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Buscando explicación a la muerte de Jesús

  •   Domingo Marzo 25 de 2018
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.
  •    Cuaresma

Como varias veces se ha comentado volver razonable la muerte de Jesús es prácticamente imposible y quizás no ayude mucho en la vida cristiana. Que Jesús como ser humano tuviera que morir algún día, nos parece evidente por ser la suerte de todo ser humano. Que su muerte resulte prematura y trágica era para el judaísmo una muestra de que era un réprobo o castigado por Yahvéh.


La resurrección, como garantía de parte de Dios Padre de que la vida de Jesús había sido la correcta, fiel hasta la muerte, no implica que su muerte haya sido la correcta, pues es lo único que Jesús no hace por su propia voluntad, sino sometido a la voluntad de otros, excepto en el evangelio de Juan donde Jesús mismo se entrega libremente. La comunidad apostólica busca, de una y otra forma, explicarse la muerte de Jesús y otro tanto harán algunos teólogos posteriores. Pero quizás una explicación lógica la cercena de su carácter de misterio (sacramento) que de alguna forma abarca toda la vida del creyente. En el evangelio de hoy se acude a una de las explicaciones tradicionales, como es la “entrega” de Jesús por parte de Judas a cambio de dinero que muestra más bien hasta dónde puede llegar la ambición humana por las riquezas, algo que Jesús condena en todo el evangelio. Pero evidentemente no se compadece esta explicación con el resto de los evangelios. Si Jesús era un predicador conocido no era necesario de ningún informante secreto para conocer su paradero. La escena de hoy lo sitúa en Betania, sitio que quedaba a tiro de piedra de Jerusalén, en un momento en que los peregrinos en masa acudían a la fiesta de Pascua. Jesús pues se exponía o mejor, no temía a las consecuencias de sus actos y su predicación.

En casa de Simón el leproso, tiene lugar un diálogo que tiene sus toques sorprendentes. El ungimiento de Jesús nos recuerda como fueron ungidos los reyes de Israel y el origen mismo de la palabra ungido (mesías, en hebreo). Pero en este caso se asocia con el ungimiento para la muerte, de un cadáver, algo que no se logra en los sinópticos por ser en Pascua y cuando van a ungirlo ya ha resucitado. Incluso es una imagen irónica: ungido por una mujer anónima en casa de un leproso. No lo unge como rey sino como candidato a cadáver, en la interpretación que le da Jesús. Marcos sigue mostrando que el camino de Jesús es camino de pasión. En el juicio pregunta el sumo sacerdote: «¿Eres tú el Cristo (ungido), el Hijo del Bendito?» (Mc 14:61). Jesús contesta que lo es sin aclarar que su unción es para la muerte y ésta será su exaltación. Los dos personajes, mujer y leproso, pertenecen al grupo de los que Jesús ha reivindicado en su vida pública, que no deben ser marginados. El leproso no es anónimo pues tiene un nombre: Simón. También el otro Simón, el discípulo, lo traiciona negándolo tres veces. Otro Simón, el de Cirene, le ayuda a llevar la cruz. El perfume usado por la mujer es alabado por provenir de un frasco de alabastro, ser de agradable olor, puro y de precio alto, por anticipar las especies que llevan las mujeres a la tumba. La mujer quiebra el frasco para echar el perfume de nardo en la cabeza de Jesús quien está a la mesa como en la cena pascual. Se mezcla lo anecdótico con lo litúrgico, pues así como se debe partir el pan y beber el cáliz “en memoria mía” se hará memoria del gesto de la mujer. En la liturgia de la Pascua judía no solamente se recordaba la liberación de Egipto sino que Yahvéh mismo libraba a su pueblo cada año cuando se celebraba. El tiempo no era meramente lineal sino también sincrónico, confluencia de pasado ocurrido y futuro que se espera.

El comentario sobre el despilfarro de más de trescientos denarios en perfume —un lujo para quien había mostrado pobreza y moderación en su vida pública que ni para pagar el impuesto del Templo tenía y que mandó predicar en pobreza—, no pasa desapercibido. La respuesta de Jesús, tomada a la letra, resulta escandalosa: «A los pobres siempre los tenéis con vosotros» pues parece avalar su existencia eterna. Un análisis detallado nos muestra cómo muchos relatos de los evangelios utilizan material preexistente en las Escrituras Hebreas a veces sacado de contexto. Se trata de un texto del Deuteronomio que invita a la solidaridad con el hermano necesitado. «Pues no faltarán pobres en esta tierra; por eso te doy yo este mandamiento: Debes abrir tu mano a tu hermano, a aquél de los tuyos que es indigente y pobre en tu tierra» (Dt 15:11). Es el tipo de pobreza causado por la viudez, los accidentes naturales, las malas cosechas, la sequía y otros motivos. De ahí las leyes sociales que contiene este libro como la remisión de los esclavos y las deudas en el año sabático, su exhortación a la generosidad de acuerdo con la bendición de Yahvéh, recordando que los judíos fueron pobres y esclavos en Egipto. En temas sociales el Deuteronomio es el más cercano al Nuevo Testamento. El ideal era un pueblo de hermanos que se apoyaran. En algunas ocasiones se detecta una tensión entre el ideal y la realidad. El ideal sería que no hubiera pobres en Israel pero la realidad es que no faltan los menesterosos, por las razones antes citadas.

Tampoco debía haber esclavos y las normas de esclavitud y libertad fueron más humanas entre los judíos que las implementadas luego por los cristianos durante tres siglos de esclavitud. Por eso, precisamente, se toman las medidas oportunas para ayudar a los necesitados. El Deuteronomio es el libro donde mayor sentido social se da a la fe religiosa. Si bien el israelita está llamado a disfrutar de los bienes de la tierra, debe reconocer con los diezmos y primicias (en función del pobre, no de un rito cultual) que todo lo ha recibido de Yahvéh. Ha de abrir su corazón y sus manos a los más pobres y necesitados.

El Deuteronomio hace de la “fiesta de las semanas” (pentecostés) o de la siega, la celebración de la solidaridad. Celebrada en honor de Yahvéh invita a aportar ofrendas voluntarias, además de diezmos y primicias, para que incluyendo todas las clases sociales se alegren compartiendo en nombre de Yahvéh. No tiene la función de fundamentar la fiesta, como ocurría en el caso de la pascua, sino más bien de explicar por qué se ha de invitar a la fiesta a las clases sociales más necesitadas. Sin este contexto podríamos pensar que Jesús justifica en casa de Simón el leproso olvidarse de los pobres y dar lo mejor a Dios. En los evangelios no se da a Dios, no se honra a Jesús sino a través del prójimo. No hay manera de chantajearlo con regalos como a los príncipes y poderosos de este mundo. El juicio de las naciones lo confirma. «Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25:40). La identificación de Jesús con los pequeños —no se reduce a los infantes aunque los incluya— muestra no su existencia necesaria económica, social o política, sino el llamado urgente que hace a través de los pobres. En última instancia, el judaísmo no era para agradar a Yahvéh, por mucho que hubieran perfeccionado el culto, sino para rendirle cuentas sobre la existencia en su medio del pobre, la viuda, el huérfano, el extranjero que también eran sus hijos. Al contrario de Caín, el judío debía sentirse guardia y responsable de su hermano. El cristiano mucho más, pues Jesús es el primogénito de muchos hermanos.