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La unión de los creyentes

  •   Domingo Abril 29 de 2018
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.
  •    Pascua

Una de los desafíos que enfrentamos, como seres de este mundo, es justificar, explicar y determinar el futuro de la unidad y la diversidad. Dice una leyenda judía que cuando Yahvéh separo el cielo de la tierra, las aguas de arriba y abajo, el hombre y la mujer, todos se separaron llorando y añorando la unidad perdida.


Las religiones suelen poner la unión total (incluyendo a Dios) en el principio; pero igualmente en el fin, con diferentes figuras. En general el cristianismo la pone en el futuro, con la expresión de Pablo: «Cuando hayan sido sometidas a él todas las cosas, entonces también el Hijo se someterá a Aquel que ha sometido a él todas las cosas, para que Dios sea todo en todo» (1 Co 15:28). Aquí Cristo forma parte del proceso de unificación de todas las cosas.

Ciertamente la variedad de seres de la naturaleza, incluidas las personas de las cuales no hay dos iguales, es manifestación de la perfección divina que ningún ser puede alegar expresar a plenitud. El mismo Jesús expresa un aspecto de la Trinidad, de manera que no es totalmente comprensible sin el Padre y sin el Espíritu.

La unidad no podrá pues ser uniformidad porque ésta fue la situación original que el Génesis llama caos; pero tampoco podrá ser diferencia ofensiva de superiores e inferiores, amos y esclavos, ricos y pobres, felices e infelices, porque esto es lo que Jesús critica y manda superar.

Además fue aquello de lo que huyó el pueblo judío en Egipto y no aceptó ni en los pueblos asentados en Palestina antes de la conquista ni en el destierro a Babilonia. Unidad en la diferencia, complementariedad en la diferencia, productividad salvífica en la diferencia, suenan más concordes con la esperanza de Dios para la creación.

La imagen del evangelio de hoy nos habla de una unión íntima de Jesús y el creyente a la manera de la vid y los sarmientos. No se da lo uno sin lo otro. El Dios cristiano quiso contar con los seres humanos de manera que es válida, por extraña que parezca, la afirmación de que no existe sin los hombres y los hombres no existen sin él; igual que no se da pastor sin rebaño ni rebaño sin pastor. No son como dos entidades que se enfrentan a muerte para que una sobreviva sino de dependencia mutua.

La unión íntima entre Cristo y el creyente implica la perseverancia por la cual la fidelidad que se exige no es primariamente un constante ser-para, sino un ser-de, no un mantenerse, sino un dejarse-mantener, como corresponde a la relación entre el sarmiento y la vid. Hoy sabemos, por la botánica, más que en la época de Jesús, que la dependencia es mutua: el tronco alimenta el follaje y el follaje alimenta el tronco. La relación con Cristo es recíproca: «Seguid unidos a mí, que yo lo seguiré estando en vosotros». La figura de la vid no es más que una imagen pues la realidad que intenta trasmitir es mucho más profunda. Teológicamente se ha utilizado como la unión de Cristo con la Iglesia, del esposo y la esposa, de Israel y Yahvéh.

La parábola o alegoría de la vid y los sarmientos, pudo entenderse en la época según sus costumbres de poda para aumentar la cosecha de uvas, pues dicho fruto era lo que esperaba el viñador. Pero la vida misma de Jesús nos muestra que la aplicación a los seres humanos puede ser riesgosa. Nunca aparece Jesús “podando” a ningún ser humano por pecador que se tuviera. No permite a los obreros arrancar la cizaña de en medio del trigo.

No se declara juez sino salvador. Deja siempre el juicio condenatorio en manos del Padre y a él corresponderá la poda. No sabe y se siente a gusto de no saber cuándo será el fin. Somos los seres humanos lo que hemos tratado de dar veredictos condenatorios, adelantar el juicio final, podar la especie humana de los que consideramos inservible o dañino, con resultados lamentables. El evangelio es más cauto y a pesar de su lenguaje, tomado del judaísmo y la apocalíptica judía, nos invita en esta vida a estar unidos a Cristo (ser en Cristo es la expresión de Pablo) hasta en lo más profundo de su ser.

No se limita a ser una relación ideológica o de orden meramente intelectual sino a expresar de manera actual, aquí y ahora, la experiencia de salvación como vida nueva. Quien está unido a Jesús procede como él procedió y no se atribuye lo que corresponde al Padre. Francisco, obispo de Roma, gusta decir que el misterio de la Iglesia —por supuesto de cada creyente— es el “misterio de la luna” no el “misterio del sol”. Es decir, que refleja una luz que no le es propia. Si se apropia de la luz el creyente cae en la “mundanización espiritual”, es decir, en un poder más en este mundo; no en su servidor.

El Cristo que vive en el creyente es la fórmula final que encuentra Pablo para expresar la resurrección o vida del Resucitado. Ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí. En cada creyente esta vida del resucitado da los frutos concordes con su carisma, con su generosidad, con sus talentos. Los conocedores de vinos saben que hay una inmensa variedad de frutos, sabores, fermentos, mostos y buqués. Así, la vida cristiana es variada pero con una misma fuente última: la acción creadora continua de Dios por su Espíritu.

Si la Iglesia fuera una organización estaría evaluando continuamente su producido como una empresa comercial. Pero la Iglesia es un organismo cuya función es producir vida, algo más difícil de evaluar; quizás la misericordia sea el único parámetro. Consecuente con su expresión de encarnación como el Verbo (palabra, logos) hecho carne, para Juan permanecer en Cristo es permanecer en su palabra. También en los sinópticos dice Jesús que su familia como madre, hermanos y hermanas se forma por guardar y vivir su palabra. En Juan tiene igualmente la expresión otra sinónima y es permanecer en el amor, algo que se logra cuando se es como el “discípulo amado”; es decir, cuando amo porque primero me he sentido amado. En la misma lógica de Juan no es devolviendo el amor a quien nos lo ha dado sino amando ilimitadamente al hermano. Esta es una peculiaridad del evangelio de Juan.

Al amor de Dios no respondemos amándolo en pago sino amando al hermano en una especie de deuda nunca saldada porque siempre deja un superávit a favor del amante. La imagen de la vid y el sarmiento en Juan es la equivalente a la del “cuerpo de Cristo” en Pablo que es la expresión más densa del Nuevo Testamento para expresar la comunidad de los creyentes. Otras imágenes semejantes son la de edificio y piedras vivas, y las que usa Pablo con las preposiciones “en” y “con”: morir con Cristo (con-morir), padecer con Cristo, vivir en Cristo, sepultados con Cristo (con-sepultados). En la Eucaristía expresamos esta unión íntima. En ella la unión de todos no suprime las diferencias sino que las asume como totalidad. Tal es el sentido último de católico: totalidad de la que nadie debe ser excluido.