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Jesús primero en el desierto y luego en Galilea

  •   Domingo Febrero 18 de 2018
  •   Aporte ecológico a la Homilía del Domingo
  •    Alejandro Londoño Posada, S.J.
  •    Cuaresma

El evangelio nos presenta a Jesús primero en el desierto y luego en Galilea predicando el Evangelio de Dios. Hoy también podríamos aprovechar para contemplar los desiertos de nuestra tierra y escuchar la predicación de Jesús.


Tendríamos que decir que hoy los desiertos no son hechos por Dios, sino por el hombre. Por el hombre empeñado en aumentar sus riquezas son perjuicio de los demás.

Un ejemplo. Este año entre el 6 y 20 de enero se llevó a cabo el por décima vez un Rally Dakar parecido al que se realiza por los desiertos del norte de África. Participaron 142 motociclistas, 104 automotores y 44 camiones.

Numerosas entidades ecologistas han denunciado los daños ambientales causados por este evento. A saber, la desprotección a las comunidades originales indígenas y maltrato a numerosas especies animales de la región.

Es que el Raley causa impactos directos, como es la contaminación atmosférica e indirectos, como es una fuerte erosión del terreno. Se calcula que cada mil kilómetro recorrido por uno de estos vehículos supone la erosión de una hectárea de suelo.

Y eso para no hablar de la desertificación que causa la llamada “locomotora minera”. Por eso tantos municipios del país, con las Consultas Populares, han rechazado esta explotación de tipo capitalista, que produce tristes desiertos en las comunidades campesinas.

Pasemos ya a la predicación. Jesús después de que arrestaron a Juan Bautista, partió a Galilea y predicó el Evangelio de Dios y decía: “Se ha cumplido el tiempo y el Reino de Dios ya está cerca. Arrepiéntanse y crean en el Evangelio” (Marcos 2,15).

Es, pues, una invitación muy especial para nosotros, desde el mismo punto de vista ecológico, a construir ya en la tierra el Reino de Dios, respetando la Creación y los derechos de los habitantes de la Casa Común.

Practicar el Evangelio, como nos dice el Papa Francisco, es rechazar los hábitos injustos de cierta parte de la humanidad: “La tradición cristiana nunca reconoció como absoluto o intocable el derecho a la propiedad privada… Por tanto afirmó que no es conforme con el designio de Dios usar este don de modo tal que sus beneficios favorezcan solo a unos pocos” (Laudato Si, nr.93).