Abril 19: Mandato de perdonar

Abril 19: Mandato de perdonar

Por: Luis Javier Palacio S. J. 

El valor de la duda de Tomás en el relato de resurrección de hoy, ya se abordó en otro comentario. Dado que el mandato del resucitado aparece en diferentes formulaciones según el evangelio que se lea, comentaremos el de hoy de «A quienes vosotros perdonéis los pecados, les quedarán perdonados; a quienes se los retengáis, les quedarán retenidos». El verbo utilizado en el original griego es άφίημι (afiemi) que significa lanzar, disparar, soltar, dejar caer, emitir, desfogar, dejar libre, absolver, licenciar, despedir. Es el verbo usado para traducir lo que hacían los rabinos cuando  eran consultados sobre la Torah (sabiduría propia de Israel) o resolver dudas del pueblo. Tenían dos principios básicos que eran: a) en asuntos de la ley escrita, el principio más obligante era el más valioso y, b) entre interpretaciones variadas la más misericordiosa era la más acertada. Así, postulaban una ley estricta y una aplicación compasiva. En los debates morales medievales, es la confrontación entre el “tuciorismo” (lo más estricto) y el probabilismo (lo probable) y probabiliorismo (lo más probable) en asuntos de moral y costumbres. Posteriormente surge la moral de situación y la moral existencial[1] . En los textos alusivos a la confesión, del Concilio de Trento, se dice que el confesor cumple sus funciones a la manera de un juez (que diagnostica) pero igualmente como un médico (que cura). Infortunadamente primó más la imagen del juez. Como juez y médico el confesor necesita conocimientos no sólo de teología moral, sino también de psicología, psiquiatría y otras ciencias humanas así como de espiritualidad para poder ayudar realmente a los que recurran a él. Si esto se exigiera como condición indispensable, tendría que disminuir mucho el número de confesores. Francisco ha enseñado que muchos sacerdotes no deberían confesar por su intolerancia e incluso morbosidad.

El hecho de que el mandato a perdonar o retener —la palabra original es κρατέω, crateo, que significa fuerte, tener fuerza o poder, dominar, reinar, ser dueño, apoderarse, coger, retener— venga luego de la mención del Espíritu, significa que es realmente éste quien debe actuar. El Espíritu es el que actúa en todos los sacramentos, como bien lo expresa la teología ortodoxa (griega u oriental) por lo cual todos deben celebrarse con la invocación del Espíritu. Los congregados en el Concilio de Trento, argumentaban que para, poder atar o desatar, se requiere conocimiento de los pecados, pues ellos lo entendían como absolver o negar la absolución. Otras veces la absolución era condicionada, por ejemplo al cambio de profesión laboral e incluso al lugar de residencia. Algunas críticas se han hecho a la fórmula judicativa latina: “Yo, por el poder que la iglesia me confiere…” como la de un juez que puede condenar a un inocente o absolver a un culpable. El Concilio Vaticano II la morigera introduciendo lecturas bíblicas de misericordia para hacer la reconciliación (confesión no es un buen nombre) más alegre y esperanzadora. Durante los seis primeros siglos se consideraba que el sacramento de la penitencia era irrepetible, que sólo se podía conceder una vez en la vida. Se consideraba como un “segundo bautismo” (bautismo de lágrimas o bautismo laborioso), y como el bautismo era irrepetible, se atribuía la misma condición a la penitencia. Fueron los monjes irlandeses los que en el siglo VI introdujeron la confesión frecuente, no para perdón de pecados sino para ejercitar su ascética, obtener consejo y dirección espiritual. Pasaba de público —solamente para pecados mortales tomados del judaísmo pues se castigaban con la muerte, como el adulterio, el asesinato y la apostasía— a privado y auricular (al oído). En la Reforma, tanto Lutero como Calvino no rechazan la confesión privada de los pecados, sino su obligatoriedad y el que sea un sacramento instituido por Jesucristo. Los anglicanos adoptan tres formas bastante sensatas de tratar el pecado: a) pedir perdón al ofendido, b) buscar al confesor o consejero, c) pedir la oración de la iglesia. La carta de Santiago, por ejemplo, nos da una muestra de tal práctica: «Confesaos, pues, mutuamente vuestros pecados y orad los unos por los otros, para que seáis curados. La oración ferviente del justo tiene mucho poder» (Snt 5:16). La primera carta de Juan invita al examen de conciencia (pausa diaria recomiendan hoy) cuando expresa desnudar la conciencia ante Dios: «Si reconocemos nuestros pecados, fiel y justo es él para perdonarnos los pecados y purificarnos de toda injusticia» (1 Jn 1:9). Innumerables santos y cristianos de la antigüedad nunca recibieron el sacramento de la penitencia. Los dos grandes sacramentos para la remisión de los pecados y la reconciliación eran el bautismo y la eucaristía, como aparece en Ireneo de Lyon y Ambrosio de Milán. La Eucaristía se llamó remedio para el pecado, medicina de inmortalidad. Decía Ambrosio: “Si cada vez que se derrama su sangre, se derrama para el perdón de los pecados, tengo que recibirle siempre, para que siempre perdone mis pecados. Si peco continuamente, he de tener siempre un remedio a la mano”.

En los tiempos antiguos en que la penitencia sacramental era una excepción, el gran sacramento del perdón para los pecados ordinarios de la vida después del bautismo era la Eucaristía. Sólo más tarde el sacramento de la penitencia fue suplantando en esta función del perdón a los demás sacramentos. El mandato del evangelio de hoy no es lo único sobre el perdón. Otros relatos abordan directa o indirectamente el perdón. Las comidas que Jesús tenía con los publicanos y pecadores, y en las que se habla del perdón de los pecados: el banquete dado por Leví a Jesús y a sus discípulos, la comida en casa de Zaqueo, el perdón de la mujer pecadora durante la comida en casa de Simón el fariseo, la parábola del hijo pródigo, la mujer sorprendida en adulterio, el paralítico bajado en camilla, etc., tal como están redactados estos relatos parecen aludir a la celebración eucarística de las primeras comunidades, y pudieran ser un indicio de que las comidas fraternas de los primeros cristianos incluían también el perdón de los pecados. Si alguien a quien he ofendido me invita al cumpleaños de su hija, es evidente que me ha perdonado la ofensa.

Por razones varias como los confesionales y las confesiones tarifadas, la vergüenza que se siente en decir los pecados se consideró parte de la penitencia[2]. Así se inició una práctica de confesar los mismos pecados varias veces o a diversos confesores, porque de este modo era mayor la vergüenza y se hacía más penitencia. Algunas secuelas de esta costumbre han llegado hasta nuestros días: el acusarse de los pecados de la vida pasada, que todavía hoy practican muchos, se funda en dos motivos: 1) asegurar la materia del sacramento, cuando uno sólo se acusa de faltas o imperfecciones que no se pueden considerar verdaderos pecados; 2) renovar y estimular el arrepentimiento sincero al considerar los pecados de su vida pasada. Como reacción contra la Reforma protestante, se propaló que quien omite el confesar un pecado grave por vergüenza o miedo, comete un tremendo sacrilegio. La pregunta dolorosa es: ¿Hemos propiciado la conversión con este método? La conversión (el futuro) ha quedado en un segundo plano. Da la impresión de que lo importante es decir los pecados al confesor y recibir la absolución, y todo lo demás fuera secundario, tanto para el penitente como para el confesor. Así no saldremos de la crisis que enfrenta la confesión (conversión).

 

[1] Corresponde a la moral de normas y a la moral de situaciones como en Bernard Häring y Josef Fuchs. La moral de Häring se expresa en sus cuatro tomos sobre “La ley de Cristo”.

[2] Jesús predica conversión pero Jerónimo tradujo al latín como penitencia. Veinticuatro veces ocurre esta imprecisión en el Nuevo Testamento de la Vulgata. Aunque se corrigió la traducción no se corrige aún la pastoral.