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Juan Bautista

  •   Domingo Junio 24 de 2018
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.
  •    Ordinario

Habiendo adoptado los cristianos rápidamente el rito bautismal, es lógico que vieran en Juan Bautista (sumergidor, en el original hebreo) una figura en consonancia con sus prácticas. Sin embargo el bautismo de Juan, que llamaba a la conversión igual que Jesús en su predicación, tenía como objeto refundar el pueblo de Israel y evitar el juicio divino.


De acuerdo con el testimonio de los sinópticos, la predicación de Jesús se asemeja a la de Juan Bautista por el llamado a la conversión pero la diferencia entre ambos es clara, ya que Jesús no remite a otro que vendrá después que él, como hace el bautista, sino que él mismo considera que con su venida hace irrupción la manifestación decisiva de Dios. En otras palabras, el bautismo de Juan era la última oportunidad para salvarse. El bautismo de los creyentes era sumergirse en la pasión y muerte de Jesús para ser como él resucitados. En otras palabras, el bautismo cristiano no es posible entenderlo totalmente con la mera vida pública de Jesús.

La resurrección le es un elemento esencial. El bautismo era para que viniera el reinado de Dios o porque ya había llegado. Jesús se distingue claramente del Bautista y de todos los profetas del Antiguo Testamento porque la salvación está ya presente en él: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la buena noticia. Si teológicamente la muerte de Jesús se asoció al pecado, la vida nueva se asociaba a la resurrección. Juan Bautista es pues una bisagra compleja entre las Escrituras Hebreas y las Escrituras Griegas.

Para Tertuliano el Bautista marca el punto en que cesa el judaísmo y empieza el cristianismo. Algunos rasgos del Bautista, como su vestido, comida, vida en el desierto, hacen pensar que pudo ser miembro o simpatizante de los monjes de Qumrán. Estos tenían muchas abluciones de purificación, similares al bautismo. En el judaísmo tradicional era un rito para los prosélitos solamente, es decir, para quienes se convertían al judaísmo. Pero los prosélitos se sumergían a sí mismos, como hacían los judíos sus propias abluciones, mientras que en el novedoso bautismo de Juan es éste quien los sumerge. En el cristianismo el bautismo lo administraba otro, como con el Bautista, a quienes se convertían en cristianos. Luego se incluyó el ritual de la aspersión con agua y ablución, paralelamente con la inmersión total, el bautismo de deseo y el bautismo de sangre (morir a la manera de Jesús). Hay similitud entre el Bautista quien predica que la pertenencia a la raza de Abrahán no es suficiente para salvarse y Jesús que predica la salvación para todos: judíos y griegos (no judíos).

La identificación mayor que se hizo del Bautista fue con el profeta Elías, quien dentro de sus muchas funciones, cumplía la de ser precursor del Mesías. No obstante, el Bautista se caracteriza por su ascetismo, algo que no aparece en Jesús. Habría vivido como eremita en el desierto. El bautismo de Jesús por parte de Juan es atestiguado en Marcos, objeto de disputa en Mateo, no expreso en Lucas y desaparecido en Juan. El bautismo cristiano, como rito, tiene pues sus antecedentes en el bautismo de los prosélitos y en el de Juan el Bautista, aunque el significado difiere hondamente. El Jordán, célebre desde Eliseo como medio de salvación y con Naamán el sirio, se convierte en sede de la actividad simbólico-profética del Bautista, el lugar del bautismo de Jesús y revelación del Espíritu.

El nacimiento del Bautista se enmarca en Yahvéh que mira los oprobios de sus hijos. Es el caso del nacimiento de Isaac de Abrahán y al de Juan Bautista de Zacarías, ambos viejos y maridos de dos mujeres estériles. Los acontecimientos de la infancia del Bautista, re-leídos mediante alusiones e interpretaciones actualizantes procedentes del Antiguo Testamento, se ponen en paralelo con los sucesos de la infancia de Jesús, evidenciando la superioridad y la misión divina del último. Reflejan la fe madura y la reflexión más profunda de la Iglesia luego de la experiencia pascual.

La circuncisión se llevaba a cabo al octavo día del nacimiento. Así lo exigía la ley: «Esto es lo que has de observar tú y tu descendencia después de ti: circuncidad todo varón. Circuncidaréis la carne de vuestro prepucio, y ésa será la señal del pacto entre mí y vosotros. A los ocho días de nacido, todo varón será circuncidado» (Gn 17:10). A la circuncisión va ligada la imposición del nombre. El derecho de fijar el nombre del niño corresponde al padre. En Lucas el nombre de Jesús es revelado a María. En este caso Isabel elige el nombre de Juan porque con espíritu profético lo ha sabido. Esto extraña a los presentes que siguen las costumbres antiguas.

El Espíritu no guía siempre conforme a los planes humanos sino que también puede contradecirlos. Zacarías, con la tablilla recubierta de cera, confirma el nombre que ha dado Isabel. La imposición del nombre tenía un sentido especial desde el Génesis cuando Adán nombra los animales. El nombre del niño significa: Dios es misericordioso. Era el hijo que añoraban y por el que pedían en el Templo. Del pequeño círculo de los vecinos y parientes de la casa sacerdotal sale y se extiende por toda la montaña de Judea la noticia del nacimiento de Juan.

Los oyentes guardaban lo que oían en su corazón, expresión que usa Lucas dos veces con María quien guarda igualmente en su corazón lo que no entiende o la deja perpleja. Allí pueden adquirir mayor sentido que en la discusión pública. No son siempre uniformes las costumbres en un pueblo. Se dice que en Israel el nombre era puesto generalmente en el momento del nacimiento, en la intimidad de la casa. Lucas, que según se dice dirige su evangelio a los creyentes de Atenas, se ha dejado influenciar, probablemente por la costumbre griega, según la cual, efectivamente se ponían los nombres 8 días (9 en caso de ser chico) después del nacimiento. No solamente Lucas ha metido en el mismo saco circuncisión e imposición del nombre, sino que ha simplificado en cierto modo la situación al decir que los vecinos querían llamarle Zacarías como su padre. También en la purificación de María junta Lucas el rescate y la presentación para presentar las palabras proféticas en el Templo. El que da el nombre es por regla general el padre y a veces la madre, poniéndole casi siempre el nombre del abuelo y raras veces el del padre; igual se acostumbra en algunas regiones de Colombia. Por otro lado, el nombre de Juan que le da su madre iba contra la costumbre: «Nadie hay en tu parentela con ese nombre».

Al coincidir el nombre con el deseo de Zacarías, la intención de Lucas es decirnos que el nombre de Juan es de origen divino, porque todo está enmarcado en la providencia divina. Una característica del judaísmo que se nota claramente en la Biblia, es el deseo de releer lo que ha sucedido a la luz del pasado más remoto y del cumplimiento de las promesas al pueblo. Así, lo novedoso aparece como sorprendente pero a la vez como anunciado y conocido por Yahvéh. Esta manera de interpretar su historia les permite mantener viva la esperanza de que en algún momento del futuro se revele la plenitud de una historia a menudo zigzagueante. Al final se aplican al Bautista unas palabras similares a las aplicadas a Jesús cuando regresa de Jerusalén con sus padres a los doce años: «El niño crecía y su espíritu se fortalecía». Pero mientras el Bautista lo hace en el desierto, Jesús en su casa o tribu (no es el concepto actual de familia).