Mayo 10: Jesús como camino, verdad y vida

Mayo 10: Jesús como camino, verdad y vida

Por: Luis Javier Palacio S. J. 

Las metáforas del camino, la verdad y la vida son comunes a muchas religiones. Muchos fundadores y líderes religiosos, enseñaron el camino (ordinariamente a la felicidad), verdades o revelaciones, estilos de vida. La novedad, en el caso de Jesús es que hace estribar las tres facetas de tal enseñanza en su misma persona. No enseña un camino pre-diseñado sino el camino que el mismo hace, como en la célebre expresión de Antonio Machado: se hace camino al andar. Al andar como Jesús, hacemos nuestro propio camino que a la vez debe ser otro “camino de Jesús”. Para los hombres piadosos del Antiguo Testamento la instrucción Torah (ley) de Yahvéh, es el camino de la verdadera vida, aceptado por Israel. También otras religiones preguntan por el camino, por el recto sendero, que conduce a la salvación y redención. Asimismo la expresión “los del camino” dada al cristianismo primitivo era por oposición a la piedad legalista. Cuando el hombre pregunta por el camino está preguntando por el sentido y meta de su existencia.

Tampoco vino Jesús a enseñar unas verdades como un sistema completo a la manera de los filósofos griegos o de sus tratados de ética[1]. Ello quiere decir que en el Evangelio según Juan hay que hablar de un concepto cristológico de la verdad. No se trata, por consiguiente, de una verdad abstracta con la que el hombre se encuentra, sino de la máxima verdad concreta en la persona misma de Jesús. No la verdad que se “descubre” sino aquella a la que nos acercamos y se conoce cuando se compromete la propia vida. La ética de Jesús no son una serie de principios sino su misma persona: obrar a la manera de Jesús es ser ético, según el evangelio. Un movimiento espiritual propone a sus seguidores que siempre que tuvieran que hacer algo se detuvieran a responder la pregunta ¿Qué haría Jesús? Luego, que siguieran exactamente como lo sentían, sin importar el resultado de su acción. No solamente quienes han sufrido el martirio cruento han hecho de tal manera. La vida ordinaria puede ser el mejor testimonio de seguimiento del evangelio que está al alcance de todo creyente. Igualmente nos sucede con la vida, que ordinariamente nos la imaginamos como nos la ofrecen las propagandas y medios de comunicación. Nos muestran el paraíso al instante, una salvación de pocos minutos o incluso segundos. Comprando X o Y producto llegas a la plenitud de la felicidad. Pero de nuevo el modelo de vida misma es Jesús y no otra teoría que sobre la vida hagamos. Una vida de Jesús que es entrega incondicional a los demás, como corresponde a la definición: Jesús, el hombre para los demás.

En el evangelio de Juan es frecuente encontrar que Jesús se auto-define con la expresión “yo soy”. Así, tenemos: Yo soy el pan de vida; yo soy el pan vivo bajado del cielo; yo soy la luz del mundo; yo soy la puerta de las ovejas; yo soy el buen pastor; yo soy la resurrección y la vida; yo soy la vid verdadera; yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie pensará que en estas expresiones se pueda cambiar el “soy” por el signo =. Es una forma de aproximarse al sentido de Jesús para la vida del creyente, que es de lo que tratan los evangelios y las cartas de Pablo. Para algunos comentaristas la traducción adecuada de la expresión original griega, sería más dinámica. Sería algo como “yo estoy siendo el camino, la verdad y la vida”, algo más dinámico, más existencial. Igual gerundio se puede aplicar a las demás expresiones “yo soy”. A Jesús se le dan más de cien títulos en el Nuevo Testamento y ninguno equivale a igualdad (=). Todos nos invitan a reflexionar sobre lo que es Jesús para nosotros y lo que debemos ser nosotros. La sociedad, por el contrario, nos presenta modelos de héroes de todo tipo: políticos, económicos, científicos, artísticos, sociales, religiosos, de belleza física, de complexión corporal, de manera que nos pongan a soñar con ellos y seamos más fácilmente manipulables. Pero como en otro comentario se decía de Ireneo de Lyon, la semejanza de la que habla el Génesis en el momento de la creación, no es otra que Jesús como humanidad deseada por Dios para todos los seres humanos. Una semejanza que se nos da como gracia, es decir, como tarea que debemos realizar a lo largo de toda la vida. La conversión es el camino para intentar lograrlo.

Jesús alude a su final anticipadamente como su momento de mayor gloria, según Juan: dar la vida por sus amigos. Juan acumula imágenes modificándose unas a otras y haciéndolas multivalentes. Ahora habla de las mansiones (moradas) del Padre, como si fuera un propietario de bienes inmuebles. En otra parte hablaba de ser humilde puerta del rebaño. Pero el interés de Jesús está centrado en el camino que lleva (como todo destino humano) a la muerte, pero una muerte que no es derrota sino gloria. Pero en lugar de hablar del camino que cada uno sigue habla de su mismo camino que es su manera de llegar a la cruz. Como si el evangelio fuera una pintura cubista que refleja la muerte en otras imágenes como luz, agua, pastor, camino, vid, pan, carne, sangre, camino para ser trillado, etc. De alguna forma, la misma idea aparece, bajo otras imágenes, en los demás evangelios. En Marcos el discípulo ideal es el que recorre el camino de la pasión. En Lucas, desde el nacimiento en un comedero de animales y en Mateo desde la muerte de los niños por Herodes y la huida a Egipto, la vida toda de Jesús es presentada como pasión. Está al comienzo y al final. Sin embargo, frente a imagenes, aparentemente tan pesimistas, el triunfo definitivo es la resurrección, no el éxito en esta vida. La muerte no es una desgracia, un sin sentido, una disolución definitivos del hombre, sino una muerte fecunda y vivificante, de la que surge una vida nueva y eterna. Tiene entonces sentido que Jesús sea el camino, la verdad y la vida, que son enseñanzas típicas de Juan. Buscando el sentido de la muerte de Jesús lo que termina iluminándose de una manera sorprendente es la vida misma del cristiano; no tanto la futura cuanto la presente. En esto coincide con las enseñanzas de Pablo: vivir ahora la resurrección futura. «Donde yo estoy, allí estará también mi servidor». La muerte de Jesús lo que nos garantiza es su permanencia entre nosotros; el grano de trigo que sigue produciendo abundantes frutos de vida.

La idea evangélica de verdad se la debemos a Juan, tanto en su evangelio como en sus cartas. En la actuación de Jesús se encuentra la verdad porque es una vida y un camino confiable; aún más es el único confiable para una existencia humana con sentido para sí mismo y para los demás. Digno de confianza es el que llega a dar la vida por los que ama. «Yo soy el camino, la verdad y la vida» marca una triada, un trípode, que no cae del cielo sino que se da en la historia, en la vida misma de Jesús. Su muerte es parte de dicha verdad, aunque Juan no dice propiamente que muere o expira (como en los sinópticos) sino que “entrega su Espíritu”. Tal Espíritu es el que ha de continuar vivo y actuante entre sus seguidores.  Cuando ya Jesús no esté con sus discípulos, legará su Espíritu que les muestra el camino, la verdad y la vida. La acción del Espíritu es mantener el recuerdo de Jesús y revivirlo. Así continúa presente el “espíritu de la verdad”. La verdad evangélica es un encuentro que invita a “vivir en la verdad”, no solamente a decir o expresar algo como verdadero sino a comprometer la existencia toda. La resurrección de Jesús es la señal que apunta a la verdad creyente como futuro y por eso ha de estar abierta a todos los hombres; es lo que da a la iglesia su carácter de catolicidad (que a nadie discrimina o excluye).

 

[1] En la ética cristiana influyó mucho la escuela filosófica de los estoicos (Pablo fue educado en la escuela estoica de Tarso) así como la Ética a Nicómaco del filósofo Aristóteles. La moral de virtudes de la escolástica es casi un plagio.