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La muerte sabida o ignorada

  •   Domingo Marzo 18 de 2018
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.
  •    Cuaresma

Como se ha dicho en varios comentarios, defender que el salvador era un crucificado (considerado blasfemo), a causa de nuestras faltas y resucitado por Dios Padre para nuestra justificación, era enfrentarse a darle un nuevo sentido a la muerte.


Que el hombre muera naturalmente es experiencia de todos los tiempos, religiones y culturas. Por qué tenga que morir, cuándo, como, fin o comienzo, mero ciclo son concepciones que marcan no solamente cómo se entiende la muerte sino más importante cómo se entiende la vida.

Saber de la muerte y mantenerla presente puede ser tan benéfico o dañino para la vida como sea su enfoque. Igualmente ignorarla puede iluminar la vida o puede oscurecerla. El sicario, el militar, el mártir, el libertino, el santo, el drogadicto, el trabajador infatigable tiene cada uno su manera de vivir asociada implícita o explícitamente a la muerte. En los evangelios nos encontramos con diferentes enfoques a menudo no fáciles de armonizar.

En los sinópticos aparecen concepciones como que Jesús muere porque lo odian algunos, porque lo traicionan, porque es un peligro para los romanos, porque es un blasfemo para el sanedrín, porque era necesario que muriera, porque lo habían predicho los profetas, porque el pueblo judío lo pidió, por cobardía de Pilato, por violencia gratuita de los centuriones, porque estaba demasiado fatigado para resistir la cruz.

El evangelio de Juan, sin dejar de mencionar algunas de las razones antedichas, se inclina por la muerte libre y responsable de Jesús, porque se entrega él mismo, porque era lo que estaba en consonancia con su vida. Así dice el evangelio de hoy como un axioma para la vida de Jesús y para la de los creyentes: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto. El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna» (Jn 12:24-25).

La comparación del reinado de Dios con la semilla, con el grano de mostaza, con el sembrador pródigo, con el grano que crece solo, aparece en los cuatro evangelios y en cartas de Pablo. Le tocaba también a Jesús asimilarse a él, cumplir su ciclo. Igualmente su vida había sido amar la vida de los demás, el bien de los demás, la salud de los demás, la salvación de los demás dejando de lado sus propias conveniencias. Era una extraña forma de ganar su propia vida, pues el instinto natural, máxime como animal racional que es el hombre, lo incita a obrar en contrario. La vida (psyché, en griego) también fue traducida por “alma” con un sentido más místico nada despreciable; hoy, sin embargo se prefiere vida, algo más tangible de entregar a los demás. Luego aparece condensado su sentido en el servicio.

La pasión y muerte de Jesús, como la narra el evangelio de Juan, difiere en varios puntos de la manera como la narran los sinópticos. Aunque su alma esté turbada, no pide al Padre que se le aparte el cáliz en tal hora sino que confiesa que precisamente ha llegado su hora. No aparece nadie que lo traicione sino que se entrega libremente. El juicio es más sereno y al final no “expira” como en los sinópticos sino que “entrega su espíritu”.

No muere en la soledad de sus seguidores como en los sinópticos sino rodeado de unas mujeres y el “discípulo amado”. No hay voces de angustia en la cruz. La muerte aparece como bien sabida (o presentida) y su sentido totalmente descifrado. En los anuncios de su muerte incluso defiende la necesidad para que venga el Espíritu, el Paráclito, para que la verdad plena sea conocida. Se va a preparar morada para sus seguidores. Mirada desde la resurrección, la vida es su preámbulo y no su contraparte negativa. La aparición a Tomás es sintomática al respecto; pues, sin las cicatrices de la pasión no hay resucitado con sentido. Ganó el número que nadie compra, el número que parecía llevar al fracaso. La salvadora no es solamente la muerte sino el binomio muerte-resurrección. El mensaje es igual para griegos , los israelitas de buena fe, los discípulos como Andrés y Felipe más cercanos o para creyentes lejanos como nosotros.

El evangelio de Juan se caracteriza por hacer de la cruz un momento de gloria de Jesús. Si en muchos argumentos sobre Dios se habla de un ser más grande y más allá de lo que podamos pensar o imaginar, cuya existencia es necesaria, en la cruz el argumento es de otro tipo. Pensar a Dios desde la cruz nos dice que no hay amor (ágape, caridad) más grande pensable o imaginable que el de un Dios crucificado. El límite máximo de Dios puesto en la tierra y no en el cielo; el sentido último de la vida puesto en el amor, no en las ideas. Para los héroes macabeos valía la pena dar la vida por defender su patria; para los héroes griegos valía la pena morir por un ideal; para los filósofos valía la pena morir por una idea, por una concepción; para los ciudadanos romanos valí la pena morir por Roma; para los cristianos vale la pena morir por amor a los demás como Jesús.

La hora de la glorificación de Jesús no es tanto un tiempo fijado en el calendario, (de hecho en Caná de Galilea cuando le comentan sobre el vino dice que todavía no ha llegado su hora), sino un momento, un instante en el cual su muerte adquiere sentido, tiene densidad de eternidad.

En otros momentos ha expresado la necesidad de comer su carne y beber su sangre, de dar agua de vida eterna, sin que entiendan su sentido o lo malinterpreten como maná del desierto y agua del pozo de Jacob. Ahora el sentido quedará más patente con su muerte; incluso con la sangre y agua que dice Juan brotan del costado de Jesús en la cruz. En casi todas las religiones existía el sentido de sacrificio, de chivo expiatorio, de liberar al pueblo con la muerte de alguien (persona o animal), incluso en el judaísmo con la fiesta del Yom-kippur. Pero la muerte de Jesús en Juan tiene un sentido distinto. Libremente asumida, deja a los creyentes el reto de hacer lo mismo, morir de similar manera.

La tendencia universal en la historia ha sido la opuesta desde Caín y Abel: eliminar al otro como causa de mis males. Incluso eliminar los animales porque me amenazan, la naturaleza porque se opone a mis intereses. Que todos mueran menos yo, que todos mueran para que yo viva. Jesús parece actuar en contrario.

Yo muero para que todos vivan y muriendo es como realmente vivo; así la muerte es fecunda como grano de trigo. En el judaísmo, aunque Yahvéh estaba presente a cada instante en medio del pueblo, había momentos de gloria (kabod, en hebreo) rodeado de espectacularidad, descritos con truenos, nubes, rayos, terremotos y otros fenómenos. Son las teofanías y epifanías de Yahvéh. Incluso en los sinópticos se describen tales hechos a la muerte de Jesús: velo rasgado del Templo, gran terremoto, resurrección de los muertos, hora de tinieblas. Nada de esto aparece en el evangelio de Juan. Aquí las teofanías y epifanías son reemplazadas por los testimonios de amor de Jesús que ama a sus discípulos como lo ama el Padre; y de los discípulos que deben guardar igual amor para que Jesús sea creíble. «En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros» (Jn 13:35). El amor como clave para descifrar, no solamente la muerte, sino también la vida.