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Retos que acompañan la vida de los evangelizadores

  •   Domingo Julio 08 de 2018
  •   Pistas para la Homilía del Domingo
  •    Jorge Humberto Peláez Piedrahita, S.J.
  •    Ordinario

Ser llamados por Dios para colaborar en la construcción del Reino y anunciar el Evangelio es un regalo maravilloso, por el cual debemos dar infinitas gracias. Ahora bien, esta manifestación del amor de Dios implica responsabilidades muy grandes en cuanto a la fidelidad de lo que anunciamos y al testimonio de vida que debe acompañar el anuncio que hacemos.


Inspirándonos en la vida de Jesús, entendemos que se trata de una misión difícil, que tendrá que superar reacciones hostiles y que nos demandará grandes sacrificios.

Las lecturas de este domingo nos invitan a reflexionar sobre los retos que acompañan la vida de los evangelizadores. Estas reflexiones se iluminan con el testimonio del profeta Ezequiel, del apóstol Pablo y de Jesús. Los invito, entonces, a profundizar en estos testimonios para aprender lo que significa colaborar en la Misión de Dios.

Empecemos por el testimonio del profeta Ezequiel:

En primer lugar, el profeta es consciente de la misión que se le ha confiado: “A ellos (los israelitas) te envío para que les comuniques mis palabras”. Es importante que el evangelizador tenga muy claro que la iniciativa es de Dios; no se trata, pues, de un proyecto personal. Se trata de una responsabilidad que se asume con total disponibilidad. Lo que se le pide al evangelizador es comunicar la Palabra de Dios y ayudar a la comunidad para que discierna cuál es su voluntad.
Si la tarea del evangelizador es comunicar la Palabra de Dios, debe cultivar una profunda vida interior y convertirse en fiel oyente de esa Palabra que deberá transmitir con fidelidad.

En su testimonio, Ezequiel, se refiere a las condiciones negativas que se opondrán; no encontrará interlocutores abiertos, dispuestos a dejarse cuestionar por las palabras del profeta. Ezequiel no disimula los rasgos negativos de la comunidad a la que ha sido enviado: “Yo te envío a los israelitas, a un pueblo rebelde que se ha sublevado contra mí”, “ellos y sus padres me han traicionado hasta el día de hoy”, “sus hijos son testarudos y obstinados”. La tarea que espera a Ezequiel no será fácil, y Dios se lo hace saber desde el comienzo.

Esta claridad con que Ezequiel inicia su servicio deberá inspirar a los evangelizadores de todos los tiempos. Es importante estudiar las características de las comunidades donde se realizará el anuncio: sus rasgos culturales, sus creencias y prejuicios, las experiencias más significativas que han vivido. El anuncio de la Palabra exige una contextualización.

En su testimonio, Ezequiel hace una observación muy interesante: muchas veces son tales las limitaciones en este servicio, que lo único que se puede hacer es estar presentes. En los países en los que el Cristianismo está restringido en su libertad, por ejemplo, en los países musulmanes fundamentalistas o donde hay regímenes totalitarios, el testimonio de vida es el único instrumento para cumplir la misión; a este propósito, leemos en el profeta Ezequiel: “Y ellos, te escuchen o no, sabrán que hay un profeta en medio de ellos”. En nuestros tiempos hay conmovedores testimonios de laicos y sacerdotes que, en situaciones de persecución, siembran la semilla de la fe mediante sus gestos de amor y de servicio desinteresado.

Vayamos ahora al testimonio del apóstol Pablo en su II Carta a los Corintios. Empieza por contar con sencillez los dones extraordinarios que Dios le ha concedido y la sublimidad de las revelaciones que ha tenido; a continuación, confiesa sus debilidades y la interpretación que él les da:
“Para que yo no me llene de soberbia (…), llevo una espina clavada en mi carne, un enviado de Satanás, que me abofetea para humillarme”.

¿Qué lectura hace de esa realidad? Nuestras miserias y limitaciones permiten que se manifieste en su esplendor el poder de Dios: “De buena gana prefiero gloriarme de mis debilidades, para que se manifieste en mí el poder de Dios”.

En el relato del pecado original, se nos dice con claridad que la soberbia de querer ser como Dios fue lo que introdujo el pecado en el mundo. Con frecuencia, pretendemos atribuir a nuestros esfuerzos los resultados de la evangelización, olvidándonos de que somos simples instrumentos y todo depende de Dios, quien es el verdadero sembrador.

Pablo nos invita a confesar nuestros pecados y reconocer nuestras fragilidades: “Te basta mi gracia, porque mi poder se manifiesta en la debilidad”.

El evangelista Marcos nos narra la frustrante visita de Jesús a la tierra en la que había pasado su niñez y juventud. Allí se encontró con los vecinos. Y lo que hubiera podido ser un reencuentro cálido, lleno de afecto y admiración, se convirtió en hostilidad, cargada de prejuicios, lo que les impidió abrirse a las palabras de este profeta que había comenzado a recorrer los caminos de Tierra Santa.

Es frecuente que las personas más cercanas sean las más reacias a reconocer los valores de sus parientes y conocidos. Es la reacción de sus paisanos cuando Jesús los visitó: “¿Dónde aprendió este hombre tantas cosas? ¿De dónde le viene esa sabiduría y ese poder para hacer milagros? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María?”

Nos cuesta muchísimo reconocer las cualidades y valores de los demás, sobre todo cuando son cercanos. En gran parte, esta falta de objetividad se debe a la envidia.

Es hora de terminar nuestra meditación dominical sobre los retos que acompañan la vida de los anunciadores del Evangelio: la hostilidad y prejuicios de las comunidades donde se ejerce el ministerio, y las propias debilidades y miserias. Reconozcamos con humildad que nosotros no somos protagonistas de la construcción del Reino; todo el protagonismo es de la gracia de Dios que se manifiesta en medio de nuestras debilidades. Lo expresa elocuentemente san Pablo: “Cuando soy más débil, soy más fuerte”.