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La experiencia pascual transforma los individuos y las comunidades

  •   Domingo Abril 08 de 2018
  •   Pistas para la Homilía del Domingo
  •    Jorge Humberto Peláez Piedrahita, S.J.
  •    Pascua

La comunidad de los seguidores de Jesús había sido arrasada por la pasión y muerte del Maestro. Pero tres días después todo esto cambió. Los que se habían escondido por miedo, empezaron a proclamar con valor y elocuencia la feliz noticia de la resurrección. Los invito a ir recorriendo los textos de hoy para descubrir algunas facetas de esa primera comunidad de Jerusalén.


Empecemos por el relato de los Hechos de los Apóstoles. Nos presenta el impactante testimonio de una comunidad con unos fuertes vínculos de solidaridad: “Tenían un solo corazón y una sola alma”. Y esta profunda comunión entre ellos se expresaba en una solidaridad operante en la vida diaria. La Comunidad Apostólica no pronunciaba elocuentes discursos sobre el amor al prójimo. Su testimonio valía más que mil discursos. Estos primeros cristianos siguieron las huellas de su Maestro, quien pasó haciendo el bien. La comunidad tiene conciencia de ser prolongación del amor misericordioso del Señor. Para ayudar a los hermanos no hay que hacer investigaciones muy sofisticadas; basta abrir los ojos para encontrar, muy cerca de nosotros, un amplio abanico de necesidades y sufrimiento: pobreza, soledad, violencia…

El Papa Francisco nos exhorta continuamente a que seamos una Iglesia en salida, con los brazos abiertos para acoger y apoyar. Las obras sociales de la Iglesia no pueden gestionarse como frías estructuras que apoyan proyectos. Tienen que tener corazón y favorecer la creación de auténticas comunidades que asuman la conducción de sus propios asuntos.

Exploremos ahora el texto de la I Carta del apóstol san Juan. De ese texto queremos destacar cómo la fe es el motor de las comunidades: “Nuestra fe es la que nos ha dado la victoria sobre el mundo. Porque, ¿quién es el que vence al mundo? Sólo el que cree que Jesús es el Hijo de Dios”. La acción evangelizadora de la Iglesia no es un proyecto humano ni estamos comprometidos con ella por razones de conveniencia. Hemos recibido una misión: “Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”. No pertenecemos a la Iglesia para sacar adelante un simple proyecto humano. Somos sembradores de la Palabra, colaboradores en la construcción del Reino de Dios. De ahí la importancia de alimentar nuestra vida de fe con la oración, la lectura de las Escrituras, la recepción de los sacramentos. Si no estamos llenos de Dios no podremos comunicar un mensaje que sea creíble. La victoria sobre el mundo, de la que habla el apóstol Juan en su I Carta, no es el resultado del uso de recursos humanos. Es una victoria por Cristo, con Él y en Él.

Finalmente, reflexionemos sobre el texto de las dos apariciones de Jesús, que tienen como personaje muy destacado al apóstol Tomás. A pesar de que nos separan dos mil años de historia, su comportamiento es muy próximo a la escala de valores de nuestro tiempo. Tomás actúa con la autosuficiencia de aquellos que se consideran poseedores de la verdad y descalifican los argumentos y testimonios de los demás. Tomás descalifica el testimonio de sus compañeros porque afirma que la verdad la posee él. Su ego lo enceguece: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y si no meto mi dedo en los agujeros de los clavos y no meto mi mano en costado, no creeré”. Es la subjetividad convertida en árbitro de la verdad.

Además, Tomás se comporta como un positivista duro, que solo reconoce como verdad lo que es verificable empíricamente. En la comunidad científica abundan estos personajes que descalifican cualquier tipo de reflexión que se sale de lo que es medible. Esta manera de leer la realidad limita las posibilidades del espíritu humano que se pregunta continuamente por el sentido de la realidad; y la pregunta por el sentido no se puede encerrar dentro de un laboratorio de investigación.

Es hora de terminar nuestra meditación dominical. Que estas lecturas del Nuevo Testamento sobre las primeras comunidades cristianas sean fuente de inspiración para nuestras comunidades (la parroquia, el equipo de matrimonios, los grupos juveniles, etc.), de manera que vivamos intensamente la fe en el Señor resucitado, que nos mueve a tener un solo corazón y una sola alma, y a comunicar al mundo esta maravillosa noticia del triunfo sobre la muerte y el pecado.