La ascensión del Señor

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Por: Enrique A. Gutiérrez T., S.J.

El refrán popular “tres jueves grandes en el año son: Jueves Santo, Jueves de Corpus y Jueves de la Ascensión” ha cambiado por aquellas cosas de los lunes Emiliani. Esta solemnidad se celebra hoy y nos invita a reflexionar sobre algo que es fundamental en la vida de los creyentes, el sentido de la esperanza. Se celebra 40 días después de la solemnidad de la Resurrección. La una no se entiende sin la otra. La resurrección conduce a la ascensión y esta a la solemnidad de Pentecostés. Veamos.

En Jesús glorificado se exalta también lo propio de nuestra naturaleza como seres humanos, redimidos por la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Es una humanidad transformada, liberada que es presentada por Jesús al Padre. Es la misma humanidad a quien se promete el don del Espíritu. Es, al mismo tiempo, la glorificación de un Dios que se había hecho uno de nosotros, igual en todo, menos en el pecado. Es hacer realidad lo que decimos en una de las oraciones de nuestra celebración eucarística “el agua unida al vino, sea signo de nuestra participación en la vida divina de quien ha querido compartir nuestra condición humana”.

Es algo que expresábamos la noche de la vigilia pascual “se unen lo humano y lo divino… lava los pecados, perdona las culpas, devuelve la inocencia a los caídos” para expresar con gozo y alegría que “feliz la culpa que mereció tal redentor”. Así, tiene sentido todo esfuerzo humano por hacer realidad en su vida la resurrección del Señor, por darle sentido a todo aquello que nos llena de esperanza y nos hace sentir fortalecidos interiormente para hacer frente a las dificultades y problemas de la vida.

Estamos llamados a vivir con Cristo en la gloria, esa es nuestra esperanza y nuestra gloria, sabiendo que se hace realidad lo que Jesús prometió “sepan que yo estaré con ustedes, todos los días, hasta el fin del mundo”. Es la misión que se les confía a los discípulos y, en ellos, a todos los bautizados “cuando el Espíritu Santo descienda sobre ustedes, los llenará de fortaleza y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los últimos rincones de la tierra”.

Más aún, es lo que afirma Pablo en la segunda lectura “le pido (a Dios) que les ilumine la mente para que comprendan cuál es la esperanza que les da su llamamiento, cuán gloriosa y rica es la herencia que Dios da a los que son suyos y cuál es la extraordinaria grandeza de su poder para con nosotros, los que confiamos en Él, por la eficacia de su fuerza poderosa”. Son las palabras de Benedicto XVI que nos dice “cada uno de ustedes, si permanece unido a Cristo, puede realizar grandes cosas. Por eso, queridos amigos, no deben tener miedo de soñar, con los ojos abiertos en grandes proyectos de bien y no deben desalentarse ante las dificultades… Nada es imposible para quien se fía de Dios y se entrega a Dios”.