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Incredulidad

  •   Domingo Julio 08 de 2018
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.
  •    Ordinario

En los primeros siglos de la Iglesia, existió un grupo de sus Padres que simultáneamente se llamaron apologistas (como Justino, Ireneo, Agustín) que entendieron su misión, no solamente de explicar el cristianismo sino también de defenderlo como la única posición razonable y a menudo desfigurando o ridiculizando otras creencias.


El evangelio nos dice que no es algo nuevo pues en la vida pública de Jesús hubo muchos que no le creyeron, incluyendo los de su patria chica (¿Cafarnaún? ¿Nazaret?). Cuando el cristianismo se hizo religión oficial del imperio romano, lo riesgoso no era ser creyente sino el no serlo. Los cristianos tuvieron sus prerrogativas y muchos no-cristianos sus persecuciones. Anselmo de Canterbury, monje del siglo XI, se propuso demostrar la existencia de Dios y Jesucristo por la mera razón. Aunque aportó mucho a la filosofía, en teología nos dejó muchas cuentas pendientes. El no creyente simplemente era insensato, irracional, incoherente. Las Cruzadas fueron una de las reacciones incomprensibles hoy contra los musulmanes, catalogados de herejes . También los judíos fueron víctimas en más de una ocasión. El Vaticano II reconoce las objeciones de muchos no creyentes y ateos en buena parte debidas a la vida de los cristianos. Los fundamentalistas siguen, en general, la actitud apologética del pasado que les impide reconocer lo bueno en otras religiones. Miguel Bayo (siglo XVI) llega a decir que “todas las obras de los infieles son pecados; y las virtudes de los filósofos son vicios”.

Jesús no era propiamente apologista ni filósofo ni teólogo. No tenía el prestigio de los escribas. No era un intelectual educado en alguna escuela rabínica. Tampoco poseía el poder de los sacerdotes del Templo. Tampoco era miembro de una familia honorable que los vecinos conocían con un padre como artesano, hermanos y hermanas . Jesús no se dedicaba a explicar la ley y parece importarle poco las discusiones doctrinales. No se interesó por los ritos del Templo sino por las fiestas judías. Pero la gente lo oía como un maestro que enseñaba a entender y vivir la vida de manera diferente. Los vecinos se sorprenden por dos cosas: su manera de expresar su experiencia de Dios Padre y su capacidad para atender al sufrimiento humano (misericordia). Cuando uno se acerca a Jesús probablemente busca un sentido para su vida o un alivio a sus dolencias en el sentido más amplio.
Para nosotros, creyentes desde la niñez, es chocante que Jesús sea rechazado por sus mismos paisanos, por quienes creían conocerlo mejor. No se nos dice que la gente salga a su encuentro; simplemente que va a la sinagoga. Tampoco nos dice que le presenten a los enfermos. Solamente sienten el asombro del posible origen de tal sabiduría y su carisma con los enfermos. Experimenta un rechazo colectivo, no de los dirigentes religiosos, sino de su pueblo. No se esperaba esto de los suyos. Podemos pensar, con cierta facilidad, que la fe tiene que ver con la explicación de lo extraordinario, de lo asombroso, de lo que no podemos explicarnos.

Ciertamente en algunos momentos cumple esta función, pero no la mayor parte del tiempo. Por el contrario, la fe permite llenar de sentido lo ordinario, lo rutinario, lo cotidiano, incluso lo banal y darle un valor que lo trasciende. La expresión, seguramente popular, de que ningún profeta es bien recibido en su tierra, puede aludir a que algunos profetas del reino del norte predican en el sur y viceversa. Pero en cuanto que el profeta es quien denuncia la injusticia en realidad no es escuchado en ningún lado, porque es incómodo. Los profetas judíos fueron muertos todos (excepto Elías arrebatado en el carro Merkabah) hasta Jesús, si lo tomamos por profeta. En el evangelio de Marcos es rechazado Jesús prácticamente siempre. Al final sus mismos discípulos lo abandonan y si no es por las mujeres hubiera terminado todo con su muerte.

También hoy podemos despreciar la sabiduría de Jesús y tomar de sus enseñanzas solamente lo que sirve a nuestros intereses. La preocupación principal de los judíos de la época era librarse de los romanos y vivir con mayor fidelidad a la Torah. La ciencia, la técnica, el desarrollo se han apoderado de buena parte de nuestra fe. Más que increencia hoy creemos en muchas cosas como la eficacia, el éxito, el consumo, la moda, el prestigio social, que van consumiendo nuestra vida y esfuerzos sin un sentido de mayor trascendencia. La vida de un cristiano no empieza mecánicamente con la recepción de un sacramento (el bautismo o la confirmación). Comienza a cambiar el día en que encuentra en Jesús alguien que le da sentido a su vida de tal manera que eficacia, éxito, consumo, moda, prestigio social pasen a un segundo plano. Los relatos evangélicos no se cansan de presentarnos a Jesús como alguien que cambia la vida de las personas precisamente cuando se sienten más cansados o insatisfechas. Los paisanos de Jesús parecían esperar otra cosa. Como los discípulos de Emaús que esperaban volver al reino de David. Los primeros seguidores de Jesús se llamaron discípulos (aprendedores, alumnos), es decir, hombres y mujeres dispuestos a aprender de Jesús. Hoy sabemos que toda la vida podemos aprender de Jesús.

Los mismos textos de los evangelios nos dicen cosas nuevas cada día y a cada lectura. Quizás preferimos alimentarnos con otras cosas. Métodos para obtener el éxito en el trabajo profesional, técnicas para conquistar amigos, artes para salir triunfantes en las relaciones sociales, libros de auto ayuda. El evangelio nos enseña algo tan supuesto como desconocido: a ser plenamente humanos, plenamente personas, es decir, seres en relación por el invisible vínculo del amor sacrificial. Las biografías y métodos de hombres exitosos en los negocios, en el emprendimiento, en lo político, social o económico nos prometen ser como ellos. Jesús nos invita a ser como fue él. De Jesús ordinariamente conocemos lo que nos dijeron en la catequesis infantil y vivimos los mínimos que nos piden las obligaciones religiosas de nuestra Iglesia. El sistema actual de valores deja a muchos tendidos en la lona pues es parte de su funcionamiento. Jesús denunciaba que no debía ser así y que todos, incluso los que lo rechazaban y los enfermos que despreciaban tendrían un papel que jugar en el reinado de Dios. Esto sigue siendo un desafío en todos los tiempos. Los profetas nos lo recuerdan.