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Vio y creyó

  •   Domingo Abril 01 de 2018
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.
  •    Pascua

El relato de hoy, con la tumba vacía y los sudarios y lienzos debidamente organizados, son parte de la resurrección aunque no su totalidad. La experiencia pascual es el encuentro personal con el resucitado como se narra de Pablo por medio del camino de Damasco.


Tampoco es propiamente dicho camino sino el paso de Pablo de perseguidor de los cristianos a defender con su vida la causa de los mismos cristianos que perseguía. Pablo propiamente no la llama conversión para evitar el concepto judío de vuelta a la ley; la llama su misión a los gentiles. La resurrección no nos lanza al pasado sino al futuro. No es la añoranza de un “paraíso perdido” sino la tensión hacia la plenitud futura de unos nuevos cielos y una nueva tierra. Fueron sobre todo los profetas quienes mantuvieron esta tensión y valor de lo nuevo, a pesar de los sufrimientos y desgracias del pueblo judío. Es una nota importante del cristianismo pues muchos mitos religiosos remiten a una edad dorada en el comienzo; el cristianismo remite a un futuro personal y colectivo. Es una esperanza compartida con el judaísmo pero mientras éste sigue esperando la llegada del Mesías que los encamine a ese futuro, los cristianos sostenemos que el camino ya nos ha sido marcado por Jesús.

Los evangelios conservan pocas alusiones al pasado mientras que sus numerosas referencias a la plenitud del futuro reinado de Dios (que se inicia con Jesús) son ostensibles. Si Pablo acude a Adán para hablar del destino humano, es para hacerlo en términos de nueva creación, hombre nuevo, nueva creatura. Igualmente Juan habla de regeneración, renacer y nuevo nacimiento. La apertura hacia el futuro que enfatizaron el pensamiento y las ciencias modernas, no es extraño al cristianismo aunque le toque advertir de sus posibles desviaciones como lo hace la encíclica Laudato si´ (sobre la casa común). Entregados en los solos brazos de la ciencia y la técnica el futuro se puede oscurecer. Si bien el hombre es un fragmento del cosmos, como ser biológico, también está llamado a trascender como imagen de Dios y semejanza de Jesús.

Si los lienzos y mortajas están debidamente doblados y colocados significa que Jesús ya no pertenece al reino de la muerte. Lázaro sale con las mortajas (incluso ya hiede, dice el evangelio) porque sigue perteneciendo al reino de la muerte. Pero no porque Jesús no pertenezca al reino de la muerte no significa que no pertenezca a este mundo. La resurrección le permite permanecer de otra manera. La resurrección no es una traslación a un lugar recóndito, lejano, a un lugar “más allá” en oposición al “más acá”.

No tendría entonces sentido hablar de que el reinado de Dios ya está en medio de nosotros. En la concepción primitiva de la Biblia aún se habla de arriba y abajo en el cosmos que hoy no nos permite la ciencia . Sabemos que cuando decimos: “el sol sale por el oriente” usamos solamente una fórmula simbólica, poética, mítica, con más sentido teológico que científico como cuando damos gracias a Dios por el nuevo día. Una oración judía (modeh ani) de la mañana, da gracias a Yahvéh por habernos devuelto el alma. Lo nuevo no es el día sino nosotros y nuestra manera de mirar. Esto está más cerca de la resurrección de manera que estamos resucitando a diario, a cada momento. La resurrección es estar pasando hacia una nueva forma de ser y de existir, a una forma nueva de relación interpersonal. Así cabe el sentido de las palabras de Jesús «Yo soy la resurrección y la vida» (Jn 11:25) ubicando ambas dimensiones en esta vida. Pablo dice que la resurrección es precisamente la que da el carácter de “Hijo de Dios” a Jesús: «Constituido Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos» (Rm 1:4). Lo que la tumba vacía dice a la Magdalena igual que a Simón Pedro y al “discípulo amado” es que su seguimiento de Jesús no terminó en la tumba, aunque la Magdalena crea poder seguir buscando su cadáver que no sabe dónde lo han puesto.

Las Escrituras que dicen entender ahora sobre la resurrección, si aluden a las Escrituras Hebreas, ninguna habla de tal hecho pues la resurrección de Jesús e novedad total. Pueden aludir a las Escrituras que ya poseían los cristianos, pues el evangelio de Juan es el último que se escribe y posterior a las cartas. Lo que vendrá para todos les es desconocido, porque el futuro es objeto de esperanza y no de posesión. En realidad Jesús resucitado (no su cadáver), se manifestará de muchas maneras y en muchos lugares: con sus heridas ante Tomás, con los caminantes hacia Emaús, con los discípulos comiendo a la orilla del lago, con los cristianos perseguidos por Saulo, con la revelación personal en la experiencia pascual.

Una constatación directa de la resurrección no aparece en los evangelios ni es posible. Las apariciones, asociadas todas al envío y en gran medida en Galilea, así como la tumba vacía asociada a Jerusalén, son meras aproximaciones periféricas que no exculpan de la experiencia personal. Incluso no consta que hubiera ninguna tradición por muchos años de veneración de la tumba de Jesús (Santo Sepulcro) que fue fomentada por los cristianos bizantinos. El propósito de las mujeres seguidoras de Jesús de embalsamar su cadáver, que iría a favor de un culto al sepulcro, no se llega a realizar. El relato de Marcos, que quizás es el más antiguo, invita a los lectores a alejarse más bien del sepulcro e ir al lugar del encuentro del resucitado en Galilea: «El irá antes que vosotros a Galilea; allí lo veréis» (Mc 16:7). Pablo no alude a la tumba vacía pero sí al resucitado en todas sus cartas. La tumba vacía sirve de testimonio de la concepción cristiana contra otras posibles interpretaciones como la mera resurrección del alma (pues lo lógico era encontrar el cadáver), la resurrección macabea como guerreros muertos que vuelven a la lucha , los huesos de Ezequías que cobran nervios y vida, las tres resurrecciones: de Lázaro, el hijo único de la viuda y la hija del funcionario romano. Estas reanimaciones de cadáveres atañen solamente a los interesados. La resurrección de Jesús atañe a todos los creyentes.

Sin la resurrección el bautismo y la Eucaristía carecerían de sentido. A menudo la teología se centró en la dimensión individual e histórica de la resurrección de Jesús, en su carácter pretérito. El interés era saber qué sucedió con el cadáver, el hecho en sí y apología. Se descuidó el significado del hecho para nosotros. Ni la tumba vacía, ni las apariciones se narran para Herodes, Pilato, Anás, Caifás, los soldados romanos sino para los creyentes que debían vivir como hombres nuevos, resucitados. Esta es la intención de los evangelios. La resurrección hunde más sus raíces en el futuro que en el pasado, en el reino de la gracia, la nueva creación que en el pecado o descarríos a lo largo de la historia. Simón Pedro no pudo haber logrado la plenitud de su fe con la mera tumba vacía, pues es incompleta. La tumba vacía no es el centro de nuestra fe en la resurrección aunque puede corregirnos desviaciones.