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      Reconciliación con Dios

      La Reconciliación con Dios (o con nuestras fuentes de vida) es acercar a la gracia del Evangelio a aquellos que se encuentran en una constante búsqueda del sentido de la vida.


      Esta Caja pretende contribuir a la misión del Compañía universal comprometida con el servicio de la fe y la promoción de la justicia, y para ello profundiza en el llamado hecho por la Congregación General 35 (CG 35) a establecer relaciones justas con Dios, con los demás y con la creación, ratificado en el Decreto 1 de la CG 36 “Compañeros en una misión de reconciliación y justicia”.

      Desde allí entendemos la Reconciliación con Dios (o con nuestras fuentes de vida), como la reconciliación con la experiencia de fe y sentido en la vida de cada uno, aquello que nos motiva y nos da capacidad de confiar en la vida (SJR, 2017).

      La reconciliación con Dios es permitir su acción en nuestras vidas, lo que implica “cambio” y “transformación”. En sentido teológico, es el restablecimiento de un estado original de amistad de Dios con el hombre. Es un acto permanente y dinámico de Dios en cada persona, transformándola para ser un instrumento transparente de esa misma acción para los demás, con el propósito de suscitar en el otro esa misma dinámica transcendente, o sea, la formación de una comunidad de seres humanos que viven buscando el interés de los demás (link a José Roberto Arango, 2015). “Todo proviene de Dios que nos reconcilió consigo por Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación” (2 Cor. 5,18).

      Para la Compañía el acercar a la gracia del Evangelio a aquellos que se encuentran en una constante búsqueda del sentido de la vida, es “dar a conocer el verdadero rostro del Señor a tantos hombres para los que éste permanece hoy oculto o irreconocible” (CG 35. D3, n20). Respetando el contexto y las tradiciones culturales de las personas que se acompañan (CG 36. D1, n24), estamos invitados a compartir la experiencia de los Ejercicios Espirituales que renuevan nuestra esperanza, “Dado que la muerte y resurrección de Cristo ha re-establecido nuestra relación con Dios, nuestro servicio de la fe, debe conducir necesariamente a la promoción de la justicia del Reino y al cuidado de la creación de Dios” (CG 35. D3, n24) desde la vivencia de la espiritualidad ignaciana y el discernimiento.

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