Vida y misión son inseparables para quien elige seguir a Jesucristo en la Compañía de Jesús al servicio de la Iglesia.

Nuestra vida común de amigos en el Señor nace y se nutre de la Eucaristía celebrada en memoria de Jesús. Memoria que no es recuerdo sino actualización sacramental de su presencia real entre nosotros y alimento en el camino.

La cercanía a los pobres nos pone en sintonía con lo esencial del evangelio, con la realidad de la vida y con lo que de verdad da vida.

La conversación espiritual debería ser el modo habitual de intercambio entre nosotros en las comunidades y con otros en las obras apostólicas.

 

Nuestra vida es misión, la misión es nuestra vida

La Compañía de Jesús se encuentra en el fecundo proceso de asimilar y poner en práctica los frutos del discernimiento de la Congregación General 36. Desde su etapa de preparación, al reflexionar sobre las llamadas que siente la Compañía en la actual situación del mundo y de la Iglesia, la Congregación General resaltó la íntima unión existente entre nuestra vida y la misión a la que somos enviados, junto a tantas otras personas, como servidores de la alegría del evangelio (1).


Vida y misión son inseparables para quien elige seguir a Jesucristo en la Compañía de Jesús al servicio de la Iglesia. De un lado, nos sabemos un cuerpo frágil formado por pecadores perdonados y enviados a contribuir a la misión reconciliadora de Jesucristo. De otro lado, vivimos como peregrinos, buscando sacar el mayor provecho de las tensiones que provienen de la misión en contextos complejos y cambiantes (2).

La imagen de los primeros compañeros durante su permanencia en Venecia inspira esa íntima unidad entre vida y misión. Ignacio y cada uno de estos primeros jesuitas había experimentado una radical conversión en sus vidas. El amor a Jesucristo como único motivo para asumir este estilo de vida, en pobreza evangélica y cercanos a los pobres, la disponibilidad para ser enviados en misión y el estar juntos en comunidad de discernimiento y compromiso apostólico (3), son los rasgos fundamentales de un cambio en sus vidas que hizo posible la fundación de la Compañía de Jesús.

La conversión personal es una dimensión necesaria de la vida en misión. Es la reconciliación interior a la que nos invitó el P. General Adolfo Nicolás en su respuesta a las cartas ex-oficio del 2014 (4). Conversión (5) que permite recuperar la libertad interior que nos hace plenamente disponibles. Conversión por la cual nos apoyamos solo en nuestro Creador y Señor, como nos pide el Principio y Fundamento de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio, haciéndonos indiferentes y solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin que somos criados (6).

La conversión comunitaria es también una exigencia de la unidad que existe entre vida y misión (7). La CG 35 nos recordó que la comunidad es en sí misma misión. Vivimos juntos porque hemos sido llamados a ser compañeros de Jesús precisamente para compartir su vida y misión (8).

Nuestra vida común de amigos en el Señor nace y se nutre de la Eucaristía celebrada en memoria de Jesús. Memoria que no es recuerdo sino actualización sacramental de su presencia real entre nosotros y alimento en el camino. La comunidad cristiana siempre ha hecho memoria de los procesos salvíficos por los cuales, Dios ha ido liberando a los pueblos de sus esclavitudes para hacerlo Pueblo de Dios. En verdad, no hacer memoria, o perderla, nos lleva a recaer en la opresión, el odio, la esclavitud, la idolatría… (9)

Al celebrar la Eucaristía hacemos memoria de Jesucristo, muerto por todos para el perdón de los pecados y resucitado para confirmar que es el camino, la verdad y la vida. En la Eucaristía encontramos el aliento y el alimento de la comunidad capaz de reconciliarse y discernir su vida-misión (10). Renovar nuestras celebraciones eucarísticas comunitarias forma parte del llamado a la conversión que nos hace la Congregación General 36.

La llamada a la conversión de nuestra vida comunitaria abarca más dimensiones. La
Compañía de Jesús, desde su origen, es un cuerpo que reúne personas de diversas culturas unidas por un mismo carisma; un cuerpo extendido en muchos lugares y en diálogo con una gran variedad de culturas. La misión de la Compañía lleva a la inculturación del evangelio en esos ambientes tan diversos en los que está presente y exige de nosotros un permanente proceso de conversión. Es así como, de un lado, cada jesuita realiza un complejo proceso de inculturación del evangelio en su propia cultura que le supone conversión personal. Y, de otro lado, nuestras comunidades, formadas por personas de culturas diversas que comparten la misión en sociedades multiculturales, son una oportunidad privilegiada de vivir la enriquecedora experiencia de la interculturalidad como testimonio de una humanidad reconciliada.

Acercarnos a los pobres y a su estilo de vida es una de las más exigentes dimensiones de la conversión a la que somos llamados (11). La cercanía a los pobres nos pone en sintonía con lo esencial del evangelio, con la realidad de la vida y con lo que de verdad da vida. No hay recetas para acercarnos a los pobres ni excusas para no hacerlo. La mayoría de nuestras sociedades está integrada por gentes pobres. Nos corresponde a nosotros encontrar el modo de acercarnos a ellos al estilo de la encarnación de Dios en Jesús de Nazareth. Un camino que nos lleva a crecer en solidaridad, en el compromiso con quienes están desprotegidos y, en consecuencia, adquirir la cultura de la hospitalidad (12).

Tomarnos en serio la contribución a la reconciliación con la creación como dimensión de nuestra misión-vida es sin duda un desafío para nuestra vida personal y comunitaria. También nosotros estamos llamados a cambiar en aquellos aspectos de nuestra vida en los que hemos asimilado hábitos de consumo e instrumentos de trabajo que no benefician el medio ambiente y fortalecen el modelo socio-económico, que el Papa Francisco, en su encíclica Laudato Si, considera una amenaza para la vida en nuestra “casa común” que es el planeta tierra (13).

Convertir nuestras comunidades en espacios de conversación espiritual y de
discernimiento en común
(14) es el reto propuesto por la Congregación General 36. La conversación espiritual debería ser el modo habitual de intercambio entre nosotros en las comunidades y con otros en las obras apostólicas. Es el nivel de intercambio que prepara para el discernimiento en común que aspiramos se convierta en el modo normal de tomar decisiones en la vida-misión de la Compañía de Jesús. Discernimiento en común capaz de escuchar también a otros que comparten los procesos de humanización de la historia.

Tanto o más exigente que las transformaciones mencionadas es la conversión institucional a la que también estamos llamados. Ser consistentes y coherentes con nuestra vida-misión nos conduce también a revisar nuestro modo de organizarnos y a examinar nuestras instituciones. El gobierno de la Compañía es personal, espiritual y apostólico (15) recuerda la Congregación General 36. Por consiguiente, la conversión personal, comunitaria y apostólica implica también una revisión de las estructuras institucionales que permita adaptarlas a las nuevas exigencias de la misión en los tiempos que vivimos.

Notas

  1. Papa Francisco. Discurso a los miembros de la Congregación General 36ª. 24 octubre 2016.
  2. CG36, d.2,27. Cfr. La primera parte del discurso del Papa Francisco a la Congregación General 36ª en el que recuerda la visión ignaciana del peregrinar y sacar provecho.
  3. CG36, d.1,4-5.
  4. Carta 2014/13 del 8 de septiembre de 2014.
  5. Cfr. CG36 d.1,17-19.
  6. EE [23].
  7. CG35 d.3,41.
  8. Mc 3,13-15.
  9. Ex 1,8-13; Dt 6,20-25. 26,1-11; Sal 77(78),3-7; 105(106),7-13.21; 1Cor, 10,14-17; 11,23-26.
  10. 1Cor,11,27-34.
  11. Cfr. CG36, d.1,6.15.
  12. Cfr CG36 d.1,26; d.2,18-19.
  13. CG36 d.1,2.
  14. CG36 d.1,12.14.
  15. CG36 d. 2,1.