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Tentación y predicación

  •   Domingo Febrero 18 de 2018
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.
  •    Cuaresma

La tentación es un tema que no queda resuelto (solamente dilatado en su solución), cuando en el Génesis se nos habla de Eva tentada por la serpiente y Adán tentado por Eva. Nos deja un cabo suelto: ¿De dónde proviene la mítica serpiente? Como castigo de la “caída”, la serpiente no pasa de ser lo que ya era y es bien diferente de la dolorosa situación que se anuncia para el ser humano: relaciones rotas con la tierra fecunda, con la mujer, con los demás seres.


Hoy sabemos que muchas leyendas de otros pueblos y de filosofías vecinas (por ejemplo Platón) partían de un estado ideal de perfección para justificar el estado actual humano como caído. Los profetas recorren el camino inverso y harán del “paraíso” un estado futuro a la llegada de la era mesiánica. El niño jugará con la serpiente; el cordero pacerá con el león. Hubo otras tendencias más optimistas, especialmente en la teología griega, como la de Ireneo de Lyon. Yahvéh crea un niño (Adán) que debe pasar por el proceso normal de maduración hasta llegar a su adultez que se encarna en Jesús, modelo de humanidad. No usa el término acuñado por Agustín y Melito de Sardis de “pecado original” sino de falta (phthora) y de desconocimiento de la ley (adikia). Algunos exegetas judíos opinan que el árbol del Paraíso sería la Torah y querer conocer al bien y el mal era desconocer lo que ya está escrito en ella y el hombre aún no lograba descifrar . La caída sería ignorancia. En el judaísmo la tendencia original humana no es extirpable sino controlable con la Torah. Una idea similar de pecado aparece en Pablo.

Las tentaciones del pueblo en el desierto serían vivir a espaldas de la Torah. La santidad, pues, no se conseguía ni aislándose del mundo ni negando la naturaleza humana (ascetismo) sino resistiendo las tentaciones. El libro de Job describe la crudeza de la tentación sufrida y exalta su fidelidad. No importa lo que suceda, Yahvéh no deja de estar, así sea de manera desconocida, en medio de las dificultades.

Ni el profeta Elifaz ni el maestro de la ley Bildad ni el sabio Sofar logran desentrañar el misterio de Dios. En el libro de los Proverbios se consideran tentaciones por igual la pobreza y la riqueza, que nada tienen que ver con lo trascendente sino con la manera como administramos la creación. Siendo pobre voy a injuriar el nombre de Dios y siendo rico me harto con la riqueza y olvido a Yahvéh. Basilio (siglo IV) lo expresaba: el dolor prueba a las personas como el crisol al oro; pero la prosperidad también tienta poniendo a prueba porque es difícil no volverse insolente en la prosperidad. Las tentaciones que Jesús resiste en el desierto —no mencionadas en el evangelio de Marcos—, algo se explicitan en el de Mateo. Son las del poder, tener y valer (piedra convertida en pan, reinos de la tierra, alero del Templo) con el agravante de que se introducen con el condicional: “Si eres hijo de Dios”. Es decir, la idea de la divinidad al servicio de la tentación. Tener, poder y valer suelen defenderlo quienes lo tienen como concesión y querer divino. Los reyes legislaban “por voluntad de Dios”; defendían su territorio en la guerra “por haber sido dado por Dios”; la difusión de su cultura por ser “lucha contra el paganismo”. Pero las tentaciones del desierto no son las únicas. En el evangelio de Juan se resiste Jesús a ser nombrado rey del pan y en el de Marcos a mostrar señales del cielo; en ambos casos se aleja de las multitudes. También es tentación el deseo de Pedro de renunciar a la pasión y la provocación de sus enemigos para que se baje de la cruz. «Si es Hijo de Dios que baje de la Cruz» (Mt 27:40).

Pero Jesús no baja de la cruz, no a pesar de ser Dios, sino precisamente porque era la única forma de serlo. La actitud de Jesús está en línea con lo que afirma el himno de Filipenses: no considerar como botín la identidad con Dios sino hacerse servidor hasta la muerte y muerte de cruz (Fil 2:6). Así se realiza su divinidad. En el ser humano la tentación podría resumirse en la doble tendencia a querer ser Dios (no Jesús, pues querer serlo es el ideal) para sí mismo, considerando la creación y a los demás como medio para sus propios caprichos o querer ser solamente creatura, justificando su despreocupación por la creación y por los demás. El espiritualismo extremo puede ser una tentación equivalente al materialismo práctico.

En ambos la creación y el mundo termina no importando moralmente. Un ejemplo de resignación tenemos en ciertas posiciones de Agustín y uno de acción en las de Pelagio. El hombre es a la vez tentado pero capaz de oponerse, resistir y a veces vencer la tentación. En Pablo por la acción oculta de la gracia. Si Se desconoce la gracia no queda sino la ley que, al suponer la igualdad de todos en cumplirla, es herejía pelagiana . El “pecado original” ha sido llamado por algunos “des-gracia”, que no es falta de gracia sino derrota de la gracia. Pablo lo expresa con el axioma fundamental: «Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia» (Rm 5:20).

La tentación no tiene pues un carácter meramente personal, interior, de lucha interna en la conciencia sino también un carácter público, comunitario, social en el cual las tentaciones se camuflan más fácilmente. Muchas estructuras sociales, económicas, religiosas, políticas han caído en la tentación a nombre de ideales incluso nobles. Jesús tirándose del alero del Templo y recibido por los ángeles sería un mesías de espectáculo, de farándula, de masas como las que mueve el mundo del entretenimiento hoy. Pero no era ese el reinado de Dios que venía a predicar y ejemplificar con su vida. En la predicación de Jesús el reinado de Dios ya está presente en su vida, pero exige conversión para entrar en él o para que venga.

En las parábolas, el reinado es de lo pequeño y los pequeños. Las ínfulas de grandeza pueden perfectamente enmarcarse en las tentaciones de poder o valer. Lo definitivo del reinado de Dios se construye en lo provisional de las necesidades humanas aquí y ahora. La utopía del reinado de Dios sigue vigente, sin dejar de ser utopía (algo que aún no llega). Anticipar el fin, que termina siendo la eternización o consagración del presente, es pensar que la utopía dejó de serlo porque ya es realidad plena; hacer definitivo lo provisional. Pablo, en la carta a los corintios plantea igual idea para la resurrección. Nos toca actuar como resucitados, sabedores de que la dimensión total de la resurrección nos es todavía desconocida. Vemos bien ahora, pero como en un espejo; entonces veremos a Dios cara a cara. Las dos dimensiones no son disociables. La tentación de eternizar el presente como etapa o estado final es propio de los diferentes sistemas sociales, políticos, religiosos y es lo que los profetas en el Antiguo Testamento y los nuevos profetas de todos los tiempos denuncian: la injusticia que detrás de estas ideas se esconde. Quizás seguimos buscando la tentación donde no está y mejor se camufla por conveniencias propias, no las del reinado de Dios.