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Hija de Jairo y Hemorroisa

  •   Domingo Julio 01 de 2018
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.
  •    Ordinario

Los relatos de curaciones recogidos, como todo el evangelio, de lo que conservaba la comunidad cristiana, son un género que sufre muchos cambios, igual que hoy en día con similares narraciones.


En el evangelio de Mateo se trata del hijo de un centurión similar al de la hija de Jairo (jefe de la sinagoga); en Juan se trata del hijo de un funcionario real de Cafarnaún y Jesús en Galilea; en Lucas es un esclavo de un centurión y Jesús está en Cafarnaún.

Más que la curación en sí, los relatos resaltan la fe de quien busca ayuda, el poder de la palabra de Jesús, la indignidad que siente el centurión. En Marcos, Jesús va hasta la casa de la enferma y recibe la burla de los observadores por considerarla dormida. La palaba pronunciada Talita-kumi es inmediatamente traducida para evitar cualquier sentido mágico. Marcos enfatiza la preocupación de Jesús por el alimento (como narra dos veces la repartición de panes: una para los judíos y otra para los gentiles). Defiende la primacía del hambre de David y sus soldados frente a las prescripciones de la Torah sobre el sábado. Su preocupación por los necesitados es constante en este evangelio. De ahí que insiste en que le den de comer a la enferma, como insiste que alimenten a las multitudes en un lugar despoblado. La sirofenicia suplica por las migajas que caen de la mesa.

Al final Jesús mismo es la comida cuando entrega el pan identificándolo con su cuerpo. En general, los discípulos permanecen al margen del sentido más hondo de las curaciones —el endemoniado de Gerasa, la hemorroísa por doce años, la curación de la hija de Jairo— e igual sentimiento hay en la multitud. Es claro en todo el evangelio que el seguimiento de Jesús es en la pasión y no en la espectacularidad. Escoge solamente tres discípulos para que lo acompañen en la curación, los mismos que escoge para la Transfiguración: Pedro, Santiago y Juan. A Pedro lo reprende por no entender la pasión, llamándolo Satanás y a los otros dos (Santiago y Juan) que buscan puestos en el reino venidero les contesta con la pasión. Pedro, Santiago y Juan son los tres más cercanos en Getsemaní y se quedan dormidos.

Tanto la hemorroísa (una traducción más literal sería la mujer con desarreglos menstruales) como la niña (si estaba muerta) serían impuras y no podrían tocarse. La cifra de “doce años” parece tener un sentido simbólico pues se consideraba la edad en que venía la regla a la mujer judía. Los profetas utilizaron la imagen de la mujer menstruante como metáfora de Israel impuro por la idolatría. Así, en un lenguaje metafórico curar la hemorroísa sería curar la idolatría o un viraje en la manera de mirar la mujer. Aún en el siglo V se discutía si una mujer en tal estado podía entrar a un templo. En el relato Marcos combina el lenguaje folclórico con el litúrgico. El giro aparece en el verbo “tocar” que no marca aún el clímax del relato, como a menudo se ve en comentarios. Éste se presenta en el diálogo que tiene Jesús con la hemorroísa que termina en: «Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad». A los discípulos, por el contrario, les había reprochado su falta de fe. Esto apunta más a una sanación moral, de reconocimiento de su dignidad a pesar del pensamiento de su época. Hecho realzado porque la mujer se acerca a Jesús con temor y temblor. Pero a nivel popular pesa más el tocar que tiene, entre otras cosas, un sentido bastante judaizante. Lo que toca la mujer son las fimbrias (tzit-tzit, en hebreo) o flecos propios de la vestidura judía y que representaban, en número de cuatro, la necesidad de recordar y guardar los mandatos de Moisés en toda ocasión y lugar (oriente, occidente, norte y sur).

Tocar es una de las herencias del animismo en todas las religiones. Quien tocara el Arca de la Alianza moriría; quien tocaba algo impuro necesitaba de purificación. Pero igualmente a la inversa: tocar personas o cosas sagradas o santas transmitía santidad, curación, buena suerte, protección. Es común a todas las religiones el uso de los sentidos: vista, oído, tacto, olfato y gusto a los que se les añade el sentido cinestésico (posición del cuerpo, danza cultual), la sensación térmica (caliente y frio) y la sensación de dolor o placer. Todos ellos entran en la vida sacramental: saludo de la paz, abrazo, ósculo, aplauso, unción son todos actos de tocar. En el culto a las reliquias se asociaba el tocar a su efectividad. Su sangre, huesos o cenizas se consideraban reliquias de primera clase. En segundo orden venían aquellas que el santo o mártir había tocado directamente o a través de sus reliquias primarias, como vestidos y otros objetos. Se esperaba efecto mediato como garantizar protección en tiempo de peligro (tormentas, guerras), curación de enfermedades, garantía para el juicio final. Comportamiento similar se registra entre los griegos de la antigüedad con sus héroes, musulmanes, hinduistas, budistas y otras religiones.

Los amuletos debían llevar alguna reliquia. Constantino llevaba un clavo, supuestamente de la cruz de Cristo, en su corona y otro en el arnés de su caballo. La Reforma abolió para sus fieles tales prácticas. El concilio de Trento afirma que no se venera la reliquia sino lo que representa. El Vaticano II prohíbe su mercadeo. Hoy su estudio está más en manos de la sociología y sicología religiosas que de la teología. El judaísmo, con su prohibición de imágenes que pudieran volverse objeto de culto o idolatría dejó por fuera el arte como medio de adoración de Yahvéh. En el cristianismo, con Gregorio Magno, se acepta como literatura para los iletrados o los laicos. Sin embargo, el desarrollo estético occidental cristiano, muy influenciado por el arte griego, logró una perfección técnica que a menudo riñe con lo religioso. Jerónimo Savonarola, monje del siglo XV lanzaba esta crítica a los pintores de su época: “No pintáis la purísima Virgen, sino prostitutas”. Se dice que la mezcla casi morbosa de sensualidad y mística aparece de forma crasa en la imagen de la Mater Dei (madre de Dios) de la catedral de Münster (Alemania). El judaísmo y ciertamente también el cristianismo, privilegió el oído entre todos los sentidos.

A Yavhéh se le escuchaba de manera permanente en la Torah, los profetas y el diálogo interior. La religión griega privilegiaba la vista y sus dioses podían esculpirse en mármol para mirarlos y tocarlos. El argumento cristiano, bastante debatido en las guerras iconoclastas, era que Dios se había hecho sensible (visible, palpable, audible, degustable) con su encarnación. Ubicar el incidente con la mujer con flujo de sangre en el centro de otro relato (hija de Jairo) parece sugerir que es la clave de lectura. Terminar con la resurrección de la hija de Jairo sugiere que todo el relato está asociado a la resurrección. También allí las mujeres aparecen con temor y temblor ante la experiencia de la tumba vacía y los posteriores incidentes. Incluso con su doble vertiente de la resurrección esperada y la que ya debe actuar en esta vida, como lo sostiene Pablo. El creyente ya ha resucitado. La mujer ha resucitado de su tortuoso camino de médicos y remedios que quizás la hacían sentir peor: sin esperanza para la vida y segregada por la sociedad de su época.