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Breves lecciones de Antropología

  •   Domingo Junio 10 de 2018
  •   Pistas para la Homilía del Domingo
  •    Jorge Humberto Peláez Piedrahita, S.J.
  •    Ordinario

Las lecturas de este domingo nos ofrecen elementos muy ricos para profundizar en el conocimiento de la naturaleza humana. Podríamos decir que tenemos ante nosotros un capítulo de un curso de Antropología Bíblica.


¿Qué queremos afirmar? Estos textos nos ofrecen elementos iluminadores para comprender el misterio del ser humano, cuya complejidad no puede ser abordada exclusivamente por alguna de las Ciencias Humanas o Sociales; la sabiduría condensada en las Sagradas Escrituras ciertamente nos ayudará en la comprensión de nuestra compleja realidad. El comportamiento del ser humano, como individuo y como comunidad, es una veta inagotable para los investigadores. Los invito, pues, a explorar los elementos que nos ofrecen las lecturas de este X domingo del Tiempo Ordinario.

Empecemos por el libro del Génesis. El relato nos sitúa en una escenografía que recoge elementos provenientes de la literatura del Próximo Oriente: un jardín con exquisitas flores y frutos y una pareja que disfrutaba de las condiciones ideales para el amor y la felicidad. ¿Qué más podría desear esta pareja? Antes de seguir adelante, es importante recordar que no podemos hacer una lectura histórica de estos textos como si ese jardín pudiera ser localizado en un lugar preciso y estuviera registrado en el “catastro” de un algún municipio; tampoco podemos pretender que los protagonistas, Adán y Eva, pertenecieran a la vida real y tuvieran un documento de identidad. Estamos ante un relato que no pretende ser histórico, sino que tiene un profundo contenido simbólico y nos permite profundizar en la naturaleza humana con sus incertidumbres y búsquedas.

Pues bien, esta pareja ideal, que vivía en unas condiciones insuperables, tenía una sola restricción: no podía comer de uno de los árboles del jardín. Y esa única restricción se convirtió en su desgracia. Teniéndolo todo, quisieron ser como dioses. Este texto, con sus imágenes llenas de colorido, una serpiente que habla y una manzana que da un conocimiento superior, nos pone de manifiesto el drama de la ambición humana, que no conoce límites. Esta insatisfacción estructural del ser humano nos puede conducir a las cumbres del altruismo, del desarrollo científico y de la transformación social, como también a las peores transgresiones de la ética con tal de obtener las metas que nos hemos propuesto. Este texto del libro del Génesis, cargado de simbolismos orientales, nos invita a reflexionar sobre la ambición humana y cómo la tentación hace parte de nuestra agenda como seres humanos.

Además, este texto pone en evidencia otro rasgo de la condición humana, que es la dificultad para asumir el precio de las decisiones que tomamos:
Adán responsabiliza a Eva: “La mujer que me diste por compañera me ofreció del fruto del árbol y comí”
Eva responsabiliza a la serpiente: “La serpiente me engañó y comí”

Interesantes lecciones sobre la ambigüedad del ser humano que siempre está buscando nuestras experiencias y satisfacciones, pero que evita pagar el precio de sus errores.

Si nos quedáramos en esta primera lectura, el horizonte parecería incierto, aunque al final del texto aparece el anuncio de una mujer que estará destinada a cumplir una misión muy especial… Afortunadamente, el Salmo 129 nos clarifica el futuro.

La Antropología bíblica hace una lectura optimista del futuro, no por lo que es el ser humano en sí mismo, sino por la presencia del amor misericordioso de Dios. Esta convicción la expresa hermosamente el Salmista: “Si conservaras el recuerdo de las culpas, ¿quién habría, Señor, que se salvara? Pero de ti procede el perdón, por eso con amor te veneramos. Confío en el Señor, mi alma espera y confía en su palabra, mucho más que a la aurora el centinela”.

Estas palabras del salmista nos producen una profunda paz. Ciertamente, los seres humanos somos complejos, llenos de contradicciones. Muchas veces ni nosotros mismos entendemos por qué reaccionamos de una determinada manera. Pero todo este desorden es asumido por el amor misericordioso de Dios, que nos acoge como hijos.

Al comienzo de esta meditación, decíamos que los textos bíblicos de esta liturgia nos ofrecen elementos valiosos de Antropología bíblica, que nos permiten profundizar en esa compleja realidad que es nuestra condición humana. En la II Carta de san Pablo a los Corintios, encontramos unas sabias observaciones a propósito del natural deterioro de la condición biológica; los años van dejando su huella; con el paso del tiempo, las fuerzas van disminuyendo. Para muchas personas, esta dura realidad que nos impone la Biología es fuente de tristeza y depresión.

En su II Carta a los Corintios, san Pablo hace una lectura diferente de la vejez: no significa, necesariamente, deterioro, sino crecimiento. Leamos atentamente sus reflexiones: “Aunque nuestro cuerpo se va desgastando, nuestro espíritu se renueva cada día. Nuestros sufrimientos momentáneos y ligeros nos producen una riqueza eterna, una gloria que los sobrepasa con exceso”. La mirada puesta en la trascendencia nos ayuda a relativizar las molestias y las fragilidades de la condición humana.

Estos tres textos propuestos por la liturgia nos ofrecen unas Breves lecciones de Antropología bíblica:

Procuremos hacer claridad sobre nuestras insatisfacciones profundas que nos llevan a buscar otro tipo de compensaciones. Adán y Eva, personajes de profundo contenido simbólico, lo tenían todo, pero no resistieron tener que respetar la única restricción que se les fijó. ¿Por qué somos así? Además, nos da mucho trabajo asumir el precio de nuestros errores y buscamos chivos expiatorios a quienes podamos atribuir la culpa.

El Salmo 129 nos dice que una Antropología integral tiene que incorporar el amor misericordioso de Dios; sin Él, estaremos haciendo una lectura incompleta del ser humano y nos hundiremos en la desesperanza.

San Pablo enriquece estas breves lecciones de Antropología haciendo una lectura positiva de los males de la vejez; la Pascua nos permite interpretar la muerte no como destrucción sino como un tránsito; de la misma manera, aunque nuestro cuerpo se deteriora, nuestro espíritu se renueva cada día.