Ver para creer

Ver para creer

Por: Enrique A. Gutiérrez T., S.J.

Siempre me he preguntado por qué Tomás actuó como lo hizo ante el testimonio que le dieron sus compañeros sobre la resurrección del Señor. Me parece un poco desconcertante. Sin embargo, Tomás encarna una de las actitudes más comunes en la gente: necesitamos ver para creer. Las evidencias nos comprueban lo que esperamos o deseamos confirmar. Para él, todo tenía una respuesta en la evidencia que podía palpar y comprobar. De ahí no lo sacaba nadie porque era el camino para asegurarse que lo que le estaban diciendo era verdad. La lógica de la fe va por otro camino.

Viene a mi memoria la afirmación de un sacerdote sobre lo que es un acto de fe. Decía palabras más, palabras menos “hay un acto de fe cuando tú aceptas como tus padres a quienes dicen serlo, el amor que te prodigan lo comprueba”. Eso me quedó sonando desde entonces y me ayuda a comprender el mensaje del texto del evangelio de este domingo. Creer no es comprobar hasta la certeza. Tampoco lo es, asumir una actitud ingenua, que no le da un fundamento adecuado a la fe.

La experiencia de la primera comunidad cristiana, presentada en la lectura de los Hechos, que es la primera lectura, nos permite descubrir lo que significa la fe hecha vida que surge de la experiencia de Cristo resucitado y los llevó a la comunión fraterna y al servicio a los hermanos necesitados y sufrientes. Es el mismo Cristo resucitado, que aparece en la segunda lectura tomada del Apocalipsis, que le da sentido a la historia, que es el primero y el último, vencedor de la muerte.

Puedo decir que la actitud de Tomás no fue la mejor. De hecho, el Señor le reclama su dureza para entender lo que sus compañeros le comparten. ¿No bastaba el testimonio de ellos para creer en el hecho de la resurrección? ¿Era necesaria esa comprobación científica para poder afirmar que Jesús había resucitado? Considero que no. Ese fue el error de Tomás. Allí estuvo la duda mal resuelta. Por eso la respuesta de Jesús “porque has visto, has creído. Bienaventurados los que creen sin haber visto”, porque esos sí tienen fe, esos somos nosotros, los que aceptamos el testimonio de otros que surge de la experiencia, marcada por el cambio que se opera en ellos. Dejan a un lado el miedo y se vuelven valientes, dejan la tristeza y se sienten alegres.

Este domingo es también el de la Divina Misericordia. Dicha celebración fue establecida por el Papa Juan Pablo II, para invitarnos a reconocer lo que es el amor de Dios hecho vida y encarnado en la persona de Jesús, el Dios hecho hombre. Fueron 27 años de un largo y fecundo pontificado. Su presencia llegó hasta los más alejados rincones del planeta, su palabra sirvió de guía a millones de personas, su voz resonó para defender los derechos de los más débiles, para denunciar la injusticia y la opresión, para colocarse del lado de la verdad, del amor, de la paz y la reconciliación.