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La Cuaresma es un viaje hacia nuestra interioridad

  •   Domingo Febrero 18 de 2018
  •   Pistas para la Homilía del Domingo
  •    Jorge Humberto Peláez Piedrahita, S.J.
  •    Cuaresma

El Miércoles de Ceniza empezó una nueva etapa del año litúrgico, la Cuaresma. Ese día muchas personas se acercaron a las iglesias para la imposición de la ceniza.


Este sencillo rito tiene un doble significado: Por una parte, siguiendo la tradición del Antiguo Testamento, expresa arrepentimiento de los pecados y firme decisión de cambiar el estilo de vida; por otra parte, nos recuerda la fragilidad de la existencia humana; al terminar nuestro ciclo vital, retornaremos a las entrañas de la Madre Tierra. “Somos polvo y en polvo nos convertiremos”. Allí terminarán enterradas las vanidades y ambiciones humanas.

¿Cuál es el sentido de la Cuaresma? Empecemos por el nombre: La palabra hace referencia a los cuarenta años de peregrinación por el desierto del pueblo de Israel antes de alcanzar la tierra prometida. Igualmente, la palabra “Cuaresma” hace referencia a los cuarenta días que Jesús pasó en el desierto, dedicado a la oración y al ayuno, como preparación para la misión que le había confiado el Padre; y allí fue tentado por el demonio. Estos dos referentes – la travesía del desierto y la preparación para la misión – nos dicen que la Cuaresma es tiempo de preparación; es un viaje hacia lo más profundo de nuestro ser. Es un camino espiritual que recorremos como preparación para la celebración del misterio pascual durante la Semana Santa.

Entremos, pues, en un clima de recogimiento y preparación. Veamos ahora qué elementos nos ofrecen las lecturas de este domingo para cumplir tal objetivo. Llama la atención el protagonismo que tiene el tema del diluvio, al que se refieren el libro del Génesis y la I Carta de san Pedro.

Empecemos explorando el libro del Génesis, en el que aparecen con nitidez dos elementos: Después del diluvio, empieza una nueva etapa; es como una nueva creación; y el Señor renueva la alianza con el pueblo elegido:

La imagen del diluvio como símbolo es muy fuerte, porque significa la destrucción de un orden, que queda atrás, y el comienzo de una nueva realidad. Es como una nueva creación. Leemos en el libro del Génesis: “No volveré a exterminar la vida con el diluvio ni habrá otro diluvio que destruya la tierra”. Por eso el diluvio ha sido considerado como un anticipo de lo que más adelante se llamará sacramento del bautismo. Este sacramento significa el nacimiento del hombre nuevo, que participa de la vida del Señor resucitado.

Después del diluvio, Yahvé confirma la alianza con Noé y su familia. Es una alianza perpetua; en ella, el arco iris tiene un significado especial: “Esta es la señal de la alianza perpetua que yo establezco con ustedes y con todo ser viviente que esté con ustedes. Pondré mi arco iris en el cielo como señal de mi alianza con la tierra”. Esta alianza que Yahvé renueva con Noé y sus descendientes, alcanzará su clímax cuando el Señor sea levantado en la cruz; allí se sellará una alianza nueva y eterna.

Pasemos ahora a la segunda lectura, tomada de la I Carta de san Pedro. ¿Qué nos dice en este tiempo de Cuaresma?

San Pedro retoma la imagen del diluvio y lo conecta con el bautismo: “Aquella agua era la figura del bautismo, que ahora los salva a ustedes y que no consiste en quitar la inmundicia corporal, sino en el compromiso de vivir con una buena conciencia ante Dios, por la resurrección de Cristo Jesús, Señor nuestro”

San Pedro explica el sentido de la Pascua de Jesús: “Hermanos, Cristo murió, una sola vez y para siempre, por los pecados de los hombres”. Durante este tiempo de Cuaresma nos preparamos para celebrar el misterio de nuestra redención: Jesucristo, Hijo de Dios encarnado, dio la vida por nosotros, y fue resucitado de entre los muertos.

El relato del evangelista Marcos sobre las tentaciones de Jesús es muy sobrio. Las menciona genéricamente, sin entrar en detalles. ¿Qué nos llama la atención en este relato tan sintético?

Allí leemos: “El Espíritu impulsó a Jesús a retirarse al desierto donde permaneció cuarenta días”. Jesús empieza su vida apostólica con una fuerte experiencia de silencio, oración y ayuno. En los relatos de sus correrías apostólicas, se narra que dedicaba largas horas a este diálogo íntimo con su Padre. Su ejemplo debe ser fuente de inspiración para los anunciadores de la Buena Nueva, ya que no es posible anunciar con convicción la Buena Noticia del Resucitado si no nos hemos apropiado de ella, si no la hemos hecho parte integral de nuestra espiritualidad. Por eso consideramos muy desagradable el espectáculo que ofrecen algunos tele-predicadores que llenan estadios y generan una histeria entre el público; más que comunicar una profunda experiencia de Dios, lo que hacen es un mercadeo de la religión y la ponen al servicio de su lucro personal. Silencio, oración y ayuno: estos son los mensajes que nos comunica el Señor al retirarse al desierto.

El evangelista Marcos nos cuenta, sin entrar en detalles, que Jesús “fue tentado por Satanás”. No debe sorprendernos este hecho; recordemos que el Hijo eterno del Padre se despojó de los atributos de la divinidad y asumió nuestra condición humana en todo, menos en el pecado. Por eso el Señor experimentó la tentación, que es un llamado a salirnos del camino de los mandatos y preceptos del Señor para entretenernos con otras realidades. Jesús reaccionó con firmeza ante las tentaciones. Muchas veces, llevados por la curiosidad y el deseo de aventura, le hacemos el juego a la tentación hasta quedar atrapados por ella.

Tomemos en serio este tiempo de la Cuaresma, que nos prepara para celebrar los grandes misterios de nuestra redención. Es como una peregrinación interior; es tiempo para encontrarnos con nosotros mismos y con Jesucristo.