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Envío antiguo con eco hoy

  •   Domingo Julio 15 de 2018
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.
  •    Ordinario

La misión, el envío por excelencia, tomado como función de los creyentes, ha sido el que registra el evangelio de Mateo: «Haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28:19).


La ejecución concreta no ha dejado de presentar dificultades pues el concepto de misión tenía sus connotaciones militares. Como tropa del Señor en lucha con el paganismo estuvo muy ligada a Europa y sus conquistas de tal manera que en algunas críticas, nada despreciables, cristianismo y colonialismo suenan bastante afines. La misión, sin embargo, basada en la muerte y resurrección como evento escatológico (del fin) se orienta a convencer, más que a forzar; a evolucionar (convertir) más que a destruir; a cosechar la mies más que a arrasar para resembrar.

Hoy se entiende esto como “inculturación”, indigenización, hermenéutica del evangelio y menos como proselitismo; más como testimonio que como confrontación. En el pasado hubo una exagerada identificación entre cristianismo y cultura europea. En Latinoamérica el bautismo hacía al indígena simultáneamente hijo de Dios y súbdito del rey de España. La misión hoy cubre un amplio rango no reducible a la predicación religiosa: educación, salud, desarrollo, derechos humanos, tolerancia, respeto por las culturas, ecumenismo. No se reduce a la propaganda cristiana o al establecimiento institucional de la Iglesia . La razón es que el énfasis se pone en el reinado de Dios como objetivo de la misión que cubre un aspecto amplio de la actividad humana.

No significa la destrucción de creencias y convicciones ni la imposición de una cultura superior sino el testimonio del evangelio (perdón, misericordia, esperanza para el marginado) y el efecto curativo y salvador del evangelio. La actividad evangelizadora, especialmente de Pablo, entre los gentiles, nace de la convicción de que Dios es Padres de todos por igual (judíos y gentiles) como lo es igualmente la salvación por la resurrección. Tertuliano afirmaba que era la Providencia divina la que daba la catolicidad a la Iglesia y Teófilo de Antioquia afirmaba que era la Resurrección, como se deduce de los escritos de Pablo. Según éste, los judíos serían algún día convertidos por el testimonio de los cristianos no por la lucha frontal contra ellos.

La primera gran confrontación de la misión cristiana fue sin lugar a dudas con el judaísmo. Con numerosos altibajos a lo largo de la historia, fue desde la conversión y bautismo forzado hasta el respeto y admiración por las raíces de la fe cristiana. En España, bajo los reyes católicos, la alternativa era entre la expulsión y la conversión al cristianismo para los judíos. Hoy la actitud es de cooperación de todas las religiones en la solución de los males comunes a toda la humanidad. El esfuerzo predicador se pone en que todo hombre tenga la posibilidad de acceder al mensaje del evangelio y decidirse libremente frente a Jesús. Los apóstoles no deben abrumar a sus oyentes ni con sus medios ni con su estilo de vida escandalizarlos. Jesús no envía a sus discípulos de cualquier manera. Les da autoridad sobre los espíritus inmundos; no poder sobre las personas. Se abrirán paso en la sociedad no utilizando un poder dominador, sino aliviando el sufrimiento y haciendo crecer la libertad y la fraternidad. Solo llevarán bastón y sandalias a la manera de caminantes. Nunca instalados. Siempre de camino. No atados a nada ni a nadie. Solo con lo imprescindible. Con esa agilidad que tenía Jesús para hacerse presente allí donde alguien lo necesitaba. No llevarán ni pan, ni alforja, ni dinero para no vivir obsesionados por su propia seguridad. Curiosamente, Jesús no está pensando en lo que han de llevar para ser eficaces, sino en lo que no han de llevar para ser creibles. No llevarán túnica de repuesto ni vestiduras sagradas, como los sacerdotes del Templo. Pero tampoco vestirán como el Bautista en la soledad del desierto. Les toca ser profetas en medio de la gente.

Los cristianos nos preocupamos mucho de que la Iglesia cuente con medios adecuados para cumplir eficazmente su tarea: recursos económicos, poder social, cultural, educativo, proyectos, plataformas eficientes. Nos parece lo más normal. Sin embargo, cuando Jesús envía a sus discípulos no piensa en lo que han de llevar consigo para hacerlos eficientes sino en lo que no deben llevar para hacerlos creíbles. La misma hospitalidad en la que deben confiar da pruebas de que tanto haya calado su mensaje entre los oyentes.

El estilo de vida que Jesús les propone es desafiante y provocativo y en más de una ocasión se ha buscado razones para suavizarlo. Pero las palabras están en el evangelio y no podemos borrarlas. Siguen siendo un criterio para revisar la misión hoy. ¿Competir con los poderosos y ricos medios de comunicación? ¿Con entidades exitosas en la fidelización de clientes? ¿Con el mundo multitudinario de la farándula? El reinado de Dios no se construye con poder ni con dinero. Seguramente no lo llevarán adelante los ricos, los poderosos, los famosos sino la gente sencilla, la que sepa vivir con pocas cosas materiales, pero sepa compartir, ser misericordioso, perdonar, amar de una manera sacrificial. Si el misionero se aleja de los pobres rápidamente se alejará igualmente del evangelio. Hay quien añore los tiempos en que, por diferentes razones, la Iglesia lo dominaba todo. Desde la vida íntima hasta los gobernantes y las instituciones.

El poder corrompe y cuando es absoluto corrompe de manera absoluta, decía Lord Acton. Cuando el cristianismo se hizo religión oficial del Imperio Romano empezó un proceso de poder hegemónico eclesial con sus logros pero también con sus excesos. No le fue fácil resistir numerosas tentaciones de manera que la fe pudiera ser aceptada con plena conciencia y libertad. El reinado de Dios se confundió con otros reinos. Jesús no quiso dejar el evangelio en manos del dinero, porque sus seguidores no han de acumular tesoros en la tierra. Eso se los enseñan otras ciencias y su instinto innato. Tarde o temprano, el dinero se convierte en signo de poder, de seguridad, de ambición y dominio sobre los demás.

El dinero le resta credibilidad al evangelio. Desde el poder económico no se puede predicar la conversión necesaria para el reinado de Dios. Tampoco quiso dejar Jesús el evangelio en manos del poder. El mismo Jesús no se impone nunca por la fuerza, no gobierna, no controla, no vigila que es para lo que se establece el poder de este mundo. En su comunidad quien quiera ser el mayor se ha de hacer el servidor. Para algunos comentaristas el envío de Jesús es una utopía ingenua, propia de una sociedad campesina y pastoril, impensable para el mundo de hoy. Pero esta sería una vía de escape. No podemos eludir que el evangelio se vive en este mundo pero sin ser de este mundo; que el profetismo cristiano es la denuncia valiente de un mundo desigual creado por el tener, el poder y el valer; el que el reinado de Dios estaba en la época de Jesús como lo está hoy, en los pequeños, para los pequeños y ellos son el criterio último para juzgar que vamos en la dirección correcta. El mundo actual sigue en manos de los poderosos y sus ambiciones. Nos toca seguir clamando ¡Maran-atha!, ven, Señor Jesús.