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Dios es Amor

  •   Domingo Mayo 06 de 2018
  •   El mensaje del Domingo
  •    Gabriel Jaime Pérez Montoya, S.J.
  •    Pascua

En la última cena Jesús les dijo a sus discípulos: “Yo los amo a ustedes como el Padre me ama a mí; permanezcan, pues, en el amor que les tengo. Si obedecen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, así como yo obedezco los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.


Les hablo así para que se alegren conmigo y su alegría sea completa. Mi mandamiento es este: Que se amen unos a otros como yo los he amado a ustedes. El amor más grande que uno puede tener es dar su vida por sus amigos. Ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando.

Ya no los llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo. Los llamo mis amigos, porque les he dado a conocer todo lo que mi Padre me ha dicho. Ustedes no me escogieron a mí, sino que yo los he escogido a ustedes y les he encargado que vayan y den mucho fruto, y que ese fruto permanezca. Así el Padre les dará todo lo que le pidan en mi nombre. Esto, pues, es lo que les mando: Que se amen unos a otros” (Juan 15, 9-17).

1. “Yo los amo a ustedes como el Padre me ama a mí”

Doce veces aparece en este pasaje del Evangelio de Juan la referencia explícita al amor (incluido el término amigos). El significado del mandamiento del amor -Ámense los unos a los otros como yo los he amado, que aparece tres veces en el mismo Evangelio (13, 34; 15, 12; 15, 17), constituye el núcleo de las enseñanzas de Jesús y nos remite ante todo a la vivencia de Dios como un Padre que nos ama infinitamente, y que a través de su Hijo nos comunica lo que es Él mismo en su propia esencia: “Dios es amor”, dice la segunda lectura (1ª Juan 4, 7-10), no dando una definición -porque el Infinito no puede ser definido-, sino intentando expresar así lo que en el lenguaje humano puede describir mejor el ser de Dios que se manifiesta en su acción salvadora.

Toda la vida terrena de Jesús fue una revelación de la acción salvadora de Dios como la de un Padre amoroso, misericordioso, compasivo, bondadoso, completamente distinto de la imagen lejana y regañona que suelen presentar quienes conciben la relación del Creador con sus criaturas como la de un amo que oprime a sus esclavos. Lo que Jesús les dice a sus discípulos al emplear la contraposición entre los siervos y los amigos, implica en este sentido una elección que es iniciativa suya y no nuestra: “Ustedes no me escogieron a mí, sino que yo los escogí a ustedes”. Es la misma idea expresada en la segunda lectura: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó…”

2. “No los llamo siervos… Los llamo mis amigos”

En Jesús se manifiesta la cercanía de Dios como amigo, sin exclusiones, tal como lo muestra la primera lectura en el relato del bautismo del militar romano Cornelio, quien siendo de una raza y nación distintas de la judía, fue recibido en la primera comunidad cristiana (Hechos de los Apóstoles 10, 25-26.34-35.44-48). Por otra parte, la explicación que en el Evangelio les da Jesús a sus apóstoles de la forma de querer relacionarse con ellos, nos remite a la comunicación que se da entre los amigos: “El siervo no sabe lo que hace su amo. Yo los llamo mis amigos porque les he dado a conocer todo lo que mi Padre me ha dicho”. En otras palabras: entre los verdaderos amigos no hay secretos, trastiendas, recovecos ni tapujos, sino una transparencia total que le permite a cada cual conocer y reconocer al otro como es. Así se nos manifiesta Dios en Jesucristo, y así espera Él que nosotros le correspondamos.

San Ignacio de Loyola escribió en sus Ejercicios Espirituales que “el amor consiste en la comunicación de las dos partes”, es decir, en dar y comunicar el uno al otro todo lo que tiene, sin reservarse nada, superando completamente cualquier forma de egoísmo. Por eso cuando Jesús llama “amigos” a sus discípulos -y a través de ellos también lo hace con nosotros-, nos está invitando a corresponder a lo que Él nos ha entregado: ¡nada menos que su propia vida!

3. Mi mandamiento es este: que se amen unos a otros como yo los he amado…”

Nuestra respuesta al amor de Dios que se nos ha manifestado personalmente en Jesucristo, consiste en amarnos unos a otros. A primera vista esto no parece lógico. Uno supondría que la respuesta al amor de Dios es amarlo a Él sobre todas las cosas y personas, y punto. Pero resulta que, aunque Él mismo se ha revelado en Jesucristo y está en medio de nosotros por su Espíritu Santo, no lo vemos, y en cambio a nuestros prójimos los tenemos a la vista constantemente. Por otra parte, ¿qué mejor muestra de amor a un padre o a una madre que amar y respetar a sus hijos e hijas? Por eso es perfectamente lógico que el “mandamiento” de amarnos unos a otros como Dios mismo nos ha mostrado que nos ama en la persona de Jesús, sea la única forma válida de nuestra correspondencia al amor con que Dios nos ama.

En esta perspectiva si situó el Papa Emérito Benedicto XVI al publicar en diciembre de 2005 su primera Encíclica con el título Dios es amor: “La fe cristiana, poniendo el amor en el centro, ha asumido lo que era el núcleo de la fe de Israel, dándole al mismo tiempo una nueva profundidad y amplitud. En efecto, el israelita creyente reza cada día con las palabras del Libro del Deuteronomio: El Señor nuestro Dios es solamente uno. Amarás al Señor con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas (Dt 6, 4-5). Jesús, haciendo de ambos un único precepto, ha unido este mandamiento del amor a Dios con el del amor al prójimo, contenido en el Libro del Levítico: Amarás a tu prójimo como a ti mismo (Lv 19, 18; cf. Mc 12, 29- 31). Y, puesto que es Dios quien nos ha amado primero (cf. 1 Jn 4, 10), ahora el amor ya no es sólo un ‘mandamiento’, sino la respuesta al don del amor…” (No. 1).

Y esta es también la perspectiva que durante todo su pontificado ha venido caracterizando al Papa Francisco, quien al inaugurar el Año de la Misericordia (2016) propuso como su lema una frase de Jesús, en quien se nos revela personalmente el amor compasivo de Dios hasta el punto de ser él mismo el “rostro de la misericordia”, con el mismo sentido del mandamiento del amor: “Sean ustedes misericordiosos como el Padre de ustedes es misericordioso” (Lucas 6, 27-36).

Habiendo comenzado el martes pasado el mes de mayo con la celebración del trabajo humano del cual se hizo solidario el carpintero de Nazaret, y al dedicar este mismo mes a María, la Madre de Dios hecho hombre en la persona de Jesús, celebrando también el amor de las madres -que la tienen como ejemplo-, y asimismo la labor de los educadores, tengamos presente de una manera especial la importancia de la familia como primera instancia educadora en la que, con la colaboración de las instituciones escolares, se debe aprender el valor del trabajo y el amor verdadero mediante el ejemplo de laboriosidad, de respeto mutuo y de construcción de auténticas relaciones humanas.