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El Bautismo y la Iglesia

  •   Domingo Mayo 27 de 2018
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.
  •    Pascua

El evangelio de Mateo es el que más influenció la constitución de la Iglesia durante siglos. El evangelio de hoy se siguió prácticamente al pie de la letra, buscando bautizar a todos los pueblos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y pidiendo que se guardaran y aplicaran todas sus enseñanzas.


Al entrar en conflicto con otros credos y formas de gobierno, de una u otra manera se esperaba el triunfo de los planteamientos de la Iglesia. En la conquista de Latinoamérica, incluso se llega a que por el bautismo el individuo se constituía a la vez como hijo de Dios y súbdito del rey de España. Tal era el contenido de un documento como el Requerimiento . Negarse al bautismo, en consecuencia, era ser enemigo de Dios y enemigo del rey de España, declarándosele la guerra y el derecho a la extinción de dominio.

Solo hubo voces aisladas en contrario como la de Bartolomé de las Casas, Antonio de Montesinos, Francisco de Vitoria y otros. Las teorías de Agustín de Hipona sobre la condenación por falta de bautismo, extendida a los niños, tuvieron el efecto de bautismos masivos (como Clodoveo y su ejército o los sajones forzados por Carlomagno) en la formación de la cristiandad medieval. La Iglesia empieza a confundirse con la comunidad secular.

En realidad no era más que un rito de iniciación, como hay equivalentes en muchas culturas. Algunos teólogos lo asociaron a la circuncisión judía que marcaba pertenencia a dicho pueblo. En la primitiva comunidad cristiana el bautismo se administró “en el nombre de Jesús” (Hc 2:38; 8:16; 19:5). El significado, tanto en Pablo como en el Vaticano II es ser sumergido en la pasión y muerte de Jesús para ser como él resucitado, no en una comunidad particular. Los judíos tenían varios ritos de inmersión total en agua, que podían repetirse, como actos de purificación.

El bautismo, en cambio, se entendió como una sola vez y con efecto perdurable. Sin embargo, dada la relación del bautismo con la fe y el estilo de vida, aplicado a los niños, llevó a reflexiones alejadas del sentido original. No puede negarse que en la Edad Media, con altísimas tasas de mortalidad infantil, los niños eran bautizados a la mayor brevedad posible y así lo recomienda el Concilio de Trento. Solamente hacia el siglo XVI, con los anabaptistas, resurge la idea de la decisión consciente del bautizando (como en el modelo de Juan el Bautista) y se cuestiona el bautismo de infantes. El Vaticano II enfatiza la madurez en la fe para los padres y padrinos con miras a la formación futura del infante quien libremente reafirma su fe en la confirmación. El bautismo de infantes no puede concebirse como una vacuna al modo de la de la viruela: para quedar inmune en el futuro. En la Iglesia ortodoxa el bautismo se asocia más con la luz (símbolo de la resurrección en la vigilia pascual) y se le llama iluminación (fotismós, en griego). Hoy, estadísticamente, se habla de bautizados, practicantes (ritos variados) y conocedores de su fe (Biblia) en cifras muy desiguales. Hacia el año 100 se asocia el bautismo como pre-requisito para la recepción de la cena del Señor. En los Padres de la Iglesia aparece asociado siempre el bautismo con la Eucaristía de los neófitos o recién bautizados. De ahí que el bautismo y la Eucaristía se llamen ritos de iniciación. Incluía el ciclo previo de catecumenado con instrucción, oración y otras prácticas.

El bautismo, como necesario para entrar en el reinado de Dios aparece en el evangelio de Juan: «El que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios» (Jn 3:5) texto que aparece en el diálogo con Nicodemo, dentro del concepto de renacimiento o regeneración. Agua y espíritu son tomados como metáforas de un líquido donde se sumerge el creyente. Pero en los casos del Eunuco, Cornelio (con su casa) y Pablo, el Espíritu es recibido antes del bautismo, mostrándonos que la lógica divina no obedece siempre a la lógica del rito; este cumple, además del sentido de misterio o sacramento, un papel social y eclesial. El bautismo es a la vez un don de Dios y una respuesta humana a tal don; de tal manera que el bautismo de infantes es recibido como un don para la comunidad creyente. Si por un lado el bautismo es la inmersión en la pasión y muerte de Jesús, por otro supone en el creyente una respuesta de conversión, perdón, ejercicio de la misericordia y construcción del reinado de Dios. La expresión celebrativa concreta es la Eucaristía, marcada por la acción de gracias a Dios Padre, el memorial o anamnesis de Cristo y la invocación del Espíritu Santo (dimensión trinitaria) pero a la ve comunión de los fieles y comida escatológica (cena del reino de Dios).

Con las consideraciones anteriores se puede entender que el bautismo durante la vida pública de Jesús era provisional, pues sin la resurrección el bautismo es inexistente. En efecto, la orden expresa de bautizar se da después de la resurrección, cuando se ha realizado la redención, y aparece el Señor resucitado con dimensión universal. Según Tertuliano la universalidad o catolicidad de la Iglesia deriva de la Providencia divina que se extiende a todos y según Teófilo de Antioquia la catolicidad la da la resurrección de Jesús que es posibilidad de toda la creación. Si “estar en Cristo”, como lo dice Pablo es formar parte del cuerpo de Cristo, éste es uno de los nombres de la Iglesia y así el bautismo puede entenderse como entrar a formar parte de ella. Se dice de Tecla (mártir del siglo I) que exclama al morir: “En el nombre de Jesucristo me bautizo yo misma para el último día”. Como expresión de un rito comunitario, es incompleto sin duda, pero como inmersión en la pasión de Jesús y esperanza de ser resucitada como él, expresa bien el sentido del bautismo.

Sin el deseo del bautismo y sin estar dispuesto a aceptar el seguimiento de Jesús como su consecuencia ineludible, el bautismo resultaría un contrasentido. El teólogo Karl Barth propone que el bautismo no se llame de infantes o de adultos sino “bautismo de responsabilidad”. El bautismo no crea una superioridad de los cristianos sobre los no cristianos sino una mayor responsabilidad frente a todos. No les da un motivo de orgullo sino más bien una incitación a un amor que no condena sino que abre al mundo; no es signo de dominio sobre los demás sino de servicio. El bautismo “responsable” implica siempre la disposición a hacer que ese amor, que a la manera de Jesús puede llevar hasta la muerte, resulte trasparente en la propia existencia para el mundo que nos rodea. Esto implica revisar algunas concepciones tradicionales del bautismo. Pensarlo como rito para purificar, lavar, limpiar los pecados es volverlo uno rito mistérico (propio de la religión griega). Sumergir no significa ni purificar ni lavar ni limpiar ni bañar. Si la pasión y muerte de Jesús se toma metafóricamente como un líquido, lo que hace el bautismo es saturar nuestra vida para “chorrearla” por doquier. Está claro que el agua del bautismo es ese simbolismo. Un bautizado es una persona tan transformada por el Resucitado, que es a la vez el Crucificado, que repite en su vida el proceso de salvación, algo imposible sin la gracia.