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Mundo, demonio y pecado contra el espíritu

  •   Domingo Junio 10 de 2018
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.
  •    Ordinario

El mundo como un campo de batalla disputado por el bien, el mal y el hombre (o Dios, el hombre y el demonio) es una visión tan esquemática como atractiva pero igualmente riesgosa.


Era la imagen del zoroastrismo, religión de los persas que conocieron los judíos en el destierro a Babilonia. Algunos efectos perduraron y permearon el pensamiento judío, y por qué no decirlo, también el cristianismo. Que la creación sea buena toda ella, sin animales puros e impuros, sin maldad en todas sus leyes físico-químicas, no es una creencia tan extendida y en parte responsable del desequilibrio ecológico contemporáneo.

Los demonios representados como animales —teriomorfismo, prohibido en el judaísmo—han tenido efectos fatales en la cultura. El zoroastrismo estaba lleno de espíritus buenos y males (ángeles y demonios) que jugaban con el ser humano e igualmente de poderes de “este mundo” que invadían, sometían, destruían otros pueblos. La peor herencia del zoroastrismo es su dualismo que hace de todos los seres derivados en última instancia de dos principios contrastantes en lo metafísico y en lo moral; lucha perpetua de bien y mal, luz y sombras, dioses malos creadores y dioses buenos salvadores.

Sus impugnadores fueron los profetas de Israel que sostenían que solamente Yahvéh era el origen de la luz y la oscuridad, de los bienes y los males . El más fuerte y resistente dualismo nos viene del pensamiento griego (Platón y su oposición de espíritu y materia) que recorre el pensamiento de la Edad Media con el dualismo “esta vida” y la “otra vida”, el desprecio de este mundo, por encima de la bendición en esta vida y el universo físico y su disfrute como esencialmente buenos capaces de santificación y consagración al servicio de Dios .

Decía la leyenda judía que tendríamos que dar cuentas a Yahvéh por no haber disfrutado (no explotado) todo lo que nos dio en la creación. El “dualismo” bíblico y cristiano estriba en la radical diferencia entre Dios como creador y la contingencia de los demás seres creados que no pueden identificarse con él como en el monismo o el panteísmo. Esto hace que propiamente hablando no hay más que un espíritu y es el de Dios. Es el que anima a Jesús y nos deja en el Paráclito o espíritu del Resucitado. La multitud de “espíritus” que hemos creado, son objeto de otras reflexiones como la sicología, la siquiatría, la literatura, el romanticismo, el inconsciente personal y colectivo.

A veces el lenguaje de los evangelios recurre a las concepciones populares inficionadas de dualismo, como en el evangelio de hoy. En los relatos de curaciones, acríticamente leídos, Jesús aparece como creyente en la existencia de demonios productores de enfermedades (epilepsia, sordera, mudez) como en las expulsiones. Sin los demonios no hay iglesia de garaje que subsista.

La lucha de fuerzas contrapuestas se inicia con el mismo Jesús a quien sus parientes creen “fuera de sí” que algunas biblias traducen por loco; los escribas lo califican compinche de Belcebú; sus parientes lo consideran uno de los suyos con derechos sobre él; Jesús considera que en todo ello se puede esconder el “pecado contra el Espíritu”; el “pecado” se constituye en una carga eterna. Belcebú era precisamente uno de los dioses persas y significa “señor de las moscas” o “señor del estiércol”. Jesús sería entonces tenido por un poseso necesitado de una expulsión a manos de los judíos. Ilustra el conflicto interior serio de quien “blasfema” contra el Espíritu.

El mundo entendido como un campo de batalla eterno no produce sino vencedores y vencidos pasajeros que engendran nuevos conflictos. Es el caso de la guerra civil; si el criterio de legitimidad es la fuerza, nunca habrá uno que no suscite otro más fuerte, como en el ejemplo de quien guarda su casa. De ahí que la salvación, según Pablo, no nos llega por “el más fuerte” (lo eran Herodes, Pilato, Anás, Caifás, el César) sino por el que se abaja, se vacía y toma la forma de esclavo. Es lo que Jesús recomienda a los suyos: el que quiera ser primero sea el servidor de todos; el que quiera ser primero que sea el último; deben lavarse los pies unos a otros; deben hacer como el buen Samaritano.

Los demonios ocupan un lugar más folclórico que doctrinal en el judaísmo aunque su literatura apocalíptica usa un lenguaje dualista. Aparecen en sus leyendas (Hagadá) y no en sus prescripciones (Halaká). Pero las luchas de Jesús se dan en otro campo, contra la falta de misericordia, escaso compartir, exclusión, marginación, desprecio de los pequeños, las mujeres, los niños. En términos de hoy podemos decir que los poderes opuestos al evangelio son los de la muerte (Caín y Abel) expresados en el racismo, la xenofobia, el sexismo, las castas, la opresión, la explotación económica, el militarismo, la violación de los derechos humanos, el uso indebido de la ciencia y la tecnología, la degradación ambiental. Ninguno de ellos surgido de “demonios” desconocidos. En las tentaciones en el desierto, narradas con mayor amplitud en Mateo, rechaza Jesús precisamente la salvación por el poder sobre las piedras, sobre los reinos, sobre el Templo. Es la salvación prometida por conquistadores, guerreros y dominadores la rechazada e infortunadamente asociada a la persona de Jesús. Pero su predicación, sus enseñanzas, sus acciones, el reinado de Dios no pueden separarse de su persona.

El pecado en el hombre no puede separarse por cirugía. El hombre, según la Biblia, es imagen y semejanza de Dios. Una imagen recibida por su misma naturaleza y una semejanza que se le revela en Cristo. Si renuncia a dicha semejanza se reduce a una creatura más del cosmos; desconoce su propia trascendencia. Su pecado contra el Espíritu se concretiza en sus “muchos pecados” contra las creaturas (no solamente los hombres). Puede incluso alcanzar fama, conquistar, atesorar, acumular poder, saber y otros bienes más, pero difícilmente construir reinado de Dios. Ha perdido la dinámica de la conversión, del cambio, de la gracia dada como misión o tarea: la semejanza divina. Como dice la teología ortodoxa: Dios se hizo hombre para que el hombre se hiciese Dios; algo imposible si se niega el Espíritu y nos contentamos con la razón (siempre instrumental, es decir, interesada). En una crítica pastoral nada despreciable, se ha dicho igualmente que en términos prácticos, el pecado que parece imperdonable se ha asociado con el sacramento del matrimonio. Cuando las situaciones espirituales y sicológicas, las tensiones en la pareja, ya no reflejan pasión y resurrección (muerte y resurrección son las causas de nuestra salvación), acompañada a menudo la separación física, sin vida común, parece que el divorcio fuera el pecado que nunca se perdona, al menos para algunos católicos. Los ortodoxos aplican la “economía de la gracia” para segundas y hasta terceras nupcias con bendición eclesiástica.