Marzo 21: “Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere"

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Por: Antonio José Sarmiento Nova, S.J.

Lecturas:

  1. Jeremías 31: 31-34
  2. Salmo 50
  3. Hebreos 5: 5-9
  4. Juan 12: 20-33

Entregar la propia vida para que haya vida en abundancia, dar todo de sí  sin reservarse nada, ofrecer todo el ser para que reinen la dignidad y la justicia, desgastarse por amor, comprometerse hasta las últimas consecuencias en nombre del máximo ideal de Dios que es la plenitud del ser humano, histórica y trascendente, es la apuesta radical de Jesús[1] y, en consecuencia, es el referente decisivo de la existencia cristiana. Este es el planteamiento de la Palabra en el último domingo de cuaresma: ¿estamos dispuestos a seguir a Jesús en  este  camino, en el cumplimiento de su hora?

Alessandro Pronzato, escritor italiano de textos de espiritualidad, escribe un bello libro titulado Una monja llamada Agustina,[2] el cual relata la historia de una jovencita muy dispuesta para el servicio en su hogar, desde siempre motivada para consagrarse como religiosa, pero obligada a postergar su decisión por motivos familiares; es la hermana mayor y debe hacerse cargo de sus hermanos menores. Una vez cumplidas sus obligaciones, que las hace con gran generosidad, ingresa a una congregación que se dedica al cuidado de enfermos, personas mayores y deficientes mentales.

Agustina prosigue su vida siempre empeñada en el servicio, lo hace con extrema delicadeza, sin llamar la atención, la suya es una vida oculta, atiende a cada paciente dándole toda la importancia y esmerándose en la práctica de la caridad. Un buen día, uno de estos prójimos tiene un acceso de locura y mata a la santa mujer, que se desvivía por él. En ella se cumple a cabalidad la palabra de Jesús: “Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado. Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto. El que tiene apego a su vida la perderá, y el que no está apegado a su vida en este mundo, la conservará para la vida eterna”.[3]

El evangelio de hoy empieza con la petición a los discípulos por parte de  unos extranjeros que desean conocer a Jesús, la ciudad de Jerusalén está llena de visitantes, judíos que llegan ante la inminente celebración de las fiestas pascuales y muchos forasteros atraídos por la natural curiosidad que suscitan los acontecimientos de multitudes; también, porque han escuchado hablar de un inusual personaje, Jesús de Nazareth, que suscita grandes entusiasmos y no pocas contradicciones.[4]

En el relato de Juan, llegar a Jerusalén tiene una densidad simbólica superior, está asociado con aquello de que “Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado”[5], es el tiempo en el que Jesús va a experimentar las consecuencias de sus opciones y de sus actuaciones, confrontando el establecimiento religioso judío. La subida de Jesús a Jerusalén tiene la connotación del destino definitivo de Jesús, es el lugar de la ofrenda de su vida, el remate de todas sus opciones vitales.[6]

Si bien se trata de una festividad exclusivamente judía, la presencia de los griegos-gentiles denota la perspectiva universalista de la misión de Jesús. El evangelista pone allí la expresión para indicar que su ministerio desborda los límites estrechos del ámbito religioso-social del judaísmo, la propuesta de Jesús abarca la humanidad entera, su proyecto es eminentemente universal e incluyente.[7]

Una constatación así nos remite a tantas prácticas y grupos religiosos que se sienten destinatarios exclusivos de los beneficios de Dios, elegidos con revelaciones particulares, cultivadores de sentimientos de superioridad con respecto a los que no son como ellos, con mentalidad excluyente, moralista, que se sienten con derecho a excomulgar a quienes –según ellos– no han merecido el favor divino. Son interminables los grupos cerrados, las sectas, los nuevos gnósticos, los iluminados que afectan gravemente la comunión de la Iglesia y de la humanidad, con todas sus implicaciones de fanatismo y de fundamentalismo.[8]

De forma diametralmente opuesta, la lección fundamental que quiere dar Jesús es la del amor oblativo, el amor que da todo lo máximo y que, por ese perderse a sí mismo, es generador de vida en abundancia.

La carta a los Hebreos[9] contiene una excelente reflexión teológica sobre este aspecto esencial para comprender el proyecto de Jesús y lo que esto exige, habla ella de un sacerdocio no entendido como función cultual o como burocracia religiosa, sino como ofrenda total de la vida: “Él dirigió durante su vida terrena súplicas y plegarias, con fuertes gritos y lágrimas, a aquel que podía salvarlo de la muerte, y fue escuchado por su humilde sumisión. Y, aunque era Hijo de Dios, aprendió por medio de sus propios sufrimientos qué significa obedecer. De este modo, él alcanzó la perfección y llegó a ser causa de salvación eterna para todos los que le obedecen”.[10]

El sacerdocio del templo de Jerusalén era una élite religiosa, dotada de poderes rituales y legales, con un claro sentido de superioridad sobre el resto del pueblo y con una constante actitud despectiva hacia este por considerarlo incapaz de llegar a las cumbres de la religiosidad como ellos la entendían, desbordada de minucias rituales y de formalidades externas, y siempre ajena a la humilde conversión del corazón a Dios y al prójimo.

Con Jesús se inaugura una mediación cualitativamente distinta, es la ofrenda de la propia vida: perder esta por amor es la forma de ganarla para la vida plena de Dios, morir a los propios intereses es la genuina manera de vivir, como las de tantos que no han vacilado en implicar su existencia “hasta la muerte y muerte de cruz” para que sus hermanos sean reconocidos en justicia y dignidad, según el querer del Padre.

Así, estamos ante un punto alto de la revelación cristiana. En Jesús, se expresa el acceso de la humanidad a la captación de esta paradoja. El ser humano, asumido por esta mediación redentora y liberadora, se hace capaz de amar, de salir completamente de su intimidad y de darse todo por amor. La auténtica humanidad tiene su fundamento en este des-centramiento. Es la ratificación del mandato de Jesús: “Amense los unos a los otros, como yo los he amado. No hay amor más grande que dar la vida por aquellos a quienes se ama”.[11]

Los mártires del cristianismo primitivo, el heroísmo de tantos creyentes que no han vacilado en la denuncia de las arbitrariedades de los poderosos, la solidez testimonial de quienes han comparecido ante tribunales sedientos de venganza, los protectores de la dignidad humana, los servidores de la fe y de la justicia, las vidas inmoladas para afirmar los derechos de sus prójimos.[12]

Aquí en Colombia y en el mundo son innumerables los relatos de activistas sociales, dirigentes campesinos y obreros, amas de casa, gentes de a pie, todas ellas empeñadas en un mundo más humano, muchos de ellos en nombre del Evangelio de Jesús. En todos ellos se cumple con creces la advertencia del Señor: el que no cae en tierra y no muere, es infecundo; el que sí, se inscribe en la historia del Señor de la vida.

¿A qué debemos morir? En esta hora que vive el mundo, aunque se hayan dado tantos adelantos tecnológicos y científicos, se impone reconocer un escandaloso atraso en materia de humanización, la realización de la solidaridad y de la justicia está muy distante de un cumplimiento ideal, los intereses de grandes capitales  siguen despojando de sus bienes a la mayoría de la población mundial, la pobreza y el desplazamiento cada vez se hacen más grandes y trágicas, las grandes potencias del mundo y los grupos financieros y productivos sólo velan por sus intereses, mientras su depredación arrolla a muchos y acaba con los recursos naturales, la sociedad de consumo crea paraísos ficticios, la privatización de los servicios sociales para achicar el tamaño del estado maltrata las mayorías empobrecidas.

La inconformidad surge por doquier, muchos movimientos sociales se alzan contra el desorden establecido, se imponen nuevos dinamismos que impacten de raíz tanta injusticia y malignidad. La voz del Papa Francisco, y con él la de los nuevos genios éticos de la humanidad, se alzan para confrontar los abominables ídolos del poder y del dinero, la invitación de Jesús a ser granos de trigo fecundos cobra exigente actualidad. No es posible desperdiciar la vida en el confortable individualismo de una sociedad ahogada en el bienestar de unos pocos, se requieren  con urgencia hombres y mujeres solidarios y compasivos, granos de trigo dispuestos a caer en la tierra para fecundarla con esperanza, sentido de la vida, libertad y salvación definitiva. 

¿Es Jesús un icono de arqueología religiosa, cuya memoria se celebra por simple inercia de los siglos? ¿O su vida, su palabra, su cruz, su amor desmedido, siguen interpelando nuestra indiferencia? ¿Qué quieren decir hoy sus palabras: “Ahora ha llegado el juicio de este mundo, ahora el príncipe de este mundo será arrojado afuera; y cuando yo sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí”?[13]

Como dice Jeremías: “Esta es la Alianza que estableceré con la casa de Israel, después de aquellos días –oráculo del Señor– pondré mi Ley dentro de ellos, y la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo”.[14]Este compromiso, cuya aspiración es la de ser indisoluble, tiene su punto cimero en aquellos que se disponen a dar la vida, a ser grano de trigo semilla de justicia, a no quedarse en sus indiferentes refugios, a dejarse crucificar como Jesús, a no sumergirse en un cristianismo tibio y opaco. Quien toma en serio a Jesús, toma en serio su propia humanidad, ella se define por su disposición para salir de sí mismo dando vida y sentido a la vida de los otros, particularmente cuando estas “otredades” hacen parte de los condenados de la tierra.[15]

 

[1] MOLTMANN, Jürgen. El Dios crucificado. Sígueme. Salamanca, 1987. 

[2] PRONZATO, Alessandro. Una monja llamada Agustina. Sociedad de Educación Atenas. Madrid, 1972. 

[3] Juan 12: 23-25

[4] GUERRERO, José Ramón. El otro Jesús. Sígueme. Salamanca, 1986. 

[5] Juan 12: 23

[6] RATZINGER, Joseph BENEDICTO XVI. Jesús de Nazareth: desde la entrada en Jerusalén hasta la resurrección. Encuentro. Madrid, 2011. 

[7] LUGO G. Héctor Eduardo. Universalidad de la salvación y teología incluyente. Publicado en Theologica Xaveriana número 138 año 2001, páginas183-192. Facultad de Teología Pontificia Universidad Javeriana. Bogotá. DUPUIS, Jacques. Hacia una teología del pluralismo religioso. Sal Terrae. Santander, 2001. 

[8] BOSCH, Juan. Para conocer las sectas. Verbo Divino. Estella, 2003. GALINDO, Florencio. El protestantismo fundamentalista en América Latina. Verbo Divino. Estella, 1992. SAMPEDRO, Francisco. Sectas y otras doctrinas en la actualidad. Consejo Episcopal Latinoamericano CELAM. Bogotá, 1992. 

[9] VANHOYE, Albert. La carta a los Hebreos. Biblioteca de Autores Cristianos BAC. Madrid, 2008; Sacerdotes antiguos, sacerdotes nuevos según el Nuevo Testamento. Sígueme. Salamanca, 1989; El mensaje de la carta a los Hebreos. Verbo Divino. Estella, 1987. 

[10] Hebreos 5: 7-9

[11] Juan 15: 12-13

[12] TOJEIRA, José María. El martirio ayer y hoy: testimonio radical de fe y justicia. UCA Editores. San Salvador, 2005. RICCARDI, Andrea. El siglo de los mártires. Encuentro. Madrid, 2010. CARDENAL, Rodolfo. Vida, pasión y muerte del jesuita Rutilio Grande. UCA Editores. San Salvador, 2016. WHITFIELD, Teresa. Pagando el precio: el asesinato de los jesuitas en El Salvador. UCA Editores. San Salvador, 2006. 

[13] Juan 12: 31-32

[14] Jeremías 31: 33

[15] FAZZARI, Jorge. Don de sí mismo y Comunión: una doble clave para una síntesis teológico-espiritual. Publicado en Revista de Teología Tomo LV número 125 2018. Facultad de Teología Universidad Católica Argentina. Buenos Aires.  PELAEZ, Jesús. La propuesta de solidaridad de Jesús de Nazareth: el buen samaritano. En https://www.servicioskoinonia.org/relat/297.htm