Mayo 17: Amor sacrificial (ágape) y mandamientos

Mayo 17: Amor sacrificial (ágape) y mandamientos

Por: Luis Javier Palacio S. J. 

Como en otros comentarios se ha dicho, lo que la Septuaginta tradujo por “ley” en el judaísmo era Torah que es más que ley. Es la sabiduría propia de Israel. Dentro de la Torah estaba el amor a Yahvéh con todo el corazón, con toda la mente y con tada el alma, de manera que podría pensarse que para el judío no había deber mayor que el amor a Yahvéh. Pero la conclusión no es tan sencilla porque esrictamente hablano no se amaba a Yahvéh, era Yahvéh quien amaba al pueblo. La relación era asimétrica y no recíproca. No obedecía a la máxima griega de que solamente se conocía y se amaba lo semejante. El hombre, si quería acceder a nivel de los dioses (las ideas en Platón o el ser absoluto en Aristóteles) le tocaba ascender de las cosas sensibles en un proceso inacabado hasta las cosas intelecltuales, racionales, inmutables, causa y origen de los demás seres. Ese era el mundo de los dioses (pues había varios) al que el hombre aspiraba. Bien porque del mundo de las ideas se había caído el alma[1] (mito de Fedón o la inmortalidad del alma), bien porque nunca se saciaba el deseo de contemplar la verdad, el bien, lo bello y lo eterno. En el judaísmo el planteamiento era bien diferente pues el amor a Yahvéh no existía más que en lo concreto de amor o atención a la viuda, el huérfano y el extranjero. Amar a Yahvéh era amar lo que Yahvéh amaba que se enunciaba con la sinécdoque (la parte por el todo) de la viuda, el huérfano y el extranjero. Nadie podía ver a Yahvéh y su mismo nombre YHWH era impronunciable. Solamente una vez lo pronunciaba el sacerdote casa año en la fiesta del Yom-kippur o del perdón nacional.

Quizás por esta concepción tan especial del amor, que en el cristianismo sería amor sacrificial, de las cuatro palabras griegas para expresarlo: eros, astorgé, filia, ágape, el evangelio de Juan privilegia la última: ágape. Las otras formas de amor implican deseo, carencia, necesidad, ambición, conquista y posesión. Parte de la idea de que el hombre es mera ambición de eternidad, de verdad, de bondad, de belleza, de eternidad siempre insatisfecha y solo en Dios encontraría resposo. Es clásica la formulación de Agustín: “Nos hiciste, Señor, para ti; inquieto está nuestro corazón hasta que repose en ti”. Aquí valga citar el enfoque tan diferente de Teresa de Lisieux cuando expresaba que no tenía afán ninguno en ir al cielo pues en cuanto a estar con Dios ya lo estaba acá en la tierra. El camino normal de los santos era un camino ascendente, como la escala de Jacob. Pero ésta no era para ascender al cielo sino para bajar por ella a la encarnación. Teresa se movía en la dirección contraria a la de la tierra al cielo. Quería bajar el cielo a la tierra, descender a la tierra, traer el otro mundo a éste. En lugar de mirar la santidad como la vía para ascender a un cielo fuera de este mundo, entendía que el cielo era una extensión de nuestra real misión en la tierra. Si Dios era creador era porque realmente amaba el mundo humano. «Porque tanto amó Dios al mundo (cosmos) que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3:16). En Juan la vida eterna o vida verdadera empieza acá en la tierra. Como lo expresaba Duns Scoto: “Aunque el hombre no hubiera pecado, Dios se habría encarnado porque lo hizo por amor, no por nuestro pecado”. Bien al contrario de Agustín y otros padres de la iglesia que llegaban a alabar la falta de Adán como “feliz culpa que nos mereción tal redentor”. Planteamientos en los que Adán resultaba superior a Jesús, algo que Pablo desautoriza con su teoría del hombre nuevo o nuevo Adán. Dios, pues, según Teresa de Lisieux, no amaba el mundo como un fin sino por sí mismo. Así, resultaba totalmente revolucionaria su concepción de lo sucedería luego de la muerte: “Quiero pasar la eternidad en el cielo, haciendo el bien aquí en la tierra”. Con esta frase cuestiona mucha de la teología sobre las postrimerías del hombre.

Dado que los cristianos utilizaron con exclusividad la versión de los Setenta o Septuaginta para el Antiguo Testamento, redujeron el judaísmo a la ley y a Moisés al legislador. Y dada la novedad de su concepción de amor sacrificial (ágape), terminaron con el eslogan de que el judaísmo era la religión de la ley y el cristianismo la religión del amor. Pero ambas cosas son refutadas por la historia. El amor en muchos padres de la iglesia terminó contaminado con la idea paltónica de deseo, posesión, ambición de una sublimidad ajena a la tierra. Un Dios, pura idea, que no podía padecer, pero igualmente que no podía amar. Un Dios bien diferente al Yahvéh judío que sufría con su pueblo, incluso el destierro. Así se desfigura un amor que no podía expresarse sino en esta tierra. «Si alguno dice: Amo a Dios, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve» (Jn 4:20). Es que Juan es más místico que teólogo y más judío que griego. Es un místico judío[2]. Es la mística del amor sacrificial. En este sentido, si Dios es ágape, no necesitaba propiamente venir de otro mundo sino adentrarse profundamente en éste. Cuando Juan expresa que lo encarnado es el “logos” utiliza la metáfora del estoicismo para expresar la esencia de todo. Si el cosmos era cognoscible lo era porque podíamos entrar en contacto con ese “logos” de todas las cosas. En Juan, si Dios es congnoscible lo es porque podemos entrar en contacto con la ágape a la que nos motiva el haber sido amados primero. «Nosotros amemos, porque él nos amó primero» (1 Jn 4:19). Pablo lo expresa de forma más dramática uniendo tal amor a la pasión: «No vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí; la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gal 2:20).

Cuando Jesús enuncia el amor (ágape) como un mandamiento, como el nuevo mandamiento, ha sintetizado en una palabra la nueva Torha (sabiduría propia del cristiano). Aquí no hay promesas ni castigos para quien cumpla o inculpla los mandatos como en el Levítico, el Éxodo o el Deuteronomio. La ágape es gratuita, inmotivada, espontánea e inmerecida. Puede ser tan “desperdiciada” como la lluvia sobre el mar en vez de sobre la tierra. No busca valor en las cosas sino que crea valor en las cosas a partir de la nada (como la gracia). El amor (ágape) es el secreto de la vida en función de la cual se redacta el Decálogo. El nuevo mandato es simple: agapearse unos a otros como agapeó Jesús. La expresión máxima del amor sacrificial es dar la vida. Es también la puerta hacia una nueva conciencia. Si pasas por ella ya no serás seguidor, ni discípulo ni siervo sino amigo. Compartes mutuamente la misión de traer vida abundante a la humanidad.

Hoy, el Decálogo lo tenemos traducido en los diferentes códigos de derecho de las naciones. Con él, quizás hasta logremos una sociedad de buenos ciudadanes. Pero nunca lograremos una comunidad en el amor (ágape) como la esperaba Jesús. Si el Decálogo más que normas era un espíritu que había que vivir, el amor (ágape) es un espíritu áun más desafiante que Jesús nos mostró con su vida que era posible de vivir.

 

[1] En esencia es un mito parecido a la caída en el Génesis. La diferencia es que en Platón no hay propiamente creación del alma por Dios, pues las ideas son eternas, y en Aristóteles lo eterno es la materia.

[2] Pocos padres de la iglesia entendieron a Juan como místico y más como teólogo. La exégesis crítica lo entendió como un gnóstico y solo recientemente se le empieza a leer como místico. Su evangelio es llamado evangelio espiritual por Clemente de Alejandría y de evangelio místico por Orígenes. Se acercaría más al Cantar de los Cantares que a los Proverbios o Eclesiastés.