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Los parientes de Jesús decían que se había vuelto loco

  •   Domingo Junio 10 de 2018
  •   El mensaje del Domingo
  •    Gabriel Jaime Pérez Montoya, S.J.
  •    Ordinario

En aquel tiempo entró Jesús en una casa, y otra vez se juntó tanta gente, que ni siquiera podían comer él y sus discípulos. Cuando lo supieron los parientes de Jesús, fueron a llevárselo, pues decían que se había vuelto loco.


También los maestros de la ley que habían llegado de Jerusalén decían: «Beelzebú, el propio jefe de los demonios, es quien le ha dado a este hombre el poder de expulsarlos.» Jesús los llamó, y les puso un ejemplo, diciendo: «¿Cómo puede Satanás expulsar al propio Satanás? Un país dividido en bandos enemigos no puede mantenerse, y una familia dividida no puede mantenerse. Así también, si Satanás se divide y se levanta contra sí mismo, no podrá mantenerse; habrá llegado su fin.»

Nadie puede entrar en la casa de un hombre fuerte y robarle sus cosas, si no lo ata primero; solamente así podrá robárselas. Les aseguro que Dios dará su perdón a los hombres por todos los pecados y todo lo malo que digan; pero el que ofenda con sus palabras al Espíritu Santo, nunca tendrá perdón, sino que será culpable para siempre.» Esto lo dijo Jesús porque ellos afirmaban que tenía un espíritu impuro. Entre tanto llegaron la madre y los hermanos de Jesús, pero se quedaron afuera y mandaron llamarlo. La gente que estaba sentada alrededor de Jesús le dijo: —Tu madre, tus hermanos y tus hermanas están afuera, y te buscan. Él les contestó: «¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Luego, mirando a los que estaban sentados a su alrededor, añadió: —Éstos son mi madre y mis hermanos. Pues cualquiera que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.» (Marcos 3, 20-35).

Este pasaje del Evangelio nos ofrece tres temas que podemos aplicar a nuestra necesidad de conocer a Jesús y entender sus enseñanzas iluminados por el Espíritu Santo, que es Dios mismo, para comprender desde la fe el sentido de ellas y realizar lo que significan.

1. Los parientes de Jesús decían que se había vuelto loco

El evangelista se refiere a “los parientes de Jesús”, y más adelante especifica que son “su madre y sus hermanos”. A este respecto dice el Catecismo de la Iglesia Católica (No. 500): “La Iglesia siempre ha entendido estos pasajes como no referidos a otros hijos de la Virgen María; en efecto, Santiago y José "hermanos de Jesús" (Mateo 13, 55) son los hijos de una María discípula de Cristo (cf. Mateo 27, 56) que se designa de manera significativa como "la otra María" (Mateo 28, 1). Se trata de parientes próximos de Jesús, según una expresión conocida del Antiguo Testamento (cf. Génesis 13, 8; 14, 16; 29,15)”.

Ahora bien, la comprensión por parte de estos parientes acerca del sentido de la vida y misión de Jesús, de sus palabras y acciones, no fue inmediata, sino que se fue dando a través de un proceso que los llevó a ir entendiéndolas primero poco a poco, y luego completamente después de su resurrección, gracias a la iluminación que recibieron del Espíritu Santo. El Evangelio de Lucas, por ejemplo, dice que, ante los acontecimientos de la infancia de Jesús, como cuando éste se quedó en el Templo de Jerusalén a los 12 años, María -tampoco José- no entendió el comportamiento de su hijo, pero “guardaba todas estas cosas en su corazón” (2, 48-51).

Por ello es comprensible que muchos coterráneos de Jesús, entre ellos quienes lo habían visto crecer en Nazaret, pensaran que no estaba en sus cabales, pues lo que decía y hacía no correspondía a lo que se consideraba entonces como socialmente aceptable. Su predicación y sus acciones iban en contravía de lo que podemos llamar “el sentido común” de sus coterráneos y de la misma religión judía tal como entonces se entendía y practicaba según las prescripciones impuestas generalmente por los “doctores de la ley”.

2. El que ofenda con sus palabras al Espíritu Santo, nunca tendrá perdón

Y es precisamente de esos doctores de quienes proviene la idea de calificar a Jesús ya no simplemente como quien ha perdido la razón, sino además como un “endemoniado”. Sus acciones milagrosas que liberaban del mal a quienes padecían enfermedades mentales, las cuales eran consideradas como efectos de posesión diabólica, dieron ocasión a aquellos maestros para decir que no eran obra de Dios, sino de “Beelzebú” (ridiculización del antiguo dios pagano llamado Baal Sabaoth -Señor de los Ejércitos- y apodado irónicamente por los judíos con el mote Beel Zebú -Señor de las Moscas-) o “Satanás” (término hebreo que significa el opositor o el adversario de Dios).

Y esto le da por su parte ocasión a Jesús, no sólo de exponer la alegoría de la familia o el país que al estar en división no pueden subsistir, sino además de decir que quienes rechazan la misericordia de Dios que se manifiesta a través de sus obras sanadoras, se cierran de tal forma a ella que en sus vidas no puede entrar el perdón, pues se resisten tanto a darlo como a recibirlo, al considerarse a sí mismos como perfectos, no necesitados de salvación. Tal es el significado de la alusión de Jesús al “pecado contra el Espíritu Santo”. Dios ofrece siempre el perdón, pero quien rechaza esta oferta se cierra por su soberbia a perdonar y ser perdonado.

3. Cualquiera que hace la voluntad de Dios es mi hermano, mi hermana, mi madre

El tercer tema del pasaje evangélico de este domingo constituye una enseñanza clave de Jesús sobre la forma auténtica de relacionarnos con Él, y por lo mismo con Dios, de cuya misericordia infinita es Él el rostro visible. Al final del relato, Marcos especifica que los “parientes” de Jesús son su madre, sus hermanos y hermanas. La respuesta de Jesús a quienes le dicen que ellos lo están buscando, en principio parece desconcertante y hasta despectiva, como si no le importaran. Sin embargo, no es así. De hecho, lo que Jesús dice es que la relación con Dios -a quien Él revela como Dios hecho hombre- no es valiosa por razón de una consanguinidad física, sino que va mucho más allá de ésta.

Se trata de un parentesco espiritual que se establece mediante el cumplimiento de la voluntad de Dios, que es voluntad de amor, es decir, de “ágape”, en el sentido de este término griego que se emplea en el Nuevo Testamento para expresar en una palabra lo que es Dios (“Dios es amor -ágape-): el amor de autodonación de las personas entre sí para construir comunidad, la familia de los hijos e hijas de Dios que por serlo se comportan entre sí como hermanos y hermanas de Jesús. A esto estamos invitados por Dios mismo quienes escuchamos su Palabra; y quien atendió más completamente esta invitación, fue precisamente María, la madre de Jesús: “Yo soy la servidora del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lucas 1, 38).