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  Domingo Mayo 05 de 2017
  Apuntes del Evangelio
  Luis Javier Palacio Palacio, S.J.
  

**Juan 6:52-59,** viernes, mayo 5 de 2017 El evangelio de Juan es bastante singular respecto a la Eucaristía. Siendo el último de los cuatro, ya debió contar con todo lo que se discutiría, comentaría y enseñaría en las reuniones de los creyentes para celebrarla. Las enseñanzas de Pablo al respecto ya tendrían cerca de cincuenta años y lo esencial era: «La copa de bendición que bendecimos, ¿no es tener parte en la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es tener parte en el cuerpo de Cristo?» (1 Co 10:16). En Pablo la sangre es usada para designar la pasión de Cristo. La pareja de palabras “carne y sangre” designa al hombre en su naturaleza perecedera, que es la que asume Jesús. En el judaísmo la sangre es sagrada, sinónimo de vida que pertenece solo a Dios. De allí las tres prohibiciones básicas: homicidio, tomar la sangre como alimento, uso cultual de la sangre, excepto en prescripciones muy precisas. La primera lleva a “vengar la sangre derramada”, la segunda a la necesidad de desangrar totalmente el animal del sacrificio (cordero pascual) para la comida Kosher (hasta el día de hoy) y la sangre no sirve sino para expiación. En el culto se usó la sangre para sellar la alianza entre Yahvéh y el pueblo. «Esta es la sangre de la alianza que Yahveh ha concluido con vosotros» (Ex 24:8). En el Nuevo Testamento se acaban los sacrificios sangrientos. La sangre clama justicia desde la muerte de Abel. En la última cena es simbolizada por el vino que sella una nueva alianza. Curiosamente es el evangelio de Juan el que más alude a la Eucaristía pero no trae el relato de su institución, reemplazándolo por el lavatorio de los pies y el largo sermón de despedida. El extenso discurso del pan de vida, diferenciado del maná y repartido a la multitud como pan de cebada, se endurece aún más cuando el verdadero pan de vida es la carne de Jesús. Las palabras son una variación extrema de las de la institución de la Eucaristía. «El pan que yo daré es mi carne, vida del mundo» (Jn 6:51), contrasta con “este es mi cuerpo que se entrega por vosotros”. En Pablo se enfatiza en la Eucaristía la proclamación de la muerte del Señor hasta que vuelva mientras que en Juan se enfatiza que la Palabra hecha carne ha entregado su carne y sangre para vida del mundo. En Juan la Palabra es suficientemente salvífica y es la que domina en la última cena. No se menciona pan ni copa y la sangre aparece al final en la lanzada del costado. Así como lleva Juan al realismo físico de la carne y la sangre lleva al realismo espiritual la manera de ser del creyente: «Pero a todos los que la recibieron, a aquellos que creen en su nombre les dio potestad de llegar a ser hijos de Dios; los cuales, no de sangre, ni de voluntad humana, ni de voluntad de varón, sino de Dios nacieron» (Jn 1:12-13). En el primer caso pensaría uno que está hablando de la más cruda realidad del hombre como animal y en el segundo como de ángeles. Estos contrastes son comunes en Juan de manera que el creyente una las dos realidades. Igualmente mientras habla del amor de Dios en términos sublimes se refiere al amor a los hermanos en términos tan realistas como dar la vida por ellos. Luego de haber exaltado la carne como alimento, dice Jesús más adelante, como para sacarlos de tal realismo físico: «El espíritu es el que da vida, la carne de nada sirve. Las palabras que yo os he dicho son espíritu y son vida» (Jn 6:63) que haría pensar a un oyente advertido ¿Entonces, en qué quedamos? Es una situación similar a la de los relatos de resurrección que van sacando a los discípulos de las ideas equivocadas que puedan tener. Si creen que es un fantasma, come con ellos; si creen que es humano, atraviesa las puertas y paredes; si creen que es un caminante, es Jesús “en otra figura”; si creen que es un ser totalmente nuevo, les muestra las heridas de la pasión; si creen que es un cadáver en la tumba, la encuentran vacía; si creen que pueden retenerlo se les escapa; si lo miran ir al cielo, les manda mirar a la tierra; si lo quieren retener en la tierra, les dice que solo yéndose habrá Espíritu; si esperan su muerte en cruz, lo que les entrega es su Espíritu. No es de extrañar que los mismos discípulos se sientan confusos luego del discurso del pan de vida; que muchos dejen de seguirlo lleve a Jesús a preguntarles a los pocos que perseveran: «¿Acaso también vosotros queréis marcharos?» (Jn 6:67). Era creencia común en la antigüedad que el alma residía en la sangre y el resto de materia no daba vida. En escritos antiguos se hablaba sin embargo del cuerpo y el alma de Moisés lo que en el lenguaje de Juan equivaldría a “carne y sangre” de Jesús. En el lenguaje de Pablo y Juan quien inhabita al creyente es el Espíritu del Resucitado. Pero no está desligado de Jesús y su pasión, puesto que su función es precisamente producir en el creyente seres similares a Jesús. Así, se da la doble necesidad de que la Eucaristía combine ambas presencias, o modos de actuar en el creyente. Es la función que cumple la epiclesis o invocación del Espíritu en la Eucaristía. Actúa el Espíritu por el Resucitado y actúan las especies de pan y vino por el Crucificado (pasión y muerte). La Eucaristía mantiene similar tensión a la ya enunciada. Si pensamos en una presencia meramente espiritual y desencarnada, el pan y vino (cuerpo y sangre, Jesús y su pasión) nos recuerdan que sería incompleta; si pensamos en una presencia meramente física, el Espíritu invocado nos recuerda que es igualmente incompleta. La comparación que hace Pablo entre Jesús y Adán goza igualmente de esta ambigüedad que parece romper la lógica y la gramática. «El primer hombre, Adán, fue ser viviente, el último Adán, espíritu vivificante» (1 Co 15:45). Si por el primer Adán tuvimos la vida del cuerpo y el soplo que le dio vida, por el segundo tuvimos el Espíritu porque teniendo carne y sangre no era de carne y sangre sino Palabra (logos, verbo) encarnada. Como se decía en otro comentario, Jesús en el evangelio de Juan ya es el Resucitado que pasa por la tierra como si levitara. Pero no solamente Jesús, también el creyente ha de vivir en este mundo como si en él no viviera, caminar sobre él como si levitara. Todas sus acciones tienen ya desde ahora un carácter espiritual. En el evangelio de Juan esta actitud está garantizada, luego de la vida pública de Jesús, porque envía el Paráclito quien permanece para siempre y el Espíritu de la verdad viene con él. El hombre en Juan nunca queda huérfano porque el Padre que acompañó a Jesús es el Padre que acompaña a todos y cada uno de los creyentes. El evangelio de Juan, a diferencia de los sinópticos en los que sin lugar a dudas Jesús (personaje central y supremo) es como una auto-biografía en la cual cada creyente puede leer adecuadamente su propia vida, sentirse el protagonista del relato. Lógicamente no como una biografía ordinaria sino como biografía interior, como un deseo de Dios de hacerlo realmente su hijo y como su Hijo. De ahí que el mismo Jesús pueda afirmar: «De verdad os aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aun mayores las hará» (Jn 14:12) algo que no nos hubiéramos atrevido a pensar en nuestra propia biografía.

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Apuntes del Evangelio

  Domingo Mayo 04 de 2017
  Apuntes del Evangelio
  Luis Javier Palacio Palacio, S.J.
  

Juan 6:44-51, jueves, mayo 4 de 2017 Desde que en el libro del Génesis se habla de imagen y semejanza divina para el ser humano, el empeño por buscar la semejanza, con base en la idea de Dios, llevó a la concepción dinámica del hombre de no ser aun lo que Dios esperaba de su creatura. La imagen se recibía como don o regalo común para toda la humanidad, la semejanza como tarea para realizar a lo largo de la vida. Podríamos decir que la imagen es el pasado (la marca de fábrica del ser humano) y su semejanza es el futuro (lo que se espera del ser humano). Los escritores místicos hablan del destino futuro del ser humano como la “unión mística” o la deificación. En el Nuevo Testamento son Pablo con su idea de incorporación mística en Cristo y Juan como el Logos (palabra, verbo) encarnado quienes mejor presentan esta idea. Las espiritualidades ascéticas plantearon el camino de la práctica de las virtudes para llegar a tal estado, pues la enseñanza de Dios sería la práctica de dichas virtudes: humildad, largueza, castidad, paciencia, templanza, caridad, diligencia y otras. A ellas se accedía por oración, ayuno, penitencias y mortificaciones. Lógicamente en todo esto el cuerpo resultaba bastante maltratado y fácilmente concebido como enemigo del alma. Lo que parecía la exaltación unilateral de un aspecto, era el desprecio de otro igualmente importante, según la concepción hebrea del hombre como ser integral. En Juan no hay logos (espíritu) sin carne ni carne sin logos. En la visión de Ezequiel de los huesos secos, también éstos pueden revestirse de espíritu, por lo cual es entendible que en el judaísmo no existiera culto a los muertos pues Yahvéh era Dios de vivos. El desarrollo teológico judío del maná como pan del cielo, apunta a que el hombre podría compartir el alimento de eternidad como los dioses. En varios padres de la Iglesia precisamente la Eucaristía se llama “remedio de inmortalidad” o de resurrección. Juan habla de “renacimiento” (nacer de nuevo o de arriba) en el diálogo de Jesús con Nicodemo y Pablo habla de una experiencia mística de ser «arrebatado al tercer cielo» (2 Co 12:2), no para quedarse en él como quería Pedro en la transfiguración, sino para hacerse consciente del futuro que esperaba al creyente. En el cristianismo la resurrección (inmortalidad) es un don de Dios y no una propiedad innata del alma (como en Platón); el alma humana está emparentada con la gloria divina (no solo con la razón) y la distancia sólo puede trascenderse a través de Jesús. Es decir, al margen de Jesús no hay acercamiento posible a Dios. A través del progreso moral el hombre participa en los atributos divinos. En las experiencias místicas aún en esta vida, se puede pregustar la unión con Dios. Un ejemplo de esto último es el “camino de Damasco” de Pablo, quien en sus propias palabras dice que es la revelación en él como hijo de Dios: «Se dignó revelar en mí a su Hijo para que lo anunciase a los gentiles» (Gal 1:16). En los evangelios sinópticos el hombre recto espera heredar la vida eterna en el futuro, pero en Juan quien cree en Cristo la posee aquí y ahora (Jn 3:16). Para tratar de expresar lo que la encarnación significaba para el ser humano se buscaron las mejores fórmulas para tratar de entender la manera como fuimos enseñados por Dios a través de Jesús. Así se dice que por amor infinito, Dios se hizo hombre, como somos nosotros, para hacer de nosotros lo que él mismo era. La figura de la Eucaristía fue igualmente usada: así como el pan se transforma espiritualmente por la invocación eucarística, nuestros cuerpos se transforman al recibir la comunión. ¡Cuántas veces hemos comulgado y cuántas nos esperan! Igual comparación se aplicó al bautismo como incorporación a Cristo. La comunión puede considerarse como un bautismo repetido. En una formulación más general: Dios se hizo hombre para que el hombre se hiciese Dios; por el abajamiento (kénosis) de la encarnación Dios se hizo hombre para enseñarnos como era posible que un hombre se hiciese Dios. Si el conocimiento es la perfección del hombre como hombre, el amor es la perfección del hombre como Dios. La salvación estribaría en una fórmula de intercambio de manera que Cristo se hace lo que somos de manera que lleguemos a ser lo que él es. Tenemos ya la imagen y debemos adquirir la semejanza, primero por la calidad de nuestra vida moral y segundo por nuestra incorporación por el bautismo. La semejanza definida como la similitud con Dios en la medida en que cabe a la naturaleza humana. En la historia del cristianismo son los monjes del desierto lo primeros en postular una vía para alcanzar la semejanza divina; son sus experiencias las que dan origen a la literatura mística. Tomada como técnica se vuelve mera ascética como el entrenamiento de un gimnasio: solo músculos endurecidos a menudo incluso amenazantes para los demás. Pero cualquier idea de santidad, de perfección, de purificación debe pasar por el auténtico mandato de Jesús: «Sed misericordiosos como mi Padre es misericordioso» (Lc 6:36). O como recuerda Pablo a los corintios: sin amor (caridad, ágape) todo carisma por extraordinario que sea es como címbalo que resuena y no vale nada. De ahí que Gregorio de Nisa diga que el mejor camino para construir la semejanza con Jesús es el camino de la filantropía (amor al ser humano) que practicó Jesús. Nuestra respuesta a un Dios que desciende a la tierra como Jesús, es imitar a Jesús para ascender con él y como él a Dios quien bajó primero. Por ejemplo, habla de la virginidad como virtud divina pero no como una condición física sino como “desprendimiento del corazón”, como condición espiritual que no se esclaviza con apegos. La humanidad, el cosmos todo fue creado para la deificación. El único fracaso real de la humanidad es no alcanzarla, según Máximo el Confesor. La diferencia entre la imagen y semejanza es como la que hay entre una caricatura y un acabado retrato. Primero el artista diseña unas líneas en un solo color o carboncillo. Luego pinta de tonos y colores los detalles que toma del modelo que es el mismo para todos: Jesús. Así, todos y cada uno expresan de manera diferente y en diferente grado de exactitud el mismo modelo. El proceso se da por las dinámicas, energías, gracias divinas que son los nombres que damos a Dios: como Dios nos deifica, como Vida no vivifica, como Luz nos ilumina, como Unidad nos unifica, como Realidad nos realiza, como Misericordia nos hace misericordiosos. En la literatura mística la transfiguración es entendida como una expresión de lo que se espera del ser humano. Los discípulos fueron rodeados de la gloria divina. Los nombres que le dan como metamorfosis, metabolismo, transformación indican el carácter dinámico de la vida cristiana. Considerar los sacramentos como cambios instantáneos está más cerca de la alquimia y las religiones mistéricas que de la concepción cristiana revivida en el Vaticano II. Los sacramentos son anticipaciones del futuro. Se celebran en un instante y se viven toda la vida. Pero el camino no es una autopista de alta velocidad. Tomando la imagen de Moisés y su subida al Sinaí, dicen los místicos que el camino incluye luz, nubes y oscuridad. Algo similar al camino de Juan de la Cruz y buena metáfora del camino del modelo único: el camino de la cruz. Enseñados por Dios no es otra cosa que enseñados por Jesús.

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  Apuntes del Evangelio
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Quizás no hay concepto bíblico que más haya influido en la cultura occidental que el de Adán . No significaba otra cosa que ser humano y estaba conectado con la tierra (adamah en hebreo). La diferencia sexual con ish e isha se unificaba en Adán. Era lo más grande de la creación pero a la vez insignificante comparado con Yahvéh. Decía un bello canto rabínico: “La humanidad es adorable porque fue creada a imagen de Dios, pero más adorable es el amor de Dios que se lo reveló”. No somos valiosos pues, en el judaísmo y el cristianismo por ser “animales racionales” como opinaban los griegos, ni porque seamos superiores al resto de los animales, sino porque Dios nos reveló que lo éramos. Cuando Jesús se designa a sí mismo como “hijo del hombre” vale traducir “hijo de la humanidad” (hyios tou anthropous). Las afirmaciones sobre el hombre no son sexuadas sino teológicas. En el evangelio de Juan es en el que más se enfatiza que el hombre vive en este mundo en tensión permanente porque no es plenamente de este mundo. La dualidad no es entre cielo y tierra, mortal e inmortal, alma y cuerpo, pues por más contrastantes que parezcan ambos pertenecen a la esencia humana, sino que la dualidad es de decisión: amar como Jesús o amar como “el mundo”; es decir, amarse a sí mismo o amar a los demás. En los sinópticos (y en la sicología) esto es menos claro: amar a los demás como se ama a sí mismo. Esto ya lo había formulado la ética griega estoica y epicúrea. En ningún momento la “decisión” en Juan es huir del mundo. «El misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado» (Vaticano II, GS,22). Dentro de las muchas consecuencias que pueden sacarse, podemos decir que el hombre es un ser en tensión permanente, pues aún no es lo que es. Pablo y Juan hablan de un “hombre nuevo” de un renacer o de nueva generación. Es el resultado de la dinámica en permanente tensión entre el “ya no” (hombre viejo, dejado atrás), el “ya ahora” (hombre nuevo que no es movido por sus pasiones) y el “todavía no” (el hombre a la manera de Jesús en proceso permanente de conversión). Aunque muchos ven en Juan un evangelio dualista (luz contra oscuridad, cielo contra tierra, verdad contra mentira) el dualismo de Juan es ético como en el judaísmo y no físico como entre los gnósticos que eran los usuarios preferenciales de tal lenguaje. Tampoco es el dualismo ético de Qumrán que termina odiando a los enemigos de Dios y que habría influenciado a los fariseos.

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  Domingo Abril 23 de 2017
  Encuentros con la Palabra
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En alguna parte leí la historia de un montañista que, desesperado por conquistar el Aconcagua, inició su travesía, después de años de preparación. Quería la gloria sólo para él, por lo tanto subió sin compañeros.

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  Aporte ecológico a la Homilía del Domingo
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El evangelio nos presenta la aparición de Jesús Resucitado a los discípulos, cuando estaban con las puertas cerradas por miedo a los judíos y la falta de confianza de Tomás en sus compañeros. Él estaba ausente y cuando regresa no les cree.

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  Domingo Abril 23 de 2017
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Los textos bíblicos que meditaremos durante el tiempo de Pascua son de una riqueza teológica infinita. Ellos nos irán descubriendo, desde diversos ángulos, la dinámica transformadora que suscita la resurrección del Señor.

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  Domingo Abril 23 de 2017
  El mensaje del Domingo
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Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «La paz esté con ustedes» Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado.

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  Domingo Abril 23 de 2017
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El Evangelio del domingo de hoy presenta al incrédulo Tomás, que no cree en la Resurrección de Jesús. Pero Él se encarga de que crea. ¿Cómo? Escuchémoslo.

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