una invitación a tomar conciencia de nuestros prejuicios y los factores que los alimentan.

Pasemos ahora al relato del evangelista Marcos, que narra el encuentro de Jesús con este enfermo. El diálogo es muy breve. El enfermo le dice: “Si tú quieres, puedes curarme”. ¿Cómo reacciona Jesús? “Jesús se compadeció de él, y extendiendo la mano, lo tocó y le dijo: ¡Sí quiero; sana!”. Estas breves palabras del Señor fueron una bomba que hizo saltar en mil pedazos los prejuicios del pueblo de Israel: habló a quien estaba prohibido hablar; tocó al que estaba prohibido tocar.

A lo largo de su ministerio apostólico, Jesús fue un transgresor de las normas sociales que excluían a segmentos de la población. Se acercó a todos los que estaban discriminados: los cobradores de impuestos, los samaritanos, los pecadores, los enfermos. Jesús invirtió la pirámide social: los que estaban abajo y eran menospreciados por los escribas y fariseos, eran los consentidos de Dios y herederos del Reino

Leamos este inquietante texto del Levítico, que nos subleva interiormente, con espíritu auto-crítico. Atrevámonos a reconocer los prejuicios que nos han acompañado a lo largo de la vida. Y no seamos como los fariseos que señalaban con el dedo a los otros, y se sentían muy satisfechos porque se creían mejores que los demás.

Jesús nos da una lección de libertad de espíritu. No estaba atado a los prejuicios sociales. Sus brazos estaban abiertos para acoger y bendecir a quienes lo buscaban con sinceridad. Coherente con este ejemplo del Señor, el papa Francisco nos invita, como Iglesia, a abrir las puertas para acoger a todos, sin discriminaciones. Y esto escandaliza a los fariseos de nuestro tiempo.