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“(...) decían que se había vuelto loco”

  •   Domingo Junio 10 de 2018
  •   Encuentros con la Palabra
  •    Hermann Rodríguez Osorio, S.J.
  •    Ordinario

Hace algún tiempo leí una columna de Mario Mendoza en el periódico El Tiempo titulada La Envidia. El autor contaba una historia de un pescador que tenía un balde lleno de langostas vivas en un rincón del puerto.


“Un extranjero se acercó y le advirtió que uno de los animales estaba a punto de salirse del balde. El pescador, sin levantar siquiera la mirada y continuando con su labor de doblar las redes, le dijo: – No hay problema, no pasa nada. – Pero se le puede escapar – replicó el extranjero, sin entender la situación. Entonces el pescador se sonrió y explicó con una sonrisa en los labios. – Son langostas colombianas, míster. Si una de ellas quiere salir del balde y está ya al borde, las otras se encargan de regresarla al fondo”.

El artículo terminaba diciendo: “Por eso dicen que un colombiano es más inteligente que un extranjero, pero que dos extranjeros son más inteligentes que dos colombianos. ¿Por qué? Porque dos colombianos juntos, en lugar de hacer equipo, se dedicarán a pelear y a tratar de que el otro no haga nada hasta que ambos terminen enterrados, como langostas en el fondo de un balde”. Este ejemplo, aplicado a los colombianos, podría servir también para explicar lo que sucede entre las personas que buscan sobresalir hundiendo a los que tienen a su lado.

El texto evangélico que leemos hoy en la liturgia dominical, muestra cómo los familiares de Jesús querían llevárselo porque decían que se había vuelto loco. Y, por otra parte, “los maestros de la ley que habían llegado de Jerusalén decían: ‘Beelzebú, el propio jefe de los demonios, es quien le ha dado a este hombre el poder de expulsarlos”. Pero Jesús se defendió con este ejemplo: “¿Cómo puede Satanás expulsar al propio Satanás? Un país dividido en bandos enemigos, no puede mantenerse; y una familia dividida, no puede mantenerse. Así también, si Satanás se divide y se levanta contra sí mismo, no podrá mantenerse; habrá llegado su fin. Nadie puede entrar en la casa de un hombre fuerte y quitarle lo que le pertenece, si no lo ata primero; solamente así podrá quitárselo”.

La envidia de las personas impide que el que está haciendo un bien, pueda continuar con su labor a favor de los demás. Es muy frecuente que las personas más cercanas se sientan desplazadas o relegadas ante el éxito de uno de los miembros de una comunidad. No nos gusta que a los que tenemos cerca les vaya bien. Nos parece que si a los otros les va bien, a nosotros nos irá mal. Y haremos todo lo que está de nuestra parte para evitar que nuestros vecinos tengan éxito. Lo triste de la vida es que cuando nuestros vecinos fracasan en sus proyectos, la fuerza de su derrumbamiento, nos arrastra también a nosotros a la catástrofe. Por eso el Señor es tan severo en este caso: “Les aseguro que Dios dará su perdón a los hombres por todos los pecados y todo lo malo que digan: pero al que ofenda con sus palabras al Espíritu Santo, nunca lo perdonará, sino que será culpable para siempre. Esto lo dijo Jesús porque ellos afirmaban que tenía un espíritu impuro”.

Tal vez la pregunta que podríamos hacernos hoy sería si nosotros estamos negando la presencia y la acción de Dios en aquellos que a nuestro alrededor están teniendo éxito. Tenemos que pensar si nuestra actitud es la de las langostas colombianas que se encargan de regresar al fondo del balde a la que quiera sobresalir y alcanzar la libertad.