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Necesitamos estar unidos a Jesús

  •   Domingo Abril 29 de 2018
  •   Pistas para la Homilía del Domingo
  •    Jorge Humberto Peláez Piedrahita, S.J.
  •    Pascua

En este relato de la vid y los sarmientos, el evangelista Juan nos ofrece una pieza magistral de Cristología, en la que van de la mano la profundidad teológica y la sencillez pedagógica. Jesús, sabio Maestro, utiliza la imagen de una planta, la vid, con la que estaban familiarizados los campesinos judíos, para explicarnos la relación que Dios quiere que se establezca entre Él y los bautizados.


Veamos cuáles son los elementos centrales del relato:

Los protagonistas del relato son tres: Jesús, el Padre y nosotros.

Cada uno de los personajes está relacionado con un símbolo: “Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador”; y nosotros somos los sarmientos.

El verbo clave de este relato, en el que radica la fuerza del mensaje, es permanecer.

El mensaje que nos transmite el Señor es la importancia de la unión con Él para comunicarnos la vida divina.

Para subrayar la importancia de este mensaje, el Señor lo expresa de dos maneras distintas: en negativo y en positivo; es un recurso literario para garantizar que sea captado el núcleo de esta enseñanza:

En negativo, el Señor nos dice: “Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco ustedes, si no permanecen en mí”.

En positivo expresa la misma idea: “Yo soy la vid, ustedes los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante, porque sin mí nada pueden hacer”.

En esta meditación dominical, los invito a profundizar en el mensaje del Señor; para ello, hagámonos dos preguntas: ¿Qué significa permanecer en Jesús? Y ¿cómo permanecer en él?

¿Qué significa permanecer en Jesús? La respuesta nos la ofrece el apóstol Juan en su I Carta, que acabamos de escuchar: “Quien cumple sus mandamientos permanece en Dios y Dios en Él. En esto conocemos, por el Espíritu que Él nos ha dado, que Él permanece en nosotros”. Ahora bien, cumplir sus mandamientos tiene un sentido muy particular para los seguidores del Señor resucitado. No se trata del cumplimiento formal y legalista de una larga lista de preceptos, como exigían los doctores de la Ley a los judíos devotos. Jesús nos hace una propuesta absolutamente diferente y descomplicada: “Este es su mandamiento: que creamos en la persona de Jesucristo, su Hijo, y nos amemos los unos a los otros, conforme al precepto que nos dio. Por lo tanto, el verbo permanecer propone un estilo de vida que se construye sobre la fe y el amor.

Pasemos a la segunda pregunta: ¿Cómo permanecer en Él? Aquí la Cristología nos invita a avanzar por los caminos de la espiritualidad. ¿Cómo nutrirnos de la vida divina que nos ofrece el Señor resucitado? A lo largo de los siglos, la Iglesia ha señalado el camino, que parece sencillo en su formulación, pero exigente en su ejecución:

Nos alimentamos de la savia de la gracia divina en la medida en que participamos de los sacramentos de la Iglesia, en particular la Eucaristía, donde somos invitados a alimentarnos con el Pan de vida y el Cáliz de salvación. Se trata de un encuentro particularmente intenso con el Señor resucitado; es el lugar teológico por excelencia para la construcción de comunidad.

Nos alimentamos con la savia de la gracia divina meditando las Sagradas Escrituras, en particular los escritos del Nuevo Testamento. A través de sus parábolas, el Maestro nos va descubriendo cuál es el Reino que ha venido a instaurar y cuál es nuestro lugar dentro de ese proyecto.

Nos alimentamos con la savia de la gracia divina en la medida en que nuestras acciones están inspiradas por el amor y la misericordia.

¿Qué sucederá en nuestras vidas si permanecemos unidos al Señor como sarmientos a la vid? Daremos mucho fruto. Encontraremos nuestra felicidad en la medida en que sirvamos a los demás, sembremos amor donde haya odio, perdón donde haya injuria, fe donde haya duda, alegría donde haya tristeza.