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Amor perfecto o misericordioso

  •   Domingo Mayo 06 de 2018
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.
  •    Pascua

En el Antiguo Testamento o Biblia Hebrea, la categoría que les permitió definir el creyente ideal en Yahvéh fue la santidad. Ser santos como Yahvéh es santo era el ideal de imitación. Dicha santidad se expresaba de varias maneras como alejarse de lo que no fuera divino para que el individuo y el pueblo fueran santos.


El modelo de santidad para algunos, sobre todo luego de la vuelta del destierro, era el sacerdote del Templo, algo que los profetas criticaron pues era santidad como pureza ritual pero sin mayor contenido ético, misericordioso. En el profetismo el amor de Yahvéh no se expresaba tanto en que les hubiera dado la ley (Torah) sino en que hubiera sido misericordioso de manera que no los tratara con la vara de la justicia sino con amor.

El pueblo había sido elegido no por su capacidad de cumplir la ley, ni por sus virtudes sino por amor, precisamente en Kadesh Barnea, en el desierto, cuando estaban más diezmados, más débiles, mas confundidos. La santidad no era pues una idea abstracta o mística como un principio regulador de la vida diaria que llevara a una separación del común de la gente sino el espíritu de misericordia en el cual se desempeñaba la vida diaria del judío. Atender las necesidades de la viuda, el huérfano, el extranjero era en última instancia la piedra de toque del auténtico judaísmo. El código de santidad que aparece en el libro del Levítico era propio del estilo sacerdotal de difícil cumplimiento para el pueblo. Buscaba crear un pueblo sacerdotal y una nación santa. El cristianismo buscaría crear el “reinado de Dios” que corresponde a un concepto más amplio. Algo similar sucedió con la espiritualidad monacal en la Edad Media que terminó siendo modelo de vida cristiana para familias, campesinos, artesanos y comerciantes quienes llevaban una vida muy distinta y alejada de la tranquilidad y seguridad de los monasterios. Una espiritualidad auténticamente laical es reciente y aún con carencias.

Podríamos decir que en general el judaísmo tiende a enfatizar la idea de “separación de” para conseguir la santidad y el cristianismo en contraste la “dedicación a”. Una santidad puramente del alma (intención, deseo, apetencias) tiene en general poca cabida en el cristianismo. Incluido el concepto de misericordia y de perfección tomando como modelo a Jesús, entonces la perfección expresa el llegar hasta la muerte en fidelidad. Algo que le da un perfil más evangélico a los anteriores conceptos. Ser misericordioso hasta la muerte sería ser santo y perfecto en esta vida. Así se entiende igualmente la santidad de la iglesia, que marcha como los creyentes en medio de dificultades, creciendo en un proceso permanente hacia su propia santidad en Cristo. Es santa en la medida en que no olvida a Jesús como el santo y se va haciendo santa en un proceso de conversión permanente. Así tiene sentido lo que escribe Pablo sobre Jesucristo: «Constituido Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos, Jesucristo Señor nuestro» (Rm 1:4). Jesús llegó hasta el final (la muerte) ejerciendo su ministerio misericordioso. Con la destrucción del Templo, la santidad tiene un giro importante e inesperado. Ahora son las Escrituras las que se llaman santas y se vuelven el punto de apoyo para el sentido de los santo. El santo por excelencia es el Espíritu que habla en las Escrituras y que ayuda al creyente a interpretarlas y aplicarlas a la vida.

En el Nuevo Testamento a Jesús se le llama santo en el mismo sentido que Dios solamente una vez y lo santo se acerca más a lo profético que a lo cultual. Lo santo ya no se manifiesta en lugares o ritos, como los que había en el Templo, sino en las manifestaciones vitales causadas por el espíritu. Pero como la profecía no es muy a propósito para la construcción de una conciencia corporativa, se utilizó más la idea de sacerdocio santo que el Vaticano II entiende dentro el marco del sacerdocio común de todos los fieles. El uso excesivo y a menudo indiscriminado del adjetivo santo y santa tiene el riesgo de alejarnos de la idea evangélica de santidad .

El culto verdadero, como lo expresa Pablo, es precisamente el que une la santidad a la entrega, el ofrecer la propia existencia: «Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima (hostia) viva, santa, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual» (Rm 12:1). Desde el punto de vista cristiano, la santidad está esencialmente referida a la construcción del reinado de Dios cuya piedra angular es Jesús.

Una piedra que fue desechada en su tiempo porque se buscaba fundar la sociedad con otros valores. Si el concepto santo hay que interpretarlo desde el punto de vista de que en Jesús nos viene la salvación de Dios, entonces con su obediencia hasta el fracaso total en la muerte ignominiosa echa por tierra todas las ideas que los hombres, incluidos los piadosos, se forman de lo santo; y las invalida. Esto es, que el único punto de referencia y la única orientación de la santidad es el camino y la actuación de este Jesús, que elige lo perdido y despreciado, y lo hace válido para sí; y esto no por unos presupuestos que se cumplieron, sino gracias a su amor preferencial por los marginados. La preferencia que mostró en Kadesh Barnea por el pueblo judío la muestra en su vida pública en el Israel de su tiempo.

La santidad puede manifestar su efectividad únicamente cuando se mantiene la vinculación con él, como lo expresa la alegoría de la vid y los sarmientos. El camino a la santidad cristiana no coincide con la pedagogía de escuelas de auto-superación o perfección humana, a pesar de sus valores innegables. La santidad es efecto de la pertenencia a Cristo y su exigencia ética. En cierta forma, en el camino seguido por Jesús, se suprimieron las fronteras entre una esfera sagrada y otra profana que nada tuviera que ver con ellos.

Jesús pocas veces sube al Templo y nunca aparece orando en él. Su santidad es de la vida diaria y en ella se expresa la santidad cuando se expresa la misericordia. Incluso su supuesto menosprecio del Templo, con la purificación del atrio y crítica a la falta de misericordia por apego a los holocaustos, es utilizado como parte del testimonio en su contra en el juicio ante el sanedrín. Según Juan con la venida de Jesús ha llegado el fin del culto del Templo israelita y el fin de la comunidad cultual perteneciente a ese Templo.

Ahora lo que debe unir a los creyentes es la vida en el amor, que es uno de los conceptos que le sirven para condensar todo el mensaje cristiano. El amor como un amor sacrificial capaz de llegar hasta el final, hasta dar la vida. Muchos autores antiguos, incluyendo Padres de la Iglesia, interpretaron la comunidad cristiana como el “nuevo Israel” de manera que el judaísmo quedaba suprimido y substituido. Hoy la exégesis va por otro lado. La misericordia cristiana no busca suplantar ni suprimir a nadie sino mostrar una manera novedosa de revelar la presencia de Dios en el mundo y mantener viva la memoria de Jesús. En el evangelio de Juan esto se logra manteniendo vivo el amor sacrificial, es decir, el que da su propia vida sin distingo de quien sufre.