Vivir en la esperanza y el amor

Foto de Josh Beaver en Pexels

Por: Enrique A. Gutiérrez T., S.J.

Se ha preguntado usted, la persona que lee esta columna, ¿cuál es la razón que tiene para vivir? Si alguien le dijera que le describa los valores que lo mueven a ser lo que es y a actuar como lo hace, ¿qué le respondería? ¿Podría decir que esto lo tiene claro y que sabe hacia dónde va?

Me inclino a creer que la mayoría de las personas viven un ritmo acelerado que no les permite detenerse a pensar sobre las razones y motivos que tienen en la vida. Son personas que tienen tiempo para lo estrictamente necesario, que van de afán de una parte para otra, que no descansan y viven en forma acelerada en todo sentido. Esas personas no sabrían dar respuesta a las preguntas formuladas al principio de mi columna.

Otras personas no se han preguntado esto porque viven llevando el peso de la vida, no tienen horizontes que los muevan a caminar hacia ellos. Son esas personas desmotivadas, para quienes la vida se ha convertido en un peso y en una carga. Por el ritmo acelerado que llevan nuestras vidas, se quedaron al margen de las cosas y casi siempre se lamentan que cualquier tiempo pasado fue mejor. Viven del recuerdo y nada más.

Hay un tercer grupo de personas. Las que luchan cada día por salir adelante, para quienes las crisis y los problemas son oportunidades para crecer. Son las personas entusiastas, que irradian positivismo, quienes no dejan que la tristeza que puede haber en su interior los domine y paralice. Son las personas que viven en la esperanza, que saben que todo puede mejorar, que creen en la bondad de las personas. Son las personas que irradian amor, que desean hacer el bien a los demás por encima de sus gustos y preferencias personales, que piensan primero en el otro que en ellos mismos.

Quienes viven en la esperanza y el amor son las personas que invitan a otros a seguirlas, que son líderes allí donde se encuentran, contagian su actitud positiva ante la vida, alegran la existencia de quienes conviven con ellos y alientan para que los demás sigan en su esfuerzo de lucha y superación. Esas personas son necesarias donde quiera que estén, la gente las busca, son reconocidas en cualquier parte. Anuncian con su vida el amor y la esperanza.

Todo esto no es más que un ejemplo de lo que puede ser la vida cuando se vive a la luz de la resurrección, donde, en último término, está la razón de nuestra esperanza y la fuerza del amor que debemos irradiar. Desde esta experiencia  podemos proyectar nuestro compromiso cristiano en un mundo tan complejo como el que nos ha tocado vivir. Tú, ¿en cual de los tres grupos descritos te encuentras?  ¿Dónde quieres encontrarte? ¿Puedes dar razón de tu esperanza?