Marzo 28: La Pasión en el evangelio de Juan

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Por: Luis Javier Palacio, SJ 

El evangelio de Marcos, el más corto de los cuatro (más o menos la mitad de Lucas y Mateo), ha interesado a muchos estudiosos, pues parece ser la inspiración de los otros dos. Lucas y Mateo serían una ampliación del evangelio de Marcos. Algunos postulan una fuente anterior a los tres (fuente Q) que contendría básicamente un relato de la Pasión. El evangelio de Marcos sería un relato de dicha pasión ampliado hasta la unción en Betania. Aunque, estrictamente hablando, todo el evangelio desde el bautismo en el Jordán y las tentaciones en el desierto sería de pasión en mayor o menor grado. Por ejemplo, curar a un leproso le causa problemas a Jesús en vez de aplausos pues “ya no podía Jesús presentarse en público en ninguna ciudad, sino que se quedaba a las afueras, en lugares solitarios” (Mc 1:45). El clímax de su concepción mesiánica como pasión aparece en el regaño a Pedro a quien califica de Satanás porque se opone a un mesías sufriente. No es de extrañar que los cristianos buscaran figuras del Antiguo Testamento de un salvador sufriente y creyeran encontrarla en el Siervo Sufrientedel profeta Isaías. Pero como en otro comentario se dijo, deja cabos sueltos. El Siervo Sufriente de Isaías tenía al menos tres lecturas en el judaísmo. Como un individuo, como un grupo reducido (los anawim o pobres de Yahvéh) y como todo el pueblo judío. Quizás las tres puedan aplicarse metafóricamente a Jesús, a los cristianos y a toda la humanidad. Pero el sufrimiento tiene otros personajes como Job que aclara la dolorosa cita de Jesús del Salmo 22: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Sal 22:1). 

Como sabemos, los evangelios no siguen el orden cronológico de los relatos de hoy. Una creíble explicación es que siguen el ritmo de las lecturas de la sinagoga judía que obedecían a un ciclo de un año en las sinagogas pequeñas y de tres años en las más grandes o importantes. Las lecturas de la Pasión de Jesús corresponderían a las lecturas de la fiesta de Pascua judía y la similitud de la palabra hebrea pesah (pascua) y la griega pascha[1] (padecer) habrían influido en la convergencia de los dos conceptos. Para otros comentaristas, Marcos habría sido influenciado por Pablo, el primer escritor o teólogo cristiano, quien expresa en una recomendación a los corintios: “purificaos de la levadura vieja, para ser masa nueva; pues sois ázimos. Porque nuestro cordero pascual, Cristo, ha sido inmolado” (1 Co 5:7), en donde las alusiones a la pascua judía en relación con Cristo son evidentes. Sin embargo, el cordero pascual no entrañaba directamente el sentido de violencia, algo que igualmente se nota en las “buenas maneras” de la Pasión de Jesús en el evangelio de Juan. En los sinópticos muere Jesús antes del degüello de los corderos en el Templo, mientras que Juan hace coincidir su muerte con la hora del degüello de dichos corderos. Las diferencias en los relatos muestran que los evangelistas buscan más el sentido para los creyentes que los simples datos históricos. Las mujeres esperan que pase el sábado de Pascua para ir al sepulcro y los cuerpos no deben permanecer en el madero por la Pascua. La expresión “pasión de Cristo” que nos suena tan familiar, no aparece en ninguna parte del Nuevo Testamento. Aparece el plural padecimientos, no el sustantivo pasión. En su lugar, aparece el verbo padecer. “Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas” (Mc 8:31).

La Pasión, en Marcos, es narrada en un esquema de día de 24 horas como día central de la Pascua judía. El relato de la Pasión era la Pascua cristiana. La necesidad de una versión cristiana de la observancia judía de la Pascua fue el primer esquema para recoger los evangelios. El mismo bautismo cristiano, que luego se llenará de ritos, teología y otros significados, fue una adaptación de la ceremonia posterior a la circuncisión de los prosélitos judíos como baño de pureza. Pablo le da el sentido más originalmente cristiano de “sumergirse en la pasión y muerte de Jesús para ser como él resucitados”. Los primeros baptisterios eran excavados en el suelo, a manera de piscinas en forma de cruz, con escalas para entrar por una punta del madero y salir por la otra punta. El simbolismo era evidente. Si el Éxodo narraba la historia del pueblo judío, la Pasión era la historia del pueblo cristiano. Varios acontecimientos del pueblo judío tienen su paralelo en acontecimientos de la vida de Jesús. La fiesta de la luces (Hannukah), por ejemplo, tiene su paralelo en la transfiguración con similar imagen de luz resplandeciente. En Mateo, brillan rostro y vestiduras; en Lucas, se muda el rostro y brillan las vestiduras; en Marcos, solamente las vestiduras, sin mencionar el rostro. La celebración del Año Nuevo judío (el actual obedece a otros conteos lejos del judío) cae hacia el otoño. Esta celebración y el Yom-Kippur (perdón nacional) se mezclan en los dos primeros capítulos de Marcos y la fiesta de los Tebernáculos (Sukkoth) cubren el tercer y cuarto capítulos. Este se contiene en el Levítico entre los capítulos 21 al 24. Siendo una fiesta agrícola, se asocian en el evangelio parábolas como el sembrador, la semilla que crece en secreto, el grano de mostaza y el poder de Jesús sobre la naturaleza (calma la tormenta). 

Es tal la centralidad de la Pasión en Marcos que hace del discipulado –o seguimiento de Jesús– el seguimiento en su Pasión, algo que presupone el perdón, pues sin él podía confundirse con una exaltación enfermiza (masoquista) del sufrimiento, de la expiación del héroe al estilo de la tragedia griega, de la auto redención de los gentiles conmoviendo a los dioses con su sufrimiento. Por ejemplo, los adoradores de Baal se punzaban el cuerpo para derramar sangre y conmover y provocar así la misericordia de su dios. Algo parecido a lo que hacen algunos flagelantes que hasta llegan a crucificarse el Viernes Santo en Santo Tomás, Atlántico, y en ciertos pueblos de Filipinas. El evangelio de Marcos muestra que las multitudes seguían a Jesús en busca de lo equivocado. Buscaban al Jesús taumaturgo, autor de curaciones y hechos extraordinarios y Jesús buscaba, por el contrario, que su seguimiento fuera en la Pasión. Quien reconoce a Jesús como Hijo de Dios no son los discípulos, ni las multitudes que acuden en busca de curaciones, sino el centurión que lo ve morir al pie de la cruz. “Al ver el centurión, que estaba frente a él, que había expirado de esa manera, dijo: Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios”. No hubo tal abandono como el que clamaba el Salmo 22, sino una nueva e inesperada revelación de la divinidad. Una divinidad que sufre por amor (ágape) al ser humano, como lo expresa Juan. Similar es la visión en Pablo quien para nada menciona a Judas y hasta llega a afirmar que el Padre mismo es el que entrega a Jesús. “El que no escatimó ni a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros” (Rm 8:32).

Los apóstoles (Marcos evita el término discípulo para que no se confundan con los del Bautista) no entienden a Jesús y lo abandonan en el momento de la pasión. Algo exclusivo de Marcos: “Y abandonándole, huyeron todos”. Lógicamente la comunidad cristiana no surge solamente de la Pasión. Al evangelio de Marcos se le añade el apéndice de la Resurrección, indispensable para el sentido cristiano de la experiencia Pascual. En un esquema genérico y digno de reflexionarse, se dice que la iglesia latina (la nuestra) enfatiza más la muerte de Jesús, mientras que la iglesia ortodoxa (oriental) enfatiza más la resurrección. La nuestra, a Cristo y la ortodoxa, al Espíritu. Quizás ambas respiramos con un solo pulmón cuando necesitamos de los dos para evitar “pandemias teológicas”. Muerte y resurrección son indisociables.

 

[1] Πάσχω (pasjo) sufrir, padecer, experimentar, estar afectado de ésta o la otra manera.