Mayo 31: El mismo ya era otro

Mayo 31: El mismo ya era otro

Por: Luis Javier Palacio S. J. 

Si el conteo de los días corresponde al judío, como puede suponerse por el lenguaje de los evangelios, el primer día en la tarde sería el domingo y los creyentes estarían en su reunión eucarística. Que las Eucaristías se hacían en secreto mayormente, al menos hasta Constantino, es sabido. Ya los creyentes, expulsados de la sinagoga tendrían su propia celebración en reemplazo del Sabbath judío y sería el recuerdo (anámesis es la palabra técnica) de la última cena y la vida toda de Jesús. “La paz sea con vosotros” es el saludo que perdura hasta hoy y puesto en boca de Jesús. Les muestra las manos y el costado (el corazón es de gran importancia para la antroplogía judía[1]) para certificar que el resucitado es el mismo crucificado. Sin pasión no hay resurrección tanto para Jesús como para el creyente. En el relato siguiente, cuando Tomás esté presente, la relación es todavía más clara con su duda o pregunta que sirve para aclarar la relación. Infortundadamente hacia el siglo XII se consagra la idea de la “duda de Tomás” y el “pecado de pensamiento” del CONFITEOR. Pero falta el soplar el Espíritu que en Juan tiene la cualificación de Paráclito, pues el Espíritu es siempre de Dios. Rezaba la oración judía de la mañana llamada Mode-anih: “Gracias, Señor, por devolverme el Espíritu”. Durante el sueño no actuaría el Espíritu por lo cual es extraño y escaso en la Biblia que los sueños revelen la voluntad de Dios. En Mateo es un ángel el que habla a José y no el sueño mismo. Adivinar los sueños estaba prohibido por la ley de Moisés y José interpreta los sueños pero en tierra extranjera[2].

El relato de aparición de hoy sigue el modelo establecido de las apariciones: paz, espíritu, envío, misión. Aquí el envío difiere del de los sinópticos pues no son enviados a predicar al mundo (toda la creación como en Marcos), ni a las ovejas perdidad de Israel (como en Mateo) ni a todas las naciones (como en Lucas) sino enviados —es el significado de apóstol en griego— a la manera como el Padre envía a Jesús. Sabemos que en Juan el envío es a amar (agapear) como lo ha hecho Jesús. La palabra para perdonar pecados es άφίημι (afiemi) que significa lanzar, disparar, soltar, dejar caer, emitir, desfogar, dejar libre, libertar, absolver y la usada para retener es κρατέω (krateo) que significa ser fuerte, tener fuerza o poder, dominar, reinar, ser dueño, coger, retener, conservar en su poder, soltar, desatar y ambas se usaban para explicar el poder de los maestros de la ley en las interpretaciones dudosas de ella. Se basaban, para la interpretación, en dos principios: a) si la ley es respecto a Yahvéh, la más obligante es la que rige; y b) si le ley es respecto a los seres humanos la más compasiva es la que rige. Cuando el Concilio de Trento (siglo XVI) determina el papel del confesor, lo plantea con el doble oficio de juez y médico, que equivaldría a diagnóstico y tratamiento. Primó, sin embargo, el papel de juez y solo muy recientemente se forma a los confesores para ejercer de médicos o consejeros, con elementos de sicología mínima. Francisco ha enfatizado que el elemento más importante es la misericordia en el sacramento de la conversión o reconciliación. Los nombres de confesión, penitencia, tribunal divino, perdón resultaron poco adecuados para el sentido de la conversión: lo importante es el futuro y no el pasado imborrable pero superable. Francisco ha afirmado que se ha confundido el confesionario con una tintorería y Pablo VI expresaba: “Hoy se va al confesor cuando debía irse al sicólogo y se va al sicólogo cuando debía irse el confesor”. Jesús perdona con gran facilidad en los evangelios, incluso sin que se lo pidan. Tal es el caso del paralítico bajado en su camilla en medio del gentío. Comer con pecadores ya es una muestra de perdón. La Reforma terminó aboliendo este sacramento y recomendando el examen de conciencia[3] (Juan Calvino). La iglesia oriental practica una fórmula de absolución menos judicativa que la occidental latina y más cercana a la impetración de Santiago: «Confesaos, pues, mutuamente vuestros pecados y orad los unos por los otros, para que seáis sanados» (St 5:16). El que perdona es el Espíritu que actúa en el creyente y el Concilio Vaticano II recomienda un proceso, pocas veces cumplido, de oración y lectura conjunta de las Escrituras, consejo espiritual, proyecto de vida, etc. Es decir, la medicina apropiada para cada penitente. Igualmente facilita tres maneras de reconciliación: a) confesión y absolución comunitaria (liturgia penitencial); b) confesión individual y absolución colectiva; c) confesión auricular y absolución individual. Vale la pena notar que por siglos los pecados graves (mortales según el judaísmo, porque se castigaban con la muerte) eran solamente tres: adulterio, apostasía y asesinato. Su confesión era pública (exomologesis), la penitencia larga (meses y años) y la reconciliación pública (reintegro a la Eucaristía). Es con los monjes irlandeses (siglo VI) con quienes aparece la confesión por devoción para dar origen a los Confesionales o libros populares para examinarse con base en el Decálogo y la Confesión Tarifada (para los clérigos con poca formación). Graciano, un monje compilador del código de derecho canónico, consideraba opicional la confesión de los pecados, pero Pedro Lombardo, obispo de París, quien con sus Sentencias fija la formación del clero por siglos, lo considera mandatorio y el Cuarto Concilio de Letrán (1215) decreta la confesión anual de todos los pecados graves. Es lo que repite el Concilio de Trento, frente a Lutero que vuelve a la confesión opcional. Decía que era el hombre ofendido quien debía perdonar a otro hombre que lo hubiese ofendido. Los rabinos enseñaban que el hombre no estaba obligado a perdonar pero que quien no hacía era cruel. Yahvéh, en cambio, perdonaba a todo el pueblo anualmente en la fiesta del Yom-Kippur[4] e individualmente con ofrendas y sacrificios en el Templo de Jerusalén. Pablo junta ambos ritos cuando dice: "Purificaos de la levadura vieja, para ser masa nueva; pues sois ázimos. Porque nuestro cordero pascual, Cristo, ha sido inmolado (1 Co 5:7)", y de igual manera lo hace Juan cuando pone en boca del Bautista: “He ahí el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo”. El cordero pascual era para agradecer y alegrarse por la liberación de Egipto y la tierra que mana leche y miel y no tenía que ver con perdón. Tampoco en Juan la muerte de Jesús se asocia con el perdón —muere antes de Pacua, diferente a los sinópticos— pues el perdón es correlativo al amor: el pecado, que es el odio al hermano, se supera con el amor al hermano. Esto empieza a tener sentido cuando se mira desde la resurrección, cuando Jesús ya es otro: el Cristo, el Señor. Como expresaba Teodoro de Mapsuestia, la resurrección es la verdadera transubstanciación o cambio substancial de Jesús. El mismo ya era otro.

 

[1] Sería el equivalente de lo que los griegos llaman alma. En el judaísmo el hombre estaba compuesto de bashar, nephesh y ruah. Este último simpre en manos de Yahvéh. El corazón sí era de cada judío y sede de sus sentimientos más nobles o más perversos, pues del corazón salen todos los males, según Jesús.

[2] Entre los griego el sueño es una “pequeña muerte” pues Hipnos (el sueño) es hermano de Thanatos (la muerte). Los sueños recordados son pesadillas fruto de desarreglos orgánicos o estomacales, para ellos.

[3] Hoy, el examen de conciencia (del consciente para hacer honor a Freud) tiene características de terapia sicológica y también espiritual. Está en muchas espiritualidades laicales y religiosas: confesión con Dios y consigo mismo. Facebook, Twitter, Whatsapp y otros gadgets son la confesión moderna. 

[4] El rito consistía en lanzar al desierto al “chivo expiatorio”, sin matarlo, en manos de Azazel, demonio del desierto. Luego se sacrificaba un cordero en el Templo en acción de gracias.