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“Todo el que ha nacido de Dios vence al mundo”

  •   Domingo Abril 08 de 2018
  •   El mensaje del Domingo
  •    Gabriel Jaime Pérez Montoya, S.J.
  •    Pascua

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «La paz esté con ustedes».


Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también yo los envío». Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo; a quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos».

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo». A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «La paz esté con ustedes». Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!». Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que creen sin haber visto». Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengan vida en su nombre. (Evangelio según san Juan 20, 19-31).

Las lecturas de este domingo (Hechos 4, 32-35; Salmo 118 [117]; 1ª Juan 5, 1-6; Juan, 20, 19-31), nos invitan a expresar nuestra fe en la resurrección de Jesús, a dar un testimonio alegre de esperanza y a construir una comunidad de amor en coherencia con lo que creemos y esperamos. Y estas son justamente las tres virtudes llamadas “teologales”, es decir, referidas a Dios.

1. “Dichosos los que creen sin haber visto”

Las apariciones de Jesús resucitado en los Evangelios son experiencias de fe que se sitúan en un nivel distinto del que captan físicamente los sentidos. Si bien los evangelistas emplean imágenes referentes a los hechos de ver, oír y tocar, la realidad que indican es de orden espiritual. Por eso muestran a Jesús resucitado entrando en un recinto con las puertas cerradas y realizando acciones que les permitan a sus discípulos reconocerlo en su vida nueva, no condicionada por la materia ni por las dimensiones del espacio y del tiempo, sino diferente de la que tenía antes de su muerte.

En el encuentro de Jesús resucitado con Tomás, las señales dejadas por los clavos y la lanza significan que se trata del mismo que murió en la cruz. En este sentido, la frase “Dichosos los que creen sin haber visto” viene dirigida a nosotros como una invitación a creer sin exigir pruebas de laboratorio, reconociendo la Cristo resucitado en su nueva realidad espiritual. Movidos por esta fe, podemos entonces decir lo que en la religiosidad popular cristiana católica se suele expresar -interiormente o en voz alta-, en la celebración de la Eucaristía enseguida de la consagración del pan y del vino: “Señor mío y Dios mío” (Juan 20, 28).

2. “Todo el que ha nacido de Dios vence al mundo”

En el lenguaje propio del cuarto Evangelio, las tres cartas de Juan y el Apocalipsis, el término “mundo” corresponde a lo que se opone a Dios y a su plan de salvación realizado en Jesucristo. En este mismo lenguaje, la expresión “nacido de Dios” se refiere al sacramento del Bautismo, por el cual entramos a participar del misterio pascual de Jesús, consistente en el paso a una vida nueva no ligada a lo material, sino perteneciente al orden espiritual. Por ello la frase “todo el que ha nacido de Dios vence al mundo” (1ª Carta de Juan) constituye una invitación a la esperanza en que, a pesar de todas las fuerzas del mal que nos rodean, si procuramos vivir como hijos de Dios somos capaces de triunfar sobre ellas gracias al poder de su Espíritu santo.

En el mismo sentido es un mensaje de esperanza el triple saludo de Cristo resucitado: “La paz esté con ustedes”. Este saludo, dado en nombre de Cristo por quien preside la Eucaristía y comunicado entre quienes participan en ella inmediatamente antes de la comunión, tiene un significado especial en medio de las múltiples formas de violencia que sumen a tantas personas en el miedo, como les sucedió inicialmente a los primeros discípulos después de los hechos del Calvario (Juan 20, 19). Desde la fe en Jesucristo vivo y presente, quienes creemos en Él expresamos la esperanza en un porvenir de paz mediante la convivencia justa y solidaria.

La paz que nos da Cristo resucitado es también la que proviene de la reconciliación con Dios y entre nosotros, como resultado del perdón pedido y concedido gracias al Espíritu Santo que Él nos comunica: “Exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: ‘Reciban el Espíritu Santo; a quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados’…” Este texto del Evangelio es reconocido por la Iglesia Católica como el fundamento del sacramento de la Reconciliación. El Papa San Juan Pablo II, cuya primera encíclica se tituló “Rico en Misericordia” estableció el II Domingo de Pascua precisamente como el “Domingo de la Divina Misericordia” para resaltar que Jesús, en virtud de su pasión, muerte y resurrección, nos revela personalmente el amor compasivo de Dios, siempre dispuesto a perdonar, que les confiere por lo mismo a sus apóstoles, como también a quienes continúen su misión pastoral en calidad de sacerdotes (obispos y presbíteros), el ministerio sacramental de la reconciliación. Benedicto XVI reafirmó esta manifestación de la misericordia divina en la primera de sus encíclicas (“Dios es Amor”), y el Papa Francisco proclamó el Año de la Misericordia (2016) diciendo que Jesucristo es el “rostro de la Misericordia”, principal y esencial atributo de Dios.

3. “En el grupo de los creyentes, todos lo poseían todo en común”

Los primeros creyentes en Jesucristo resucitado formaron una comunidad a partir del ágape, palabra con la cual se describe en el Nuevo Testamento lo que es Dios, y que significa amor de benevolencia o disposición desinteresada a compartir “Dios es amor”, dice la 1ª Carta de Juan en griego -versión con letras del abecedario latino-: “O Theos agapé estin”: (4, 8-16).

La palabra ágape se suele traducir también como caridad. Una caridad auténtica, distinta de la caricatura en que se convierte este término al reducirlo a la mera beneficencia asistencial que da las migajas de lo que sobra, sin un compromiso con la construcción de un nuevo orden de justicia social, que es el de la realización equitativa del bien común para todos. La primera comunidad cristiana como comunidad de amor fue un testimonio vivo de la verdad del mensaje pascual: que Jesús resucitado está vivo y sigue actuando a través de la comunidad creyente en Él. Por eso nuestra celebración de la Eucaristía implica el compromiso de realizar en nuestra vida cotidiana lo que significamos en este sacramento al proclamar la resurrección de nuestro Señor Jesucristo.